En el imaginario colectivo, la figura del médico forense está rodeada de un halo oscuro, casi cinematográfico. Autopsias, crímenes, cuerpos sin vida, escenas frías y luces quirúrgicas. Pero la realidad es más humana, más densa y sobretodo más compleja.
Julio Irigoyen lleva más de 33 años como médico forense. Desde 1995 trabaja en La Rioja, donde actualmente es jefe del servicio de patología del Instituto de Medicina Legal. Con voz pausada y serena, Irigoyen nos abre las puertas de un mundo que casi todos imaginan, pero pocos conocen con exactitud. Un universo donde la muerte se analiza con frialdad científica pero también con enorme respeto por lo humano.
La idea general de que los forenses solo se ocupan de cadáveres está muy lejos de la realidad. En su despacho, Julio y su equipo gestionan una amplia gama de informes solicitados por los juzgados. Desde disputas por bajas laborales hasta incapacidades o valoraciones psiquiátricas. “A veces, basta con revisar la documentación, pero otras veces hay que citar a la persona, verla una o varias veces…”.
En su oficina, junto a un equipo de funcionarios judiciales, reciben peticiones de informes médico-forenses desde los juzgados de Logroño, Calahorra y Haro. Además, cada día uno de los forenses está de guardia. ¿El protocolo? Lo que surja: agresiones sexuales, internamientos psiquiátricos, violencia de género, incluso valorar si un detenido puede declarar… “y si no hay un certificado de defunción también hay que hacer un levantamiento del cadáver”, explica. Porque sí, cuando alguien muere y no hay médico que firme, entra en escena el forense. Y eso puede pasar más veces de lo que se imagina.
Aproximadamente se realizan unas 130 autopsias al año en La Rioja. Muchas corresponden a muertes naturales no certificadas: ancianos que fallecen solos, infartos en la calle… Pero también hay accidentes, suicidios (unos 12 0 13 al año), y algún homicidio. La cifra ha bajado respecto a los años 90, en parte por la disminución de muertes en carretera. «En ese aspecto hemos bajado mucho el volumen de trabajo, cuando llegué eran 30 o 35 año año ahora son muchísimos menos».
Cuando en una serie de televisión alguien muere de forma sospechosa, el guion da paso a un caso que se resuelve en cuarenta minutos. En la vida real, el proceso no es ni tan limpio, ni tan rápido, ni tan cinematográfico. Pero sí es muchísimo más profundo. “Las autopsias más complicadas son las de homicidio. Porque cada detalle, cada mínimo indicio, puede ser la diferencia entre la verdad… y la duda o puede dar con el culpable si aún no está detenido”. En palabras de Irigoyen: “Hay que obtener todas las pruebas necesarias para que la acusación pueda sostenerse. Muchas veces, lo que se encuentra en la autopsia es la base de todo el caso”.
Y aunque el trabajo tiene su parte técnica, quirúrgica, casi matemática, también tiene una parte profundamente humana. Una autopsia es una manera de darle voz al que ya no puede hablar. Es esa mezcla de precisión y empatía lo que define el trabajo forense.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Aunque el trabajo forense suele asociarse al rigor científico y al drama criminal, también tiene su cara curiosa e incluso surrealista. Hace pocos días le llevaron un corazón congelado hallado junto a un cementerio. “Era de ternera, claro. El tamaño lo delataba”, cuenta. En otra ocasión, terminó metido en un contenedor porque alguien había arrojado vísceras tras la fiesta del cordero. Otras veces llegan huesos hallados por senderistas o perros, y deben determinar si son humanos… o restos de algún animal muerto hace años. Todo se analiza.
Más allá de estas anécdotas, el trabajo del forense ha cambiado en cuestiones clave, aunque no tanto en su técnica. “Una autopsia se hace hoy igual que hace 30 años: con bisturí, pinzas, y mucha observación”, explica Irigoyen. Lo que sí ha mejorado son las condiciones: han pasado de trabajar en salas frías de cementerios a instalaciones modernas, con luz quirúrgica, radiología y tecnología para detectar indicios invisibles como saliva, pelos o fibras. «Lo que no se ve a simple vista es, a veces, lo más importante». Especialmente en homicidios, lo más complicado no siempre es lo evidente, sino lo oculto: saber dónde buscar lo que no se ve. Por eso, la autopsia se convierte en una búsqueda minuciosa de pistas microscópicas que puedan sostener una investigación.
El trabajo del médico forense puede parecer frío, casi mecánico. Pero bajo la bata blanca, hay una carga emocional que a veces pesa más que un bisturí. “Hay autopsias que te marcan. No por la dificultad técnica, sino por lo que representan”. Hay casos complejos porque el cuerpo llega en estado de putrefacción, sin apenas información. Ahí el trabajo se convierte en una carrera de fondo: registrar, analizar y buscar pruebas donde casi no queda nada. Pero hay otro tipo de dificultad, más invisible, más profunda: la emocional. “Las autopsias de niños, de mujeres embarazadas, o de jóvenes que mueren en accidentes… te dejan un nudo dentro”, confiesa. No importa cuánta experiencia tengas: «cuando dejas de estar enfocado en la autopsia y terminas, te quedas tocado».
Uno de los más complicados fue el hallazgo de un recién nacido en un centro de reciclaje. A pesar de la autopsia, el caso resultó extremadamente difícil por la falta total de contexto: sin testigos, cámaras, ni referencias para comparar el ADN, la investigación se convirtió en una frustrante incógnita.
También recuerda otro caso insólito: el cuerpo de un adulto hallado en similares circunstancias. Aunque oficialmente no se ha podido confirmar, Irigoyen sospecha que se trataba de un cadáver retirado de un cementerio tras una reducción de restos. Según él, el cuerpo presentaba signos de embalsamamiento y aún conservaba partes del ataúd.

En situaciones excepcionales como atentados, catástrofes naturales o accidentes masivos, los equipos forenses locales suelen ser insuficientes. Por eso, se activa un refuerzo nacional. Julio Irigoyen, médico forense, recuerda su participación en el accidente del vuelo de Spanair, donde ayudó a realizar autopsias en el IFEMA de Madrid. «Se organizaron múltiples mesas de trabajo con forenses, policías y técnicos, centrándose sobre todo en la identificación de las víctimas, el paso más urgente en esos casos».
Aunque la imagen del forense suele estar ligada al estudio de cadáveres, también hay una parte importante de su labor que implica trabajar con personas vivas, especialmente en casos de agresiones sexuales y violencia de género. Situaciones que, además del rigor técnico, requieren una enorme sensibilidad. “Son momentos muy delicados”, explica. “Por un lado, tienes que mantener la profesionalidad para no perder ninguna prueba, sobre todo en agresiones sexuales, donde la evidencia biológica puede ser clave. Pero, al mismo tiempo, hay que saber tratar a alguien que lo está pasando muy mal”.
Para Irigoyen, la empatía es tan importante como el protocolo. “Una víctima tiene que sentirse bien atendida. Que, aunque lo que está viviendo sea duro, al menos no se sienta violentada de nuevo por el propio sistema”, subraya. La exploración, especialmente la ginecológica, debe hacerse con tacto, sin perder nunca la dimensión humana.
En los últimos años, ha notado un incremento de estos casos. “No sabemos si hay más agresiones o si ahora se denuncian más. Pero sí vemos un cambio. Antes, muchas mujeres callaban. Hoy entienden que si alguien las toca sin su consentimiento, eso también es una agresión sexual”, señala.


