La Rioja tiene este lunes un asiento reservado frente al televisor. Y no uno cualquiera. Ana María Jiménez, Annie desde que entró en las cocinas de ‘MasterChef’, afronta la final de la decimocuarta edición del programa después de haberse convertido en una de las grandes favoritas de la temporada. La calagurritana peleará por el título junto a Camilla, Carlota y Chambo en una final abierta, pero con un acento riojano que ha ido ganando peso programa a programa.
Su paso por las cocinas de TVE ha ido de menos a más. Annie entró como hija de una familia vinculada a la hostelería, con los dueños del restaurante Viana como referencia cercana, pero con el paso de las semanas ha ido construyendo un espacio propio. Ella misma lo resumió en una de las noches más emotivas del concurso, cuando, acompañada por sus hijos Ander y Claudia, reconoció que en el programa había dejado de ser «la hija de, la mujer de, la madre de…» para empezar a ser simplemente Annie. Y eso, en un talent que aprieta hasta la lágrima fácil, no es poca cosa.
La riojana empezó a ganarse al público con esa naturalidad tan suya, entre la broma rápida y la emoción que aparece sin avisar. Hubo momentos ligeros, como aquel «quiero probar el chup-chup» que dejó una de las frases más divertidas de la edición, y otros profundamente personales, como cuando compartió su historia de adopción. Contó que se enteró siendo niña, en el colegio, por una compañera que se lo soltó en la fila antes de entrar a clase. Desde entonces, explicó, han convivido las preguntas sobre su origen con una certeza mucho más poderosa: se ha sentido querida, arropada y soñada por su familia.
Pero Annie no solo ha avanzado por su historia. También lo ha hecho cocinando. En el tercer programa firmó una de esas noches que explican su trayectoria: empezó con fuerza con un flan y una ganache de chocolate que le dieron la primera alegría, sufrió después como capitana en una prueba por equipos que la sobrepasó y terminó redimiéndose con una tarta de peras al vino tinto dedicada a La Rioja Baja. El postre convenció al jurado y dejó incluso una frase redonda de Pepe Rodríguez: «Es la pera». Aquel plato fue algo más que una salvación; fue una declaración de intenciones. Cuando Annie cocina desde casa, desde la memoria y desde lo vivido, conecta.
Durante la temporada también ha dejado claro que La Rioja no era un simple dato biográfico para ella, sino una despensa emocional. Ha hablado de Calahorra, de Préjano, del Alto Cidacos, de su madre, de sus amigos de siempre y de ese paisaje que se le cuela en los platos. Incluso cuando no le tocó cocinar el plato riojano de Ignacio Echapresto, de La Venta de Moncalvillo, salió corriendo a por vinagre de Rioja para su elaboración. Por si acaso. Como quien mete un trocito de casa en la maleta antes de un viaje importante.
Su crecimiento se confirmó en la recta final. En la prueba de exteriores de las Cuevas de Sant Josep, en Castellón, Annie ejerció de líder silenciosa en el equipo azul. Sin capitanes oficiales, fue tomando decisiones, organizando, empujando y sosteniendo el cocinado con una autoridad tranquila. La victoria del equipo la llevó directamente a semifinales y ella misma reconoció, casi sin creérselo, que pensaba que se iría «de las primeras». Pero no se fue. Al contrario: llegó a la semifinal con una seguridad distinta, más asentada, como si las cocinas le hubieran ido quitando capas de miedo.
En la semifinal, la calagurritana terminó de abrir la puerta de la final. Replicó con precisión uno de los platos propuestos por el chef danés Rasmus Munk, ganó un viaje a Finlandia y después afrontó la prueba de exteriores en el restaurante Barro, donde el jurado eligió a las dos primeras finalistas: Camilla y Annie. Ahí se rompió la tensión de semanas. La riojana ya estaba dentro del último programa y lo hacía con una identidad culinaria cada vez más reconocible: tradición y vanguardia, producto y emoción, oficio aprendido y ganas de seguir creciendo.
Ahora Annie llega a la final con un sueño que ya tiene nombre, paisaje y hasta paredes imaginadas. Quiere abrir El Balcón del Isasa en su casa de Santa Eulalia Bajera, en un rincón con cuevas, una bodeguita al fondo y vistas a ese monte donde, como ella misma explicó, «Préjano duerme». Un restaurante pequeño, de cocina cercana, donde la gente disfrute y donde pueda mezclar todo lo que ha aprendido en ‘MasterChef’ con lo que lleva dentro desde antes de ponerse la chaquetilla. Este lunes, La Rioja mirará a Annie con el orgullo de quien ha visto cocinar a una de las suyas. Gane o no gane, su final ya huele un poco a casa.


