Gastronomía

«Es un lugar histórico en Logroño y la gente se emociona con su recuerdo»

Dependiendo de la edad del lector hablar del restaurante La Chata, en la calle Carnicerías 3, de Logroño, es hablar de un local histórico, de un establecimiento olvidado o que ni siquiera exista en la memoria. Pero su historia le avala: según se cuenta en los documentos “en 1821 ya había aquí un restaurante”, explica Tania Fechete. Ella, junto a su pareja, le ha vuelto a dar vida, pero no como La Chata, sino como Asador Ardanza.

¿Por qué? Todo tiene su aquel. Hasta hace unos meses ellos llevaban dicho restaurante en la calle Portales, sin embargo, una situación controvertida entre los propietarios de los pisos del inmueble y de la del restaurante les salpicó colateralmente y les obligó a cerrar de un día para otro. Era octubre.

Tras semanas buscando una solución y ante el estancamiento del problema optaron por continuar con su actividad hostelera unos metros más allá, en el espacio que ocupó La Chata y que llevaba prácticamente ocho años cerrado (excepto un impás de tres meses hace unos tres años). Así que Tania se encontró de repente con un local cargado de historia. «Hemos hecho mejoras, como el suelo y pintar, así como poner detalles, pero mantenemos la esencia; no buscamos que se borre lo vivido en este local».

Y para darle un aire más auténtico las paredes ofrecen imágenes que también tienen su intrahistoria: como fotografías antiguas de Logroño, pósters del Consejo Regulador de la DOCa Rioja con cerca de cuarenta años, cuadros de bodegas… «Parece mentira que en Logroño con lo importante que es el vino al final en casi ningún lado se elija una decoración que tenga que ver con las raíces: el vino, rincones de la ciudad…», subraya Tania.

Entre las curiosidades que penden de las paredes está, por ejemplo, un certificado de 1950 en el que se acredita el origen de los corderos: «El industrial carnicero y con horno para el asado de corderos de leche, desde el año 1913, no vende más corderos ni menudos que los de su propiedad, según autoriza la Comisaría de Carnes, Cueros y Derivados, dedicándose igualmente a la venta de asados».

Otra huella de lo vivido es el horno, que recibe en la entrada, y donde se asaban desde corderos a pollos, etc. En la planta superior un mueble recoge un compendio de botellas antiguas que habían quedado por el local y que ahora la nueva propiedad ha puesto en una vitrina para que los comensales puedan observarlas.

Pero como en todo restaurante, la clave es la comida y ahí el Asador Ardanza ha apostado por «la comida tradicional y la cocina a la brasa, especializados en chuletón, para el que tenemos por ejemplo un menú propio, además de otras dos opciones de menú», explica Tania, propietaria y encargada de estar en sala.

Ella es testigo de las reacciones que produce el lugar. «La gente se emociona recordando lo que vivieron aquí. Ha venido algún señor muy mayor, de unos ochenta años, que revivió cuando estuvo con diez años, es decir, hace más de siete décadas; es increíble», reconoce.

Convertido en Asador Ardanza desde el 14 de diciembre, la extinta Chata, busca ahora seguir atrayendo al público, tanto al nostálgico, como al que sea más joven, como a la clientela que les sigue del Ardanza cuando estaba en Portales. «Nuestra apuesta es por el producto fresco y por una buena relación calidad-precio; en ello confiamos para afianzarnos», concluye Tania.

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