El Rioja

Una noche con los temporeros en el polideportivo Espartero

Lunes por la noche. No es muy tarde, apenas las diez de la noche, pero por la calle no se ve a mucha gente. Camino por Avenida de España, me cruzo con un policía y escucho a través de su radio «por aquí todo en calma». Sigo caminando y comienzo a ver una pequeña fila de temporeros que forman a un lado del polideportivo del colegio Espartero.

En la puerta, algo de revuelo y los nervios de la primera noche de dispositivo. No es la primera vez para ellos, los voluntarios, pero nadie sabe lo que puede pasar. Cada año es diferente, los temporeros que llegan son diferentes, aunque algunos, los menos, repiten.

María José, voluntaria del centro municipal de acogida de Logroño, explica que durante la mañana ya habían pasado por el local unas sesenta personas «que venían buscando alojamiento y trabajo». «Vienen principalmente a hacer contactos», comenta, «el boca a boca es fundamental estos días y entre unos y otros se mueven para poder encontrar trabajo lo antes posible».

Los voluntarios apuran los últimos minutos para que, una vez abierta la puerta del polideportivo, todo esté preparado para pasar la primera noche. Marcos Montoya, técnico del Programa de Temporeros de Cáritas Diocesana de La Rioja, nos cuenta que «hacemos turnos de cinco personas por día, y contamos con un grupo de veinte o treinta personas».

La curiosidad me puede y me asomo a la puerta. Unas diez personas trabajan rápido metiendo en bolsas de plástico los desayunos que los temporeros tomarán la mañana siguiente, además de una serie de enseres de higiene personal y varias mantas, toallas, fundas y colchones.

Vuelvo fuera y veo que la fila no crece. Esperaba más, la verdad, pero me explican que estos primeros días el flujo de personas es bastante menor, puesto que la vendimia todavía no ha comenzado en muchos lugares. Marcos me dice que la mayoría de los que están esperando vienen sin contrato, con contactos pero sin un acuerdo que les asegure un alojamiento de manos del agricultor.

«Este dispositivo está pensado para los días de antes de la contratación», señala Moyano, «una opción para que puedan tener unos días de pernocta, pero lo obligatorio y establecido en el convenio agropecuario es que el empresario dé alojamiento al trabajador o se lo pague aparte».

Los minutos van pasando, ya son las 22.40 horas. Ha llegado el momento. Los temporeros cogen sus «bultos», aprietan un papel numerado que previamente se les había entregado y comienzan a avanzar en la fila. «Id preparando la documentación, por favor», les pide un voluntario. El primer temporero coge su neceser y da un paso al frente. «Buenas noches, aquí estamos», saluda mientras sonríe.

Al entrar al polideportivo, otra voluntaria apunta sus datos mientras que un chico joven le saluda amable y le da un colchón, una funda, una toalla y un desayuno compuesto por un zumo, un batido y dos piezas de bollería.

Así van pasando uno a uno los treinta temporeros que se habían reunido para pasar la noche en el Espartero. «Esto es una maravilla», cuentan los voluntarios, «los días que vienen más, no se hace cola, la gente se empuja y es muy complicado poner orden. Menos mal que está la policía para poner orden».

Esto sucederá a partir de la semana que viene, comentan, «solo hay 160 plazas en el polideportivo, pero hay noches que el números de temporeros que vienen es muy superior y se vuelven locos por coger un número».

Once de la noche. La puerta del polideportivo se cierra. El dispositivo ha acabado. Para ser el primer día no ha ido nada mal. Ahora quedan ocho horas por delante para que los temporeros descansen y sueñen con lo que ojalá se haga realidad, un contrato en condiciones que les asegure un trabajo digno.

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