Salud

Neonatología: cuando nacer es solo el primer reto

Incubadoras, monitores y método canguro: así funciona el servicio de Neonatología

Foto: Fernando Díaz/ Riojapress.

Cuando una mujer decide ser madre, lo normal —lo esperado, lo soñado— es imaginar un embarazo tranquilo, un parto sereno y un regreso a casa con su bebé en brazos. Pero hay ocasiones en las que la realidad rompe esos planes. En el Hospital San Pedro, en Logroño, hay una unidad que es vital para estas situaciones: la Unidad de Neonatología.

Allí se escribe otra historia de la maternidad. Una que comienza con la separación física entre una madre y su hijo recién nacido, ya sea porque el parto se adelanta, porque aparece un sufrimiento fetal o por complicaciones inesperadas. Cuando ese bebé tiene que ser ingresado, la emoción da paso al miedo, y la alegría, a la incertidumbre.

«Algunas madres vienen ya mentalizadas. Han tenido embarazos complicados, ingresos largos, amenazas de parto prematuro… y aunque duele, su mente ya se ha preparado. Pero para otras, el golpe es seco: todo iba bien hasta que, de repente, el parto se complica y el bebé va directo a Neonatología». Así lo explican desde el equipo. Y no es solo la madre quien sufre. También la pareja, que muchas veces se encuentra sola, atrapada entre dos pasillos: el que lleva a su bebé y el que lleva a su compañera, todavía en quirófano o reanimación.

Fernando Díaz/Riojapress

La Unidad de Neonatología del Hospital San Pedro no tiene el tamaño de los grandes centros de referencia, pero eso no le resta entrega. Dentro del área se distribuyen las zonas de atención: cinco puestos de cuidados intensivos, cuatro de intermedios y diez de cuidados mínimos, lo que se conoce como la zona de cunas.

El ingreso de un bebé no depende de un criterio único, sino de una mirada experta y personalizada: su situación clínica dicta en qué zona debe estar. Detrás de cada decisión hay un equipo que trabaja con una delicadeza quirúrgica y mucha empatía: tres pediatras fijas apoyadas por otros profesionales del Servicio de Pediatría. A esto se suma un equipo de casi dos decenas de enfermeras y otro grupo fundamental: las Técnicas en Cuidados Auxiliares de Enfermería.

El día a día de la unidad no entiende de domingos ni de festivos. Hay turnos de mañana, tarde y noche. Cada bebé está monitorizado según su estado: en intensivos e intermedios, con monitores multiparamétricos; en cuidados mínimos, con pulsioxímetros. Si necesitan soporte ventilatorio, nutrición por sonda, fármacos por vía intravenosa o fototerapia para tratar ictericias, todo se ajusta como una coreografía silenciosa. Y entre cables y alarmas, hay una constante: la vigilancia.

Las incubadoras recrean el entorno uterino lo mejor posible: humedad, temperatura, silencio. Para otros bebés más estables, hay cunas térmicas abiertas o cunas normales con mantas térmicas. Cada detalle cuenta. A lo largo del año, esta unidad acoge a unos 200 o 220 bebés. Cada uno con su pequeña historia.

Fernando Díaz/Riojapress

Hace algo menos de dos décadas los padres solo podían visitar unas horas al día, mirar a sus hijos desde una cristalera. Hoy, las puertas están abiertas 24 horas. “Es fundamental para el vínculo, para la evolución del bebé”, explican. Solo los hermanos pueden entrar como niños, pero padres, abuelos y amigos pueden acompañar a la madre y al bebé durante breves visitas. Y los padres, si lo desean, pueden estar todo el día junto a sus pequeños. Se fomenta el contacto piel con piel. El método canguro allí no es una moda, es una necesidad.

Para favorecerlo, el Servicio Riojano de Salud tiene un programa de alojamiento para madres de zonas alejadas de Logroño. Se les ofrece hospedaje en hoteles para que puedan asistir a las tomas diurnas sin necesidad de recorrer kilómetros diariamente. «Este servicio necesita una dosis doble de empatía», reconoce Marian Calvo, enfermera de la unidad. «Acompañamos a familias en momentos muy duros. Hay que saber decir las cosas, estar ahí, cuidar también emocionalmente».

Escuchar donde no hay palabras

«Trabajamos con pacientes que no hablan… pero que sí se comunican», explican. “Y hay que aprender a escucharles. A entender qué dicen con sus gestos, con sus movimientos, con su respiración. Aquí, todo es observación, intuición, experiencia”.

Pero la atención no es solo al bebé. Es también —y a menudo, sobre todo— a quienes están en la otra orilla de la cuna: los padres. “Ellos tienen que entender qué le pasa a su hijo. Qué hacemos, por qué lo hacemos y cómo pueden participar. Y además, tienen que digerir que sus planes de irse a casa con un bebé sano ya no son posibles. Es mucho para asumir de golpe”.  “Hay que enseñarles a leer a su bebé. A saber si llora por hambre, por dolor, por incomodidad… como lo harían en casa, pero aquí, en este entorno tan distinto. Les damos herramientas, pero también apoyo emocional”. Aprenden bajo presión, pero también descubren una fuerza que no sabían que tenían.

Fernando Díaz/Riojapress

Rosa lo resume con una frase sencilla y enorme a la vez: “Nosotras no solo cuidamos, acompañamos”. Durante los días o semanas que los bebés permanecen ingresados, la unidad se convierte en el nuevo hogar de la familia.

Cada familia llega con su propia historia. Algunas cargan embarazos complicados. Otras han tenido partos traumáticos. Y muchas tienen que sostener también a otros hijos, gestionar visitas, explicar a abuelos y hermanos mayores por qué el nuevo miembro de la familia no está en casa.

“Hay madres que se sienten culpables por no poder dividirse, por no estar en todo”, relata Estela. “Todo eso es parte de lo que también cuidamos”. En Neonatología, no solo se acompaña al neonato. Se acompaña a toda la red que lo sostiene.

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