Tinta y tinto

Matapiñonera

No sé cómo habrá acabado «la cosa» cuando leas estas líneas. Y me gusta empezar así porque es la verdad. Por «la cosa» me refiero, evidentemente, a ese San Sebastián de los Reyes – UD Logroñés en el que hemos jugado la vida a cara de perro hace sólo unas horas. Escribo esta columna a las cuatro y media del viernes con más de treinta grados en las calles de media España, el aire quemando y las persianas del salón de casa totalmente bajadas para no ver el asfalto a medio derretirse. Fuera está ese calor seco y algo violento que convierte la ciudad en una especie de horno resignado y que, curiosamente, este año viene acompañado de otra temperatura distinta: la del fútbol.

Llevo toda la semana pensando en el partido y fingiendo que no. Porque estas cosas, cuando importan de verdad, se viven disimulándolas un poco con conversaciones aparentemente normales que terminan siempre en el mismo sitio y con miradas cómplices entre compañeros de grada al cruzarnos por la calle. Al final, ese movimiento tan nuestro de hombros y cabeza ladeada antes de preguntar que cómo lo ves. Una pregunta que no espera una respuesta técnica sino un estado de ánimo, y que en estos días se ha colado en bares y oficinas y chats interminables donde, durante unos minutos, el mundo ha quedado reducido a algo bastante sencillo: si seremos capaces. Y por si los nervios normales no fueran suficientes, la semana ha traído los suyos propios: Berto y Taliby con dudas hasta el final. El once sin confirmar. Una semana entera sin saber si los nuestros iban a estar, encima de no saber si íbamos a poder.

Y mientras escribo esto pienso en Matapiñonera. En las casi mil personas que habrán convertido un estadio ajeno en un pequeño barrio riojano provisional, gente que se ha pedido libre, que ha reorganizado comidas familiares, que ha vaciado neveras y llenado depósitos, que ha buscado aparcamiento a las seis de la tarde en San Sebastián de los Reyes para acompañar a un equipo de fútbol hasta un polígono industrial. Están ahí porque hay momentos en los que no estar sería una pequeña traición a uno mismo. En Logroño, mientras tanto, hay gente delante de pantallas y radios con el volumen al máximo, con la misma postura en el sofá que llevan poniendo desde siempre, sin moverse del sitio en el que se han quedado plantados desde el minuto uno. Cientos fuera. Miles dentro. Todos juntos en algún sitio que no se ve, pero que existe.

La semana pasada escribí sobre los diez mil del domingo de mayo, sobre lo extraordinario que resulta que en La Rioja casi nada sea capaz de reunir a tanta gente al mismo tiempo. Pero quizá eso no era todo y ahora nos damos cuenta de la siguiente pantalla del videojuego: que cuando el sitio está lejos, la gente va igualmente y la distancia no enfría. Porque hay algo que el fútbol hace que casi ninguna otra cosa hace ya. Reúne a gente que no se ha puesto de acuerdo en nada más, que vota distinto y vive distinto y tiene poco en común salvo el código postal y la camiseta, y la sienta junta durante noventa minutos a querer lo mismo con la misma intensidad. En el fondo de Las Gaunas, el domingo pasado, alguien sacó una pancarta que decía «De padres a hijos». Cuatro palabras. No hacía falta más. Eso es lo que se transmite aquí, no solo el carnet de socio ni el asiento de siempre, sino algo más difícil de explicar y más fácil de sentir.

Quizá por eso me gusta tanto mirar alrededor en los partidos importantes, no para contar cuántos somos, aunque impresione hacerlo, sino para recordar quiénes somos: el abuelo que llega una hora antes, el grupo de amigos que conserva su asiento como quien conserva una cuadrilla, el niño que todavía no entiende bien la clasificación pero ya ha aprendido a sufrir, la madre que ha traído hoy a su hija por primera vez, el que volvió hace poco y el que juró no regresar y regresó. Las ciudades también se cuentan así, no solo por sus cifras, sino por las cosas que consiguen reunirlas.

Hay algo que sí sé este viernes por la tarde, aunque no sepa el resultado. Sé que el sábado lloraré. No lo digo como figura retórica sino como certeza fisiológica. El deporte hace eso: te abre por algún sitio que el resto de la semana permanece cerrado y te deja sin defensas en el momento menos pensado. Hace ya más de diez años, cuando Titín III se despidió como profesional, un amigo que no tenía entrada para ese día me dijo por la mañana lo siguiente: «Esta tarde, llora por mí en el Adarraga». Y en esta calurosa tarde me acuerdo de aquella frase porque resumen todo lo que La Rioja sentía por su deportista, por su leyenda, por el hombre que había llenado frontones durante años con solo poner su nombre en el cartel. En Matapiñonera no hay ningún Titín, pero hay algo parecido: un equipo que es de todos, una tarde que no se repite, y una expedición que mezcla a los de siempre con los de ahora, que en el fondo son lo mismos con un poco menos de pelo y un poco más de arruga. En ese estadio ajeno habrá gente que lleva décadas en esto y gente que llega casi por primera vez, y todos van a llorar por el mismo motivo o por motivos distintos que en realidad son el mismo. El deporte es un permiso extraño y precioso para sentir en público, para abrazarse con alguien a quien apenas conoces y para que se te escape algo que el lunes, en la oficina, jamás se te escaparía.

Tú ya sabes el resultado. Yo no. Y eso, paradójicamente, es lo que hace que esta sea la columna más honesta que puedo escribir sobre este asunto. Porque este fútbol no promete resultados. Promete vivir las cosas de verdad. Promete que el sábado por la noche, pase lo que pase, habrás estado ahí, con los tuyos, con esa gente de casa que lleva el mismo apellido invisible cosido por dentro de la camiseta. Tú ya sabes el final. Yo, mientras escribo esto, todavía no. Pero tanto los partidos como la vida empiezan mucho antes del pitido del árbirto y, por suerte, duran bastante más que noventa minutos. Y este, haya pasado lo que haya pasado, es uno de ellos. De los que se recuerdan con la camiseta puesta.

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