En Logroño, las noches de viernes, sábado, festivos y sus vísperas son cualquier cosa menos tranquilas. A lo largo de los siete primeros meses del año, la Policía Local ha vivido un auténtico maratón de intervenciones nocturnas que dibujan un panorama problemático para los vecinos que viven en la zona (las zonas de ocio nocturno son las más problemáticas) e intentan descansar.
En horario de 9 de la noche a 8 de la mañana, el 092 ha atendido en Logroño un total de 11.278 llamadas hasta el 8 de agosto (último dato facilitado por el Ayuntamiento), lo que se traduce en una media de una llamada cada 18 minutos en horario nocturno. Y eso sin contar las patrullas y actuaciones iniciadas de oficio. En total, los agentes han realizado 2.665 intervenciones de todo tipo y 4.973 identificaciones. A esto se suman 3.110 denuncias y 138 personas detenidas por delitos que van desde la seguridad vial hasta agresiones sexuales o violencia de género.
Si uno desglosa las cifras, la primera conclusión es evidente: buena parte de la actividad policial nocturna gira en torno a los ruidos y comportamientos incívicos asociados al ocio nocturno. Solo por “generar molestias” —ya sea cantando a voz en grito, con música alta o en despedidas de soltero— se han registrado 389 actuaciones. A esto se suman 423 denuncias por “molestias en la vía pública” y 129 por ruidos entre particulares.

No es un asunto menor. Los vecinos del casco antiguo y otras zonas de ocio llevan años denunciando lo mismo: que las madrugadas se convierten en un pulso constante entre el derecho a divertirse y el derecho a descansar. Y, por las cifras, está claro que las noches siguen inclinándose hacia el lado más ruidoso de la balanza.
La Policía Local, por su parte, no deja de actuar. 297 patrullajes a pie en el casco antiguo, inspecciones a locales, controles de terrazas y mediciones de ruido forman parte de su rutina. Aun así, el fenómeno parece difícil de contener: las calles se llenan de gente, la música se cuela por ventanas y balcones, y los cánticos se convierten en banda sonora involuntaria para quienes intentan dormir.
El abanico de intervenciones va mucho más allá del ruido. Entre las actuaciones más frecuentes aparecen el control de estacionamientos indebidos (260), las asistencias a ciudadanos (197) y menores (97), o el control del tráfico por actos festivos (169). Pero también hay espacio para episodios más preocupantes: 69 peleas en la vía pública, 49 casos de violencia de género, otro 49 de vandalismo y 42 daños contra la propiedad privada.

El apartado de detenciones lo encabezan los delitos contra la seguridad vial: 95 personas arrestadas por conducir bajo los efectos del alcohol o drogas, sin permiso o de forma temeraria. Le siguen los 12 casos de malos tratos en el ámbito familiar, 9 delitos contra el patrimonio y 8 contra el orden público.
Incluso en la estadística más dura hay números que inquietan: dos agresiones sexuales, cinco detenciones por violencia de género y una por delitos contra la salud pública. Son cifras que, aunque no masivas, recuerdan que la noche también tiene su cara más oscura.
El mapa de las denuncias
Si nos centramos en el bloque de denuncias, el panorama se aclara: el orinar en la vía pública encabeza el ranking con 1.116 casos, seguido por el consumo de alcohol en la calle (552). En tercer lugar, las 423 denuncias por molestias en la vía pública. Le siguen otras como infracciones a la normativa de animales (46), terrazas fuera de horario (22), horarios de cierre incumplidos (15) o mediciones de ruido positivas en hostelería (11).
Por su parte, las infracciones a la Ley de Seguridad Ciudadana incluyen 133 denuncias por tenencia o consumo de estupefacientes, 61 por faltas de respeto a los agentes y 23 por negativa a identificarse. También se suman alteraciones del orden público, portar armas blancas o participar en peleas.
En cuanto a la seguridad vial, las alcoholemias administrativas (123) y penales (67) vuelven a mostrar que, a pesar de las campañas de concienciación, muchos siguen asumiendo el riesgo de conducir bajo los efectos del alcohol.

Más allá de las cifras, lo que subyace es un problema de convivencia. Logroño disfruta de una vida nocturna intensa, atractiva para vecinos y turistas. Pero ese mismo pulso festivo se convierte en un tormento para quienes viven en las zonas más calientes.
El descanso se ve interrumpido no solo por la música de los locales o las conversaciones en la calle, sino por el eco constante de discusiones a gritos y, en ocasiones, por la violencia. El casco antiguo y otras áreas de ocio son el epicentro, aunque el problema se extiende también a barrios donde la fiesta continúa en pisos turísticos.
Las cifras muestran un esfuerzo constante de la Policía Local, que debe repartir sus recursos entre patrullar, mediar, asistir y sancionar. Sin embargo, es evidente que la solución no pasa solo por la acción policial. Hace falta un debate serio sobre cómo equilibrar ocio y descanso, implicando a hosteleros, administraciones y ciudadanía.
Las cifras de este 2025 son una radiografía clara: la noche riojana es intensa, sí, pero también exige límites y responsabilidad. No se trata de apagar la música, sino de bajar el volumen de los excesos.


