Cultura y Sociedad

Una pareja de novios recupera para Treviana la ancestral tradición del «rebollo»

Treviana ha vuelto a pedir el «rebollo». Lo ha hecho como se recuperan las cosas importantes en los pueblos pequeños: con naturalidad y sentimiento de pertenencia, con la memoria de los mayores y con la voluntad de no dejar que el silencio se lleve lo que durante generaciones fue costumbre, fiesta y forma de estar juntos. En este municipio de La Rioja Alta, donde «en 1940 vivían 1.204 personas y hoy apenas quedan 146 vecinos», cada tradición recuperada tiene algo de celebración y también de resistencia.

Vista panorámica del casco urbano de Treviana, cuna del Románico en La Rioja.

Según reza la tradición, la del rebollo era una de esas costumbres ligadas a la vida cotidiana y a los momentos de mayor celebración: las bodas. Cuando una pareja del pueblo se casaba y regresaba del viaje de novios, sus amigos, una cuadrilla o varios vecinos acudían a su casa para dedicarles cantares. A cambio, los recién casados entregaban algo de dinero para que la cuadrilla se fuera de merienda o, en otras ocasiones, ofrecían directamente comida y bebida para compartir el momento.

«Parece ser que lo importante era juntarse y pasar un buen rato con algo de música popular, canciones y cantares, sobre todo acompañados de buena comida y buena bebida», explica Pedro Barcina, vecino de Treviana. La tradición, recuerda, tenía distintas versiones. Algunas más formales y otras mucho más gamberras, siempre dentro de ese código de confianza que solo se entiende en los pueblos: «Con la complicidad de la familia, se han llegado a meter 14 personas en la habitación de la pareja por la mañana para pedir el rebollo y montar un poco de lío y jaleo».

El ornamento floral en la puerta anuncia el enlace de la pareja.

También había, según cuentan los mayores del municipio, cierto pique entre cuadrillas por ser los primeros en enterarse de la vuelta de los novios y plantarse cuanto antes en la puerta de casa. En algunos casos, la pedida del rebollo se entendía incluso como una especie de «peaje» cuando uno de los miembros de la pareja venía de fuera del pueblo, aunque también se hacía con matrimonios formados por dos vecinos de Treviana. La excusa era la boda; el verdadero motivo, reunirse.

Ahora, esa memoria ha vuelto a brotar. Todo nació cuando el padre de una pareja recién casada les habló de aquella antigua costumbre. La idea gustó y se propuso al grupo de la Asociación de Mayores Ildefonso San Millán organizar una merienda con cantos. La respuesta fue inmediata. «Entre los mayores hay mucha sabiduría en cuanto a tradiciones y estrofas de canciones típicas», subraya Barcina.

La voz corrió por Treviana y la pedida del rebollo terminó reuniendo a más de cuarenta personas. Hubo jotas, merienda, conversaciones y recuerdos. Se habló de aquellos despertares con la habitación llena de vecinos cantando, de las carreras entre cuadrillas para ganar la merienda y de una forma de celebrar que tenía menos que ver con el protocolo que con la alegría compartida.

Las viandas dispuestas por la pareja para recuperar el «rebollo» para su municipio.

No fue, eso sí, una pedida de rebollo al uso. Esta vez fueron los propios recién casados quienes invitaron a los vecinos a acercarse, picar algo y cantarles. Pero el gesto ha servido para devolver la tradición al presente y para recordar que los pueblos también se mantienen vivos cuando recuperan sus ritos pequeños.

«Ojalá que este sea el punto de partida para que los próximos que se casen, al volver al pueblo del viaje, tengan a una cuadrilla en la puerta pidiendo el rebollo, cantando y pidiendo de comer y beber», desea Barcina.

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