La Rioja

«Un tomate puede tener el mismo valor gastronómico que una cigala»

«Un tomate puede tener el mismo valor gastronómico que una cigala»

Si FITUR pretende acercar un pedazo de la tierra a las miles de personas que pasean por sus pasillos azules sin saber muy bien de dónde picar o a dónde acudir, en un ir y venir a buscar el mejor destino; no había mejor forma de empezar el programa que con los motores de energía cósmica que producen luz y calor en La Rioja. Son cinco, pero sólo pudieron acudir dos. Las estrellas Michelín riojanas relumbran más que nunca y fueron la carta de presentación perfecta de la comunidad hacia el resto del mundo. Carlos e Ignacio Echapresto (Venta Moncalvillo) y Miguel Caño (Nublo) se encargaron de dar a conocer uno de los patrimonios más importantes de la región: la gastronomía.

Los hermanos Echapresto llevan ya años en el firmamento de la gastronomía española. En Venta Moncalvillo se respira Rioja por los cuatro costados. Olores y sabores de un territorio que ya ha encontrado un lugar entre los mejores y que año a año va consolidándose como una apuesta segura para disfrutar de los placeres que da la tierra.

«La Rioja es una región que es la suma de muchas identidades. Lo que de verdad nos define es ser encrucijada de caminos a lo largo de las mestas, las cañadas reales, la transhumancia, el Camino de Santiago, la ruta de comercialización hacia los puertos… «, detalla Carlos Echapresto con el mismo mimo que con el que emplatan en su casa sus creaciones. «El carácter del riojano es dialogante, comunicador y receptivo. Cuando alguien viene a La Rioja, lo hace buscando ese carácter en todos sus aspectos y la mejor forma de encontrarlo es a través del vino y de la gastronomía».

Saben que hay patrimonio más allá del gastronómico, pero son conscientes de que la cocina y el vino deben ser la base para hacer llegar al turista a La Rioja. «Tenemos una naturaleza envidiable y una cultura impresionante, pero eso lo hay también en otras comunidades. El elemento diferencial de nuestra tierra es la gastronomía y el vino. Nuestra seña de identidad. Es lo que está más apegado al territorio porque recoge toda la forma de ser de los riojanos. Desde la gastronomía y ganadería de la montaña hasta el cultivo del valle. Todo lo que somos». Es muy fácil vender el discurso de La Rioja a través de la cocina y el vino. La cocina y el vino son todo en nuestra tierra.

En gastronomía se han hecho las cosas muy bien. En La Rioja también somos de carácter emprendedor y eso ha llevado a muchos pequeños negocios, apoyándose en la valía de un producto de calidad, a querer ponerlos en valor. Lo más importante es que a día de hoy nos creemos lo que somos. También en gastronomía, que hemos vivido siempre a la sombra de otras culturas gastronómicas. Ahora sabemos que nuestros productos tienen identidad propia: un tomate puede tener el mismo valor gastronómico que una cigala».

Lo que también ha demostrado La Rioja es que las estrellas no tienen por qué estar siempre en grandes urbes. Para ejemplo, el de los hermanos Echapresto en Daroca de Rioja, el pueblo más pequeño del mundo con una estrella Michelín. «Eso lo hemos aprendido de Francia. La identidad te la marca el territorio. El consumidor final ya no busca comer en una mesa, busca una experiencia diferenciada. A veces, pasa por irte a un pueblo de montaña a comerte un plato de caparrones», explica Ignacio.

Lo que está claro es que hay que cuidar al cliente porque el boca-oreja funciona aún mucho mejor que cualquier otra posibilidad de reclamo. «Tenemos mucho público local, nacional e internacional, pero lo que pasa con el nacional es muy curioso. Viene un matrimonio a comer, conoce La Rioja y a los cuatro o cinco meses vuelve con unos amigos y son ellos los anfitriones. La gente, cuando se pasa por La Rioja, repite».

Además, para los hermanos Echapresto es imprescindible aprovechar los puntos fuertes de esta tierra. «La Rioja es atemporal. No necesitamos la gran nevada para poder esquiar como en los Pirineos ni el buen tiempo de las playas. En cualquier momento puedes venir a La Rioja a disfrutarla».

Lo tienen claro. La pandemia ha servido para que los riojanos redescubran La Rioja. «En muchos casos incluso para que la conozcan. El no poder salir hizo que mucha gente apostase por conocer la comunidad, especialmente la gente de La Rioja Baja que ha venido mucho a conocer La Rioja Alta». «Nos ha pasado a nosotros también. Muchas veces nos esforzamos en conocer lo de fuera sin conocer lo nuestro. La pandemia ha venido bien para bajarte a Arnedo a conocer las cuevas o subir a Canales para ver el teatro o ir al salto del agua de Matute».

Están encantados de la vida de que la gente joven en la cocina venga pisando fuerte en la gastronomía riojana. «Modestamente, proyectos como el nuestro le han quitado complejos a mucha gente. La gente dice que si estos de Daroca han conseguido hacerlo, ¿por qué ellos no? Realmente, nosotros sólo hemos demostrado que un restaurante en un sitio pequeño también funciona. La movilidad de la gente ahora es distinta y da igual moverse a un sitio que a otro. Lo que interesa es la experiencia y que tú, como profesional, seas inconformista y quieras ser siempre mejor», explica Ignacio.

«Merece la pena desviarte del camino porque ahora ahora la experiencia en sí es la comida. Ya no es un acto complementario. Una experiencia en un restaurante como el nuestro dura cinco horas y lo disfrutas antes, durante y después del hecho de sentarte a la mesa», añaden. Desviarte, disfrutar de la experiencia y conocer nuevos territorios desconocidos, algo que La Rioja, a través de su gastronomía más estelar, ofrece a un visitante que repetirá en una región que les espera con los brazos abiertos.

Subir