Salud

José Tomás: cuatro décadas tomando el pulso a Nájera

José Tomás Gómez Sáenz no acaba de sentirse cómodo en el centro de los focos. Se nota enseguida. Agradece el gesto, claro, «porque sería absurdo no hacerlo», pero lo mira con una mezcla de pudor, gratitud y cierto apuro. El Ayuntamiento de Nájera ha aprobado colocar una placa en su honor y pedir al SERIS que el servicio de urgencias del centro de salud lleve su nombre. Para muchos pacientes será una forma natural de devolverle algo a quien ha pasado media vida escuchando, diagnosticando, acompañando y, muchas veces, alargando la consulta más allá de lo razonable. Para él, sin embargo, el homenaje solo tiene sentido si se entiende como algo colectivo. «Sin el trabajo en equipo no es posible», repite.

Y es que José Tomás habla de la medicina como de un oficio aprendido a base de estudio, errores, compañeros y pacientes. Llegó joven, con «muy poco conocimiento y mucho interés», como resume él mismo, después de empezar Medicina en Zaragoza con apenas 16 años. Eran otros tiempos. Aulas llenísimas, guardias de aprendizaje, años de transición política y una vocación que fue tomando forma entre hospitales, apuntes y una idea que ya no lo abandonaría: los pacientes no son números, camas ni expedientes. Son personas.

Su primer destino importante fue Villar de Torre, adonde llegó en octubre de 1983 después de aprobar la plaza y esperar más de un año a que salieran los destinos. No conocía el pueblo, pero acabó siendo una parte más de él. Atendía a Villar, Villarejo y Cañas, con unos 450 pacientes y una relación de cercanía que hoy parece casi de otra época. En aquellos años había más de medio centenar de niños en la escuela. Cuando se marchó, más de dos décadas después, apenas quedaban unos pocos (su hija entre ellos). La despoblación era algo que se veía cada mañana al abrir la consulta, al pasar por la escuela, al mirar las casas. «El día que me fui de Villar fue el que más lloré de mi vida», confiesa.

De aquellos años conserva también una forma de entender la Atención Primaria que no ha perdido. Al llegar a Villar, una de las primeras cosas que hizo fue encargar modelos de historia clínica en una imprenta y comprarse instrumental con su propio dinero. No había tantos medios, ni tantos protocolos, ni tanta tecnología, pero había tiempo, intuición y una confianza estrecha entre médico y paciente. Con los años, reconoce, la medicina ha ganado muchísimo en conocimiento y en capacidad de diagnóstico, pero también ha levantado, a veces, demasiadas murallas. «Hemos perdido aquella confianza que había con el médico de familia», lamenta, aunque todavía cree que se mantiene una parte de ese vínculo.

Después llegó Nájera. El centro de salud, que dirigió durante 24 años, se convirtió en su otra casa. Allí ha pasado consulta, ha hecho guardias, ha visto crecer a generaciones enteras y ha defendido una idea que le sale de dentro: la Atención Primaria no es un trámite. No es una ventanilla. Para José Tomás, el médico de familia no es solo la puerta de entrada del sistema sanitario. Es el corazón. Porque si falla, todo lo demás empieza a tambalearse.

Por eso le duele el momento actual de la profesión. Le preocupa que las plazas de Medicina de Familia queden vacantes, que los jóvenes no quieran elegir una especialidad que él considera «la más bonita» de la medicina. En una mañana puedes ver una gota, una herida, una insuficiencia cardiaca, un paciente crónico o una persona al final de su vida. «Es toda la medicina», resume. Pero también entiende el desánimo: agendas saturadas, exceso de burocracia, consultas con decenas de pacientes y un sistema que, según explica, sigue pensado para problemas agudos cuando la población es cada vez más mayor y más crónica.

Ahí aparece el José Tomás más crítico, pero también más constructivo. Cree que se han confundido accesibilidad e inmediatez, que no todo puede ser «para hoy», pero tampoco acepta listas de espera de diez o quince días en Atención Primaria. Denuncia que entre un 20 y un 30 por ciento del trabajo se va en papeleo y disfunciones del propio sistema. Y señala una paradoja que conocen bien muchos médicos: se les pide resolver, investigar, formar y acompañar, pero las agendas rara vez reservan tiempo real para todo eso.

Porque José Tomás también ha investigado. Ha formado parte de grupos de trabajo sobre enfermedades respiratorias, ha impulsado publicaciones científicas y se siente orgulloso de que el centro de salud de Nájera haya tenido una actividad docente e investigadora poco habitual. Ese, dice, es uno de los legados que más le importan: haber ayudado a que el centro acogiera MIR, generara conocimiento y demostrara que en un centro de salud también se puede hacer medicina de primer nivel.

En poco tiempo se va a jubilar. «Me queda lo que me quede en las Siete Villas». A pesar de ello, lo de parar no parece ir demasiado con él. Tiene en la cabeza una tesis y conserva intacto ese entusiasmo que, a veces, pesa más que los años. Nájera quiere poner su nombre a unas urgencias. Él prefiere que se recuerde a todo el equipo: a quien atiende en la puerta, a enfermería, a los compañeros, a quienes sostienen cada día una maquinaria que no funciona con héroes, sino con un ejército bien organizado.

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