Hacer lo que toca no suele ser lo habitual. Ni en el campo ni en el Consejo. Ni en la política del vino ni en la vendimia del poder. Seguramente ni en la vida. Por eso, cuando por fin alguien toma una decisión coherente, aunque sea forzado por las circunstancias, conviene celebrarlo. Aunque sea con una copa en la mano y esa mezcla de escepticismo y alivio tan nuestra. Lo dijimos por aquí hace un tiempo cuando los ‘chalecos amarillos’ salieron a la calle (no hace tanto de eso, poco más de un año y medio) en palabras de Agustín Santolaya, quien hablaba con la claridad de quien sabe que a veces basta con cumplir las normas para evitar el desastre: «Si Rioja produjera 6.500 kilos por parcela, que no es nada más que lo que dice el reglamento, no tendríamos estos excesos de producción».
No hace falta saber de matemáticas para entenderlo y todos los que están dentro del sistema bien lo saben. Si tu parcela de viñedos viejos da, por decir algo, 3.000 kilos (las hay y muchas en Rioja), de nada vale recoger los 3.500 del ‘papel’ en otra u otras parcelas, ya que entonces tendríamos algunas produciendo por encima de lo recomendado (aquí es conveniente recordar que por algo tenemos el apellido «calificada» en nuestra denominación de origen). Pero ese límite, que parecía sencillo, se fue diluyendo cuando el consumo de vino pasaba por mejores momentos que los actuales y bajamos un poco el listón de la exigencia. Todo valía. Primero por explotación. Luego por familia. Después por amigos. Más tarde por cooperativa. Y finalmente por la Denominación entera, que empezó a inflar como si no hubiera un mañana. Hasta que llegó el mañana.
Y el mañana es hoy: mildiu, tormentas, lluvias, baja fertilidad, una de las campañas más cortas que se recuerdan y, por fin, una medida: asignar rendimientos máximos por municipio según el potencial real de cada zona. Parece lógico, ¿no? Pues ha tenido que venir una vendimia catastrófica en lo meteorológico y una Inteligencia Artificial a decirnos lo que el sentido común llevaba años susurrando entre los sarmientos. Ahora el Consejo Regulador ha movido ficha. Lo hace con cautela, con ese lenguaje de boletín oficial tan poco vinícola como infalible, pero al menos lo hace. Cambiar los kilos por municipio no es una revolución, pero sí un primer paso para volver a mirar la cepa en vez de mirar el Excel. No vale con multiplicar racimos si luego no hay mercado para tanta botella, ni prestigio que aguante litros y litros de olvido.
Lo curioso del caso (o no) es que esta decisión llega cuando podemos empezar a fiarnos también en el campo de los algoritmos (ojo porque en unos años serán capaces de ir aún más al detalle). Herramientas predictivas, monitorización avanzada, IA en tiempo real. Y todo eso está muy bien, ojo. Pero ninguna tecnología puede sustituir a la voluntad de no pasarse de listo. A veces, el mayor avance consiste en cumplir lo que ya sabíamos que había que hacer.
La viticultura, como la vida, también tiene algo de oficio. Y el oficio riojano de los últimos años ha pecado de exceso. Exceso de producción, exceso de discursos, exceso de mirar para otro lado. Hemos llegado a pensar que más siempre es mejor, y no lo es. Al contrario. A veces, producir menos es el único camino para valer más. El vino de Rioja no sólo se construye en los titulares ni en las campañas promocionales. Se empieza a construir en el campo. En la poda bien hecha, en la parcela bien entendida, en la uva bien tratada. Y todo eso empieza por producir lo que toca. Ni más ni menos. Lo que toca. A veces, incluso, lo que toca es decir que no. Y mira que eso nos cuesta.
Así que hoy, que el Consejo parece haber dicho que no, brindemos por ello. Porque este año toca mirar menos al kilo y más a la copa. Toca pensar menos en el Excel y más en el equilibrio. Toca hacer Rioja, sí. Pero Rioja del bueno. Del que huele a tierra, a vendimia honesta y a futuro compartido. Y si alguien pregunta por qué todo esto es importante, que piense en una palabra: reputación. La de Rioja no se mide por toneladas, sino por respeto. El que se gana haciendo, al fin, lo que toca.


