Fuimos a por un ascenso y volvimos con un momento para la eternidad. El gol es de Cabetas, pero ya pertenece a la cultura popular de toda una región. Pasarán los años, y muchos siempre recordarán que formaron parte del remate de cabeza de un central aragonés que llegó a Logroño para ascender y finalmente lo ha conseguido.
Resulta imposible dejar de mirar este vídeo casi hipnótico grabado por mi compañero Daniel Ortiz. Será un espacio digital al que acudir cuando las cosas te vayan mal o cuando te vayan bien. Lo verás una y otra vez para meterte un subidón de alegría, porque detrás del Cabetazo en el minuto 114 había miles de personas empujando para conseguirlo.
¿Miles? Claro que miles. Porque la magnitud de este gol no solo se sintió en el recinto deportivo en el que se produjo, en Matapiñonera, por entre quienes asistieron a un partido agónico, estresante y sudoroso. La onda sísmica de este tanto alcanzó la calle, que es donde el fútbol se convierte en un hecho cultural de primer orden.

Vale, Cabetas y Latiff corren a celebrar el gol del 4 de la UD Logroñés. / Fernando Díaz
Hay goles todos los días. De lunes a domingo. Pero solo unos pocos se convierten en relatos humanos que pasan de generación en generación. Y muchos riojanos desde este sábado les contarán a los que están por llegar que estuvieron en ese momento, en el campo o ante una pantalla comprobando en primera persona cómo el pulso se te puede detener durante unas décimas de segundo, que es el tiempo que transcurrió desde que Cabetas metió la cabeza en el minuto 114 tras el saque de esquina de Txoperena y no hubo madrileño alguno capaz de detener ese balón que acabó finalmente entrando por el lugar correcto.
Son milésimas de segundo. Nada: un parpadeo. En términos cósmicos, inapreciable. En términos humanos, magnífico y eterno. Miles de riojanos lo recodarán por siempre. Yo estaba en tal sitio cuando marcamos en el 114. En un instante se pasa de la frustración al colapso de pura felicidad.
Llegaron los abrazos rotos durante la pandemia. Piel contra piel para cobrarse una deuda pendiente. La gente no se sacó una espina, directamente vimos que en Matapiñonera había gente con espadas clavadas en el corazón desde 2020, cuando un gran equipo ascendió en la más absoluta soledad en La Rosaleda.
Gente hecha y derecha, adultos responsables, llorando desconsoladamente de pura felicidad. Remolinos de pura alegría enjugados en lágrimas envueltas en blanco y rojo por un gol en la prórroga. La UD Logroñés se fue a por un ascenso y ha vuelto con un recuerdo imborrable para su historia. Ya sabe lo que es ganarse un ascenso con un gol en el tiempo extra, cuando el partido agonizaba, cuando las fuerzas flaqueaban, cuando la decepción y la frustración volvían a sellar el pasaporte de la realidad deportiva del fútbol riojano.

Cabetas en Murrieta celebrando con los aficionados. FOTO: Fernando Díaz
Cuando ya estaba la gente cargando las escopetas para celebrar la mediocridad, Unai Mendia, y todos sus jugadores, apoyados en el remate de Cabetas, les contaron a los riojanos una historia pocas veces narrada. Esa que dice que nunca hay que rendirse, que apropiarse de un discurso derrotista solo daña a quien lo siente como propio, que el mal fario se aleja con empeño, planificación, y mucha ilusión. La ilusión ha llevado ese gol hasta la portería.
Hay en este gol un momento de silencio. Quizás solo lo aprecia quien lo celebra, quizás solo esté al alcance de los oídos de aquellos que lo sienten de verdad. Pero hay un aliento contenido. Lo hubo en Matapiñonera, y también en la Ciudad Deportiva y en todos esos bares que se llenaron hasta la bandera para seguir un partido interminable. Un silencio que anticipaba algo: el final de otra oportunidad perdida o el inicio de algo que debería ser extraordinario. Ha salido cara. Y del silencio se pasó a la celebración.
Sabes que un gol es importante cuando alguien te lo fastidia. Me ocurrió con el gol de Iniesta en la Copa del Mundo de Sudáfrica. El eco del tante me llegó antes que la imagen a mi televisor. Y precipitó una activación casi instintiva que me alertó de que algo estaba a punto de suceder. Este sábado sucedió algo similar en Logroño. Relatan los que estuvieron que por la calle Huesca el torrente festivo salió de las casas a la vía pública. El Cabetazo se sintió sin necesidad de estar pegado a la televisión. Y eso solo significa una cosa. Mucha gente estaba haciendo lo mimo al mismo tiempo con el mismo objetivo: que marcara un gol la UD Logroñés.
Y esta vez se consiguió. Y lo que sucedió a continuación queda para cada uno. Mil historias personales resueltas en el minuto 114. «A mí no me hagas esto», me contaba por teléfono mi mujer horas después del partido. Nunca le ha gustado el fútbol. Pero no soporta la tristeza. Y le pueden los nervios. Decidió no ver el partido, ausentarse durante una tarde. Estar a otras cosas. Meter la mierda debajo de la alfombra para que no se viera ante el resto de mortales que ayer no entendían qué estaba pasando aunque algo estuviera pasando. Pero el montocito de mierda de todos estos años de frustraciones varias se ve, claro que se ve. Y acabó mirando por entre sus dedos con la cara tapada. Y agudizó el oído por si llegaban por fin buenas noticias. «Van perdiendo».
Otra vez.
Le contaron entonces que por no sé qué de segundos contra terceros habrá que jugar media hora más. Y no lo vio como una oportunidad. Para ella fue un castigo, dirigido a todos los que sí estaban sufriendo de los nervios pegados a la tele o el estadio madrileño a la espera de un resultado de fútbol que no estaba dando.

Los jugadores corren como pollos sin cabeza a celebrar el gol en el 114. / Fernando Díaz
Ella sabe que es mucha gente. Y se preocupa por todos ellos. Entiende que la afición siente las mismas cosas por igual. La tristeza de estos años no va por barrios. Es general. Y entonces le llamó su hermana, para decirle que habíamos marcado. Pero solo quiso saber cuánto quedaba para sacarse ese hormigueo que le inquietaba desde hacía unos días a pesar de que todo esto no iba con ella, porque ni tan siquiera le gusta el fútbol.
Pero un gol como el de Cabetas en el minuto 114 de una final por un ascenso del equipo de tu ciudad sí te afecta. Claro que te afecta. Porque toca a tanta gente tan próxima que solo quieres y necesitas verles sonreír. Y solo pides que pase, que acabe esta tortura, que la gente esté feliz y llegue el lunes para seguir con nuestras vidas. Y así será. Ya es casi lunes, un lunes más, a buen seguro como otro cualquiera, aunque con una diferencia enorme respecto al lunes anterior: que ya sabemos cómo se siente alguien cuando el equipo de tu tierra y de tu gente logra un ascenso con un gol en el minuto 114 que ya es eterno.


