Hay columnas que se escriben solas (casi con plantilla). Basta con repasar lo ocurrido estas semanas con la organización de San Mateo para comprobar que el caos no es una anomalía, sino una estrategia. Mientras en otras ciudades las fiestas son un escaparate turístico, aquí parecen una gincana de despropósitos. Cada día, un titular digno de premio. Como si el Ayuntamiento hubiera decidido homenajear el mejor ‘Sálvame Deluxe’ antes de que vuelva a Netflix (quizás haya algún concejal pensando en hacerse un cambio de cara al estilo de Jorge Javier). San Mateo, versión 2025, merece su propia plantilla: la de una ciudad que vuelve a tropezar en la misma piedra, pero esta vez con más ímpetu y menos vergüenza. Y no es que se hayan apagado los fuegos artificiales; es que ni siquiera han querido encenderlos más de tres días.
Lo primero es reconocer que hay cierta unanimidad. Como ocurrió el año pasado, el Ayuntamiento ha logrado lo imposible: poner de acuerdo a peñas, vecinos, promotores, hosteleros, votantes de un lado y del otro, y hasta al que nunca se moja. Todos coinciden: estas fiestas, otra vez, son una chapuza de proporciones bíblicas. Y eso que tenían un año entero para organizarlas.
Para entenderlo, hay que volver a agosto y septiembre de 2024, cuando se dio el cerrojazo definitivo al ‘Espacio Peñas’ tras un desastre de gestión y comunicación. Aquello, prometieron, no volvería a pasar. Habría propósitos de enmienda, reuniones, encuestas, escucha activa. Hasta promesas de más conciertos, más fuegos, más todo. Pues bien: ha pasado. Otra vez. Y con los mismos errores, pero multiplicados.
La primera gran mentira fue la de la música. «Vamos a tener un concierto top», anunciaron. Se hablaba de Estopa, Quevedo, Aitana, Melendi… Pero vino Mikel Izal. Sin ser un mal artista, no es precisamente el número uno del cartel de ningún gran festival. Lo grave no es el nombre, sino el engaño: vender oro y entregar hojalata. Todo por 193.000 euros que ni siquiera incluían a la DJ del cohete como se dijo previamente. Un caché más inflado que el ego de quien lo aprobó.
Tampoco hubo espacio alternativo para el ‘Espacio Peñas’, a pesar de que el propio alcalde prometió «no repetir los errores del pasado». De hecho, se les ocurrió convertirlo en una terraza con pliego exprés al que solo una empresa se presentó. El concejal, Miguel Sainz, habló en prensa del contenido de la oferta antes de que se abrieran los sobres (desconocíamos sus poderes adivinatorios). Las peñas se desentendieron. Las críticas llovieron. Y finalmente, la empresa renunció. La terraza no se montó. Y la alternativa fue una reunión de urgencia con las peñas en un restaurante a dos semanas del cohete para «salvar las fiestas». Es decir: improvisar.
Más allá de la música, la pirotecnia también ha sido víctima del recorte crónico. Tres días de fuegos. Ni uno más. Ni drones, ni sorpresas. Eso sí, cuando hay que justificar el presupuesto, ahí están los 15.000 euros en premios. Como si los premios hicieran el espectáculo.
Y no olvidemos las calderetas. ¡Ay, las calderetas! Ese reducto de alegría popular en Gonzalo de Berceo convertido ahora en una pesadilla administrativa. Colas interminables para apuntarse, con gente perdiendo toda la mañana en el ayuntamiento (incluso quedándose sin mesa) porque la «transparencia» impide hacer el trámite online. El misterio de la dificultad en el registro y de por qué no se amplía el cupo para gozar sin límites en vez de dejarlo en 120 participantes es digno del Iker Jiménez que no era un facha e investigaba cosas de ovnis. En fin, como decía un amigo por Whatsapp, tercermundista es poco.
El programa, cómo no, se presentó tarde. A once días del cohete y con lagunas que harían llorar a un corrector de imprenta. Faltaban eventos, horarios, artistas. Todo por culpa de una terraza que nunca llegó a existir y que estaba integrada en la planificación como si fuera a ser el Circo del Sol.
Y así vamos. San Mateo arranca entre pitadas, nervios en el Ayuntamiento y rumores de ceses. El PSOE ha pedido la dimisión de Miguel Sainz. Pero los mentideros apuntan a Laura Lázaro como cabeza de turco. Poca autocrítica, mucho escapismo.
Mientras tanto, las peñas hacen lo que pueden. Y eso es bastante. Porque, como dijo hace poco uno de sus miembros: «En Logroño somos Pamplona el día del cohete y San Sebastián durante el resto de la semana». Fiesta desinflada. Ciudad sin pulso. Noches muertas entre semana. Y todo eso en una tierra con fama de disfrutar como pocas.
¿Y qué queda? Pues lo de siempre: los almuerzos, las chuletillas, el zurracapote y las calderetas. «Mal que les pese». La parte de San Mateo que no necesita presupuesto ni pliegos: la que vive en la calle, en la cuadrilla, en las tradiciones. La que aún no ha sido privatizada ni ninguneada por la desidia política. Esa que hace la gente, pese a las trabas, cuando le dejas a su aire.
Pero eso no basta. Porque las fiestas son también reflejo de una ciudad. Y si las fiestas hacen aguas, igual es que algo más profundo está fallando. No basta con contar los actos casi a peso ni con decir que ha salido «todo bien» en el balance oficial. Hace falta reconocer que San Mateo lleva años sin rumbo, sin modelo, sin proyecto. Y que así es difícil levantar nada.
Por eso, ojalá el desastre de 2025 sirva al menos para abrir los ojos. Para apartar a quienes solo suman en las fotos y restan en todo lo demás. Para confiar en quienes entienden que la fiesta es mucho más que un programa: es un sentimiento. Y para recuperar la ilusión perdida. Aunque sea a la tercera. Aunque sea porque no queda otra.
Y si no, tranquilos: tenemos la plantilla. Solo habrá que cambiar el año.


