CARTA AL DIRECTOR

La ermita de Lomos de Orio

No le bastaba a mi mujer con cerrar los ojos. Tenía que ir a ese claro del bosque donde se levanta la ermita de Lomos de Orio. Sentarse en uno de sus fríos bancos de madera. Mirar de frente a su inquilina. Hablarla bajito. Tenía que decirle en persona lo de la sombra en el pecho. Y subió rauda a la ermita.

Yo sabía que en la corriente de su sangre, navega la carreta de sus días de cielos azules y el tambaleo bellísimo del paso en andas de todo un pueblo. Y cómo no nombrarla, cómo no recurrir a ella, cómo, si aquí te empuja, si aquí punza en tu espalda el respeto a la memoria de tantos siglos: si es la fe de nuestros mayores.

Y le pidió lo imposible, que está ahí, para que, egoísta, eches mano de su hechizo. Para que te abra su regazo, quedo y silencioso, de cálida carne de preciosa madera. Y le regaló tarros de ungüento de madre para la congoja, brazos en jarras para los embates de esa alimaña ciega que es el cáncer y ganas de vivir envenenada.

Y si vas tú, incrédulo progreso, déjate llevar, que la sencillez es el espejo de la belleza. Y por qué no subes a pedirle a esa hermosa boticaria de fábula de letanías, o a ese algo eterno que nos empuja-no hace falta arrodillarse-que no te oigas nunca decirte: “Oh no puedo más y aquí me quedo”. Dile, o a ti mismo, dite: “Que aún estás en el camino…”.

Y no le basta ahora con cerrar los ojos, ya deshojada la flor del miedo, la sombra del pecho quemada, la fuente de su sangre otra vez transparente. Hoy vuelve a subir hasta ese claro del bosque donde se levanta la ermita, a mirar de frente a su inquilina, a hablarla bajito, a darle las gracias.

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