La Rioja

Logroño tiembla con el terremoto de Venezuela: «No hemos pegado ojo»

Argenis Rodríguez relata desde Logroño su angustia tras los terremotos que han sacudido Venezuela

Un terremoto de magnitud superior a 7 puede convertir un edificio en una frágil torre de naipes. Dos sacudidas de esa violencia, separadas por menos de un minuto, pueden dejar una región entera suspendida entre el miedo, los escombros y la incertidumbre. Eso es lo que ha pasado esta noche en Venezuela, donde dos potentes seísmos han golpeado el norte del país y han dejado un reguero de víctimas y daños. A miles de kilómetros, en Logroño, Argenis no ha sentido moverse el suelo. Pero la noche le ha temblado igual.

«Horrible, no hemos dormido absolutamente nada», cuenta todavía con la voz tomada por el cansancio. Ha sido medianoche en España, seis de la tarde en Venezuela, cuando le ha llegado el primer mensaje de su hermana. «Estamos bien, hemos bajado». Nada más. Esa frase, que en cualquier otro contexto habría sonado tranquilizadora, le ha encendido todas las alarmas. «Llegó ese mensaje y dije: ha pasado algo». Después, el silencio. Minutos eternos sin señal, sin llamadas, sin saber.

La angustia ha tenido, además, una capa añadida. Argenis recuerda que, después de todo lo vivido en enero en Venezuela, cualquier mensaje inesperado desde allí se recibe con el corazón encogido. «Uno anda con el listo en la boca», explica. Al principio ni siquiera ha sabido si se trataba de un fenómeno natural o de otra cosa. Han sido las alertas internacionales y las redes sociales, consultadas desde Logroño, las que han empezado a poner nombre a lo que estaba pasando. «La triangulación saltando el Atlántico ha sido el único medio que teníamos para enterarnos de las cosas», resume.

En Caracas la tierra ha temblado otras veces y, de alguna manera, sus vecinos conviven con esa memoria sísmica. «La cultura del sismo el caraqueño la tiene», reconoce Argenis. Pero una cosa es saber cómo reaccionar ante un movimiento moderado y otra muy distinta enfrentarse a dos sacudidas por encima de magnitud 7, casi seguidas y con poca profundidad. «Nuestros servicios no están acostumbrados a mayores magnitudes», advierte.

En Venezuela están sus padres, sus hermanas, sus sobrinos, sus tíos. «Toda mi familia, todos, todos, todos», insiste. La mayoría vive en Caracas. Su suegra reside en otra zona metropolitana, fuera de la capital propiamente dicha, pero también ha sentido el terremoto con muchísima intensidad. El epicentro se ha situado en la región centro-norte del país, en una franja especialmente sensible por su actividad sísmica y por la cercanía de la costa. Argenis habla de La Guaira con una mezcla de dolor y memoria: «Otra vez castigada la misma zona». Las imágenes que le han llegado durante la madrugada muestran edificios caídos y daños severos.

Sus padres estaban en casa cuando ha comenzado todo. Tienen 71 y 72 años y viven en un sexto piso. «Estaban viendo televisión, conversando, y de repente empezaron a sentirlo», relata. Su hermana le ha contado un detalle extraño, casi cinematográfico: antes de que todo se moviera, ha notado una especie de golpe de aire. Después, el temblor. Lo primero ha sido reaccionar. Calzarse, ponerse zapatos y bajar las escaleras. «Mi hermana fue muy diligente. Agarró a mis padres y empezaron a bajar. Los vecinos iban tocando puertas para ayudar a la gente mayor». En su edificio, por fortuna, no ha habido daños personales ni materiales graves.

Peor lo ha vivido otra de sus hermanas, que reside más cerca de la zona norte de Caracas. La vivienda no ha sufrido daños estructurales importantes, pero las paredes se han agrietado. «Son las típicas grietas de asentamiento después de estos movimientos», explica Argenis, que intenta ordenar la información mientras todavía le llegan mensajes sueltos, fotografías y audios. Ella ha salido a la calle con sus hijos pequeños, como tantas familias.

La ciudad, según le han contado, ha quedado parcialmente a oscuras. La caída de la luz ha arrastrado también parte de las comunicaciones. Sin electricidad, fallan antenas, repetidores, teléfonos y la posibilidad más básica de decir «estoy vivo». «Al final termina fallando todo», lamenta. Mientras tanto, vecinos, bomberos, policías y equipos de emergencia han empezado a trabajar entre escombros, a la espera de que pueda llegar ayuda especializada. «La solidaridad del venezolano es indiscutible. Cuando hay que arrimar el hombro, se va sin dudarlo. Uno hasta se emociona».

Desde Logroño, Argenis ha vivido ese extraño desgarro del emigrante: estar a salvo y, al mismo tiempo, sentirse completamente dentro de la tragedia. «Ojalá sigan encontrando supervivientes», dice. Es lo único que se puede pedir cuando el suelo ya ha dejado de moverse, pero la vida continúa temblando.

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