Cultura y Sociedad

Idioma, IA y equidad, claves del congreso que repensó en La Rioja el futuro de los medios

En La Rioja, donde el castellano se escribió por vez primera, el XX Congreso de Editores CLABE (Club Abierto de Editores) celebrado esta semana y del que NueveCuatroUno ha sido anfitrión, ha terminado por ser mucho más que una cita sectorial: ha sido una conversación larga, a ratos tranquila y a ratos entusiasta, sobre el lugar que ocupan el periodismo y los medios de comunicación en un mundo que ya no espera a nadie. Durante dos días, entre el rumor solemne del Monasterio de Yuso y el bullicio hospitalario de la calle Laurel, los editores han discutido sobre inteligencia artificial, modelos de negocio y derechos, pero en el fondo han hablado de supervivencia, de dignidad y de futuro.

La primera conclusión, dicha en voz alta y repetida con una insistencia que no admite matices, es que todos los medios deben tener los mismos derechos en el acceso a las ayudas pública procedentes de fondos europeos y al reparto de la publicidad institucional nacional. No es una reivindicación nueva, pero sí más urgente que nunca. En un ecosistema cada vez más concentrado, donde la escala tecnológica parece determinar la relevancia informativa, los medios pequeños —los locales, los especializados, los que sobreviven en los márgenes— reclaman igualdad de condiciones no como un privilegio, sino como una condición básica. La equidad, en este contexto, no es una palabra amable sino una línea de defensa.

Ese debate, lejos de ser técnico, ha sido profundamente político en el mejor sentido del término. Porque hablar de cómo se distribuyen los recursos públicos es hablar de qué tipo de pluralismo se quiere sostener. Y ahí el congreso ha dejado clara una idea: no puede haber democracia informativa si el acceso a los recursos depende del tamaño o de la cercanía al poder. La independencia editorial no se garantiza solo con principios, sino también con estructuras económicas que permitan ejercerla.

La inteligencia artificial como aliada

Pero si hubo un tema que atravesó todas las mesas, todas las pausas de café y todas las conversaciones improvisadas del congreso, ese fue la inteligencia artificial. La IA ya no es una promesa ni una amenaza abstracta, La IA es una herramienta presente, concreta, que ya está en las redacciones. Se utiliza para transcribir, para titular, para analizar audiencias, para sugerir enfoques… El consenso entre los congresistas fue tan claro como prudente: la IA será una aliada, pero no puede convertirse en una apropiación silenciosa del trabajo periodístico.

Ahí apareció la segunda gran conclusión del congreso: la inteligencia artificial no puede ser entrenada con contenidos producidos por los medios sin que estos reciban nada a cambio. Es, en esencia, una cuestión de justicia, pero también de sostenibilidad. Si el periodismo alimenta a los sistemas que luego compiten con él —o lo sustituyen parcialmente— sin ningún tipo de retorno, el modelo se vuelve inviable. No se trata de frenar la innovación, sino de establecer reglas que reconozcan el valor de los contenidos. El periodismo no puede ser el combustible gratuito de la revolución tecnológica.

Esa tensión entre innovación y derechos ha definido en buena medida el tono del congreso. Nadie ha negado las oportunidades de la IA. Al contrario: se ha insistido en su potencial para mejorar procesos, optimizar recursos y liberar tiempo para lo verdaderamente importante, que sigue siendo contar historias. Pero también se ha subrayado que la tecnología no puede sustituir el criterio, ni la ética, ni la mirada humana. En un mundo saturado de información automatizada, la diferencia seguirá estando en quién mira, en cómo mira y en por qué decide contar algo.

El valor de la cercanía

Y ahí es donde emerge con fuerza la tercera gran idea: el papel del periodismo local no solo sigue siendo relevante, sino que cobra más importancia que nunca. En un entorno globalizado, donde las grandes plataformas homogeneizan los relatos y las tendencias, lo local aparece como un espacio de resistencia y de sentido. Los medios de proximidad conocen a sus comunidades, entienden sus matices, detectan sus problemas antes de que se conviertan en titulares nacionales. No compiten en volumen, pero sí en profundidad.

El congreso ha servido para reivindicar ese valor con una convicción renovada. No como una nostalgia de lo cercano, sino como una estrategia de futuro. Porque la confianza —ese bien escaso que todos buscan— se construye desde la cercanía. Y en tiempos de desinformación, la credibilidad no se mide solo en audiencia, sino en vínculo. El lector no quiere solo saber qué pasa; quiere saber quién se lo cuenta y por qué debería creerlo.

En ese sentido, La Rioja ha sido algo más que un escenario, ha sido una metáfora. Los congresistas se han llevado una imagen sensacional de una comunidad que ha sabido combinar tradición y apertura, patrimonio y modernidad. La biblioteca del Monasterio de Yuso y la calle Laurel, han convivido como dos caras de una misma identidad. Allí, entre incunables y pinchos recientes, se ha entendido mejor que en ninguna ponencia lo que significa hablar de continuidad y de cambio.

Esa convivencia entre lo antiguo y lo nuevo ha sido, en cierto modo, otro de los hilos invisibles del congreso, porque el periodismo está en ese mismo punto entre la herencia y la reinvención. Entre el oficio aprendido y las herramientas que llegan. Entre la necesidad de adaptarse y el riesgo de diluirse. CLABE, como organización que agrupa a más de 1.500 cabeceras y 224 empresas del sector, ha demostrado que ese equilibrio no es solo un desafío individual, sino colectivo.

Lo que queda de este congreso de editores no es una lista de conclusiones cerradas, sino una sensación compartida: el periodismo está en transformación, que no en retirada. Tiene problemas, sí; tiene incertidumbres, muchas. Pero también tiene una conciencia más clara de lo que está en juego: la igualdad en el acceso a los recursos, la defensa del valor de los contenidos frente a la IA y la reivindicación de lo local no son ideas aisladas: forman parte de un mismo relato.

Y queda la imagen de Logroño y de La Rioja ante un nutrido número de editores y periodistas de toda España como excelente tierra de acogida en la que el vino y la gastronomía son capaces de convivir con el legado que deja ser el lugar donde nació el idioma que hablan más de 600 millones de personas de todo el mundo. Una tierra a la que no es sencillo llegar, pero de la que tampoco es sencillo marcharse.

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