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El Rioja

En el Najerilla lo tienen claro

Hasta que la filoxera nos trajo a los franceses y, con ellos, el roble, las añadas, las crianzas… el vino se bebía del año y, por lo general, sin distinción de colores ni variedades. Todo iba al mismo saco o pellejo y, de ahí, a la misma cántara. Esa costumbre sigue viva en el curso del Najerilla: aunque Cordovín y San Asensio lleven la fama, el valle entero permanece fiel a la elaboración de clarete.

(Abramos aquí un paréntesis para recordar, por si aquel día faltaron a clase, la diferencia canónica entre un clarete y un rosado: mientras que el primero se elabora con uva blanca y uva tinta, el segundo solo emplea tinta, limitando el tiempo de contacto entre el mosto y los hollejos para regular el color).

Un vino, el clarete, que es casi el patito feo de la Denominación, pero que Eva Cantera Rioja (¿a qué se podía dedicar, si no, con ese apellido?), responsable de Bodegas Jer, en Huércanos, defiende con pasión: «El clarete lo asociamos a vino para mayores, pero si la gente se anima a probarlo va a notar que tiene una nariz estupenda, que es muy fresco al beberlo, que tiene matices distintos de diferentes frutas, que es un vino agradable, que puede estar tan bueno como un blanco o un tinto…». Aunque asume que, de momento, «es un vino muy estacional, muy de verano, y solo del norte de España».

Rara es la viña en Rioja donde no conviven uvas de diferentes variedades. «En casi todas hay corros de blanca y corros de tinta -dice Eva-. Antes no había separación de colores: se cogía todo a la vez y todo iba al lago». Una manera de elaboración que en esta zona «se mantiene porque la gente lo consume y lo pide».

¿Es el clarete un vino con futuro? «Lo que tendría que hacer la gente es beber menos cerveza y beber más vino, que estamos en La Rioja -afirma, convencida-. Aquí también se hace cerveza, pero las familias comemos sobre todo de la viña y del vino. Beber clarete, beber blanco… probar cosas distintas».

Lo que sí ha conseguido Eva es que su clarete J. Cantera, una suma de garnacha (75 por ciento) y viura (el otro 25), fuera galardonado en 2019 por la New York International Wine Competition: «Mandé unas botellas que nos sobraron de una feria. Cuando me presento a premios siempre llevo los vinos jóvenes, porque creo que tienen mucha personalidad (un vino joven tiene toda la personalidad del año, nada más natural que beber un vino del año), y allí les gustó y nos dieron la medalla de oro».

Pisamos zona rica en garnacha, variedad dominante antaño en la región y que se revaloriza con fuerza cada día, tanto en nuestra DOCa como en otras latitudes: «La garnacha es una uva peculiar, poco común en el sentido de que no está acaparando el mercado. Tiene acidez, tiene fruta, te da sabores distintos a los típicos… Aunque defiendo todos nuestros vinos y todos me gustan, la garnacha llama la atención cuando la catas, porque es diferente a casi todo lo que pruebas».

Así, el vino estrella de la bodega es el Thaler de Plata, monovarietal de garnacha. «Cuando decidimos que vamos a elaborarlo se compran barricas nuevas, se hace su segunda fermentación en barrica, ponemos las barricas en el suelo sin apilar, cada dos días hacemos el battonage para mezclar las lías con el vino… Es como un bebé, que hay que estar todo el día cuidándolo. Solo lo elaboramos los años en que ves que la uva es buena buena y que tiene mucho potencial. La garnacha es difícil de trabajar, porque se oxida y porque en la viña hay mucho grano suelto».

Estamos entre viñedos y junto a una chopera que da sombra al río Yalde. Un paraje precioso. Cuando se dispone a enseñarnos la bodega, Eva casi se disculpa: «Esta es una bodega de trabajo…». En efecto, aquí el enoturismo no tiene apenas cabida: una nave con los depósitos, otra con las barricas y otra con las jaulas donde se almacenan las botellas. Sin trampa ni cartón. Como la propia historia de esta firma familiar: «Mi abuelo Javier tenía viñas en Azofra y montó una bodega en 1954, pero se dedicaba a lo que salía, como todo el mundo en aquella época: a la cebada, a la viña, al ganado… Mi padre, también Javier, tuvo un accidente que lo obligó a dejar la albañilería, y casi por casualidad empezó a vender vino y luego decidió ponerse a elaborar (había vendimiado, pisado el lago… como toda la gente del pueblo). Es entonces cuando funda la bodega, en los ochenta, para hacer claretes y tintos jóvenes. Ahora transformamos unos 200.000 kilos de uva: parte lo etiquetamos y parte lo vendemos a granel a otras bodegas».

– ¿Y cómo ha ido la vendimia de este año tan complicado, por el COVID y por las plagas en la viña?

– La elaboración ha ido perfecta, de diez. Ha habido que cuidar las distancias, la mascarilla, la desinfección de los utensilios… y pensarlo todo: en vendimias se hace todo corriendo, pero este año había que pararse y pensar. La uva ha entrado muy buena, a pesar de que el agricultor ha dado muchas manos en la viña, pero no ha habido ni una parada de fermentación ni nada: creo que podemos esperar una añada muy buena.

– ¿Y para las ventas?

– Para las ventas ha supuesto un frenazo en seco, que te ha podido pillar bien o con el pie cambiado.

Lo dejamos ahí, por no hurgar en la herida.

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