Hay lugares en los que todo requiere un esfuerzo extra. Donde nada queda a mano, donde la cobertura desaparece y donde rutinas tan sencillas como hacer la compra o echar un café implica planificar el día. Vadillos es uno de ellos. Una pequeña pedanía situada a seis kilómetros de San Román de Cameros, pero con una distancia real que no se mide en kilómetros, sino en curvas, tiempo y cierta renuncia cotidiana. Hasta aquí llega una carretera que obliga a conducir sin prisa y con cuidado. No es un trayecto cómodo ni rápido. Es, más bien, una pequeña odisea diaria. Y aun así, cada día, Valeria lo hace. Baja. Sube. O se queda. Se organiza. Porque hace cuatro años, a pesar de no ser de aquí, decidió vivir en este lugar.
Casas de piedra, calles estrechas, silencios largos. Viviendas que durante la semana permanecen cerradas y que solo cobran vida los fines de semana o en verano, cuando regresan quienes mantienen aquí su segunda residencia. Entre semana, el pueblo es otra cosa: más quieto, más desnudo, más auténtico. Apenas viven seis vecinos y sin embargo es suficiente para ella. No le hace falta mucho más.
Anda por las calles empedradas de este municipio de la sierra como si nada de lo que pasa fuera de él fuese con ella. Es esa isla sin mar en la que naufragar cuando ya no quedan más sitios a los que huir. Se levanta pronto, desayuna tranquila y saca a pasear a sus perros. Después baja a trabajar o no. Depende del día. Aquí siempre hay algo que hacer y ella lo hacce con el convencimiento de que este es el lugar es el único sitio en el mundo en el que la felicidad llega casi sin buscarla.

Hace cuatro años llegó Valeria a este pequeño núcleo. No lo conocía. Ni siquiera había estado antes. Nació en Cádiz, creció en Logroño y durante un tiempo probó la vida en Madrid. Logroño entonces se le hacía pequeño. Pero algo no terminaba de encajar. «Siempre me ha gustado el campo2, dice mientras pasea entre Rumba, Scooby y el resto de sus perros, que corren libres entre las casas sin más límite que la voz de su dueña.
Después de varios años viviendo entre metros, esperas y carreras continuas para llegar de un sitio a otro decidió volver y hacerlo a los Cameros. Y empezó a llamar. Ayuntamiento tras ayuntamiento. Puerta tras puerta. Hasta que alguien respondió. Era la entonces alcaldesa de San Román. Había un lugar donde poder vivir. Primero alquiló y ahora ha decidido comprar. «Cuando salió la casa, dije: esta es la mía». Así, sin más abrió de nuevo las puertas de Villa Lerele con una idea muy clara de lo que buscaba.
El entorno es espectacular, sí. Pero la vida aquí no es una postal. En invierno hace frío. Mucho. En verano, tampoco sobra el calor. Hoy, mientras en el valle se rozan los 20 grados, en Vadillos apenas se superaban los 7. Y eso se nota en todo: en la ropa, en las casas, en los ritmos.
Aquí no hay cobertura. Literalmente. El móvil solo funciona en un punto concreto, cerca de la entrada del pueblo. El wifi llega a través de antenas y no siempre responde. Va «regular, tirando a mal pero me apaño», explica entre risas resignadas. No hay tienda, no hay servicios básicos cercanos, no hay bares abiertos a diario. Lo más próximo está en Villamediana o en Logroño. Todo implica coger el coche. «Los días que quiero socializar un poco me bajo al bar de San Román, allí siempre hay alguien con quien charlar».

Y aun así, no se plantea otra cosa. «Estoy mentalizada: si tengo que hacer algo, bajo», explica. Bajar y subir al trabajo puede suponer un par de horas. A veces más. Luego sigue conduciendo. Porque Valeria trabaja como conductora de autobús, precisamente conectando pueblos como el suyo con otros más grandes. Una paradoja que asume con naturalidad. «Antes llevaba a los niños de los pueblos a la escuela de San Román, ahora como son todos de allí, lleva otras líneas regulares de la zona.
En invierno, el día que no trabaja el tiempo lo gestiona dentro de casa. Leer, ver una serie, cuidar el espacio. Nunca falta algo que hacer. En verano las horas de luz crecen y las posibilidades de hacer cosas también. «Aquí tienes que saber a lo que vienes”» resume. Porque en Vadillos no hay ocio inmediato, no hay planes improvisados, no hay escaparates.
La soledad forma parte del paisaje. Hay días en los que no habla cara a cara con nadie. El contacto llega por teléfono o cuando baja a San Román. Apenas hay movimiento, apenas ruido. Solo el sonido del viento, de alguna puerta que se abre, de los pasos sobre la piedra. Los fines de semana, sin embargo, el pueblo cambia. Llegan vecinos, se abren casas, se encienden luces. El pueblo recupera volumen durante unas horas antes de volver a ese silencio que lo define.

A cambio, hay cosas que no aparecen en ningún catálogo. La tranquilidad, sí, pero también la sensación de control sobre el propio tiempo. La naturaleza, que no es decorado, sino parte de la vida diaria. Y los animales, que aquí viven de otra manera. «Veo a los perros en la ciudad y me dan pena», dice mientras observa a los suyos correr libres.
La vivienda juega a favor, pero tampoco es una ganga. Las casas son más baratas que en la ciudad, pero requieren inversión, reforma y decisión. «Sin el Plan REVIVE hubiese sido mucho más complicado», reconoce. «No es lo que te hace quedarte, pero sí lo que te permite hacerlo».
Porque al final todo se reduce a eso: a una decisión consciente. A saber lo que se pierde y lo que se gana. Valeria lo tiene claro. Ha vivido en ciudades, ha probado otros ritmos y ha ido reduciendo poco a poco el tamaño del lugar en el que quería estar. «Yo ahora mismo no me imagino viviendo en otro lugar». No hay romanticismo en su discurso. No hay idealización. Lo que hay es plena convicción.
Vadillos no es para todo el mundo. Ni lo pretende. Es un lugar que exige. Que obliga a adaptarse. Que pone límites. Pero también es un sitio donde, para quien encaja, todo cobra sentido. Así al menos, lo entiende Valeria.


