Salud

«No entro, no valgo»: la presión de las tallas pequeñas en la salud mental adolescente

Hay prendas que no solo entran en un cuerpo, también parecen dejar fuera a quien las prueba. Todo empieza cuando una adolescente entra en una tienda de moda, coge la ropa que ha visto en redes, la misma que llevan sus amigas, esa que sale en las pantallas y se encierra en un probador. Hasta ahí, todo normal, pero de pronto la cremallera no sube, el pantalón no pasa de las caderas, la camiseta aprieta o la etiqueta sentencia con un ‘talla única’ que no admite ninguna negociación. Y aquí es cuando la experiencia de ir de compras puede convertirse en una escena de derrota personal.

No se trata solo de la ropa ni de la talla. En la adolescencia, cuando el cuerpo está en pleno cambio, la identidad se construye a trompicones y el grupo de iguales se convierte en el centro del mundo. No encontrar una talla puede llegar a ser una experiencia dolorosa y no caber en la prenda puede sentirse como no caber en el grupo, y de ahí pasamos a no caber en el mundo.

La psiquiatra Lucía Gallego, investigadora de UNIR y directora médica del Instituto de Salud Mental y Bienestar EMOOTI, lo ve con claridad en la práctica clínica. «Las comparaciones son superfrecuentes, y en la adolescencia especialmente más, porque el grupo de iguales tiene una enorme importancia». A esa necesidad de pertenencia se suma una etapa biológica y emocionalmente frágil: «Hay mayor reactividad emocional, el cerebro está mutando por los cambios hormonales y el crecimiento y esto provoca que todo se sienta más».

Lucía explica que han surgido muchas tiendas exclusivas del ámbito juvenil con una estética propia en la que solo pueden encontrarse tallas minúsculas. Y el problema no es solo la falta de otras medidas, sino de que en ocasiones «tallan menos de lo que tallaría una 38 en otra tienda». Y aquí empieza el malestar.

Una sensación que los jóvenes traducen en: «‘No entro, entonces no valgo o mi cuerpo está mal’. A partir de ahí aparece la autocrítica, ansiedad, vergüenza, obsesión con el peso, la figura y la imagen». No todas las adolescentes que sufren en un probador desarrollarán un trastorno de conducta alimentaria, pero para quienes ya se encuentran en una situación vulnerable, esa frustración repetida puede actuar como un factor más de presión.

El probador tiene hoy una extensión infinita en el móvil. Las redes sociales multiplican la comparación, convierten ciertos cuerpos en aspiración permanente y hacen que la imagen corporal se mida a diario contra influencers, actrices, filtros, poses y cuerpos editados o intervenidos. «El fenómeno se amplifica porque te comparas con influencers, con actrices… y es como ‘tengo que estar delgada para ser exitosa y para hacer algo en la vida'».

Durante un tiempo pareció que el debate público avanzaba hacia una mayor aceptación de la diversidad corporal. Se hablaba más de cuerpos reales, de no reducir la belleza a una talla, de cuestionar los cánones. Pero ese impulso ha perdido fuerza aunque el problema sigue ahí.

Una investigación llevada a cabo por UNIR y EMOOTI sobre hospitalizaciones de adolescentes con anorexia nerviosa en España durante estos últimos años ha analizado la evolución de los ingresos psiquiátricos en menores de 11 a 18 años y ha descubierto que la tasa de ingresos por trastornos mentales en jóvenes casi se ha triplicado. Dentro de este grupo, la anorexia representa el 13 por ciento de las hospitalizaciones con un perfil muy marcado: el 90 por ciento son chicas con una edad media de 15 años.

Lucía insiste en la gravedad de esas cifras porque un ingreso hospitalario no refleja cualquier caso, sino los casos más severos. «Tú no ingresas a nadie en psiquiatría, y menos a un menor, si no es por un cuadro grave. Ese porcentaje indica que son trastornos de conducta alimentaria muy graves que no paran de aumentar».

Estos ingresos son especialmente complejos de tratar porque «no basta con volver a comer». La anorexia puede llegar acompañada de una desnutrición grave y de complicaciones físicas que requieren una intervención coordinada. «Siempre tiene que haber un tratamiento interdisciplinar donde intervengan psiquiatras, internistas, endocrinos, nutricionistas… No les puedes aumentar de peso de golpe. El ponerles a comer tiene que ser muy progresivo y medido».

Aunque la anorexia y bulimia se asocian frecuentemente con chicas, los trastornos de conducta alimentaria también afectan a los chicos, aunque suelen adoptar otras formas. En ellos, la presión estética suele desplazarse hacia el ideal de musculatura, potencia física y cuerpo definido. «En las mujeres parece que cuanto más delgada más éxito tendrás, mientras que en los hombres es cuanto más musculado». A esta diferencia se suma otra: los hombres suelen pedir ayuda más tarde, cuando el trastorno está ya más avanzado.

El vínculo entre imagen corporal y salud mental va más allá de los trastornos alimentarios. La autoimagen es uno de los factores psicológicos relacionados con el riesgo de autolesiones y conducta suicida. Y aquí el lenguaje vuelve a ser el mismo: caber o no caber. «Si no quepo en la ropa de mi grupo de amigas, tampoco quepo en el mundo en el que aspiro a estar».

La misma línea de investigación de UNIR y EMOOTI analizó también la evolución de las hospitalizaciones por autolesiones o conducta suicida en menores. Según explica la especialista, la tasa se multiplicó aproximadamente por 8,5 entre 2000 y 2021, con un peso especialmente alto en chicas. “También vimos que se había multiplicado por 8,5 en menores, y también aquí eran chicas”, señala.

Las autolesiones no siempre tienen una intención suicida inicial. En muchos casos funcionan como una forma de canalizar un dolor emocional que el adolescente no sabe gestionar. «Los propios adolescentes se pasan entre ellos que, si te sientes mal, una manera de aliviar ese dolor emocional es infringiéndote daño, no necesariamente para quitarte de en medio». El problema es que esa conducta aumenta el riesgo futuro: «Cuanto más te autolesionas simplemente para paliar el dolor emocional, más riesgo tienes de acabar haciendo un intento de suicidio como tal».

La prevención empieza mucho antes del probador. Empieza en casa, en la conversación cotidiana, en el vínculo, en la capacidad de los adultos para estar presentes. Lucía cree que muchos adolescentes viven hoy demasiado solos, incluso dentro de sus propias casas. «Las familias están muy desconectadas emocionalmente. Se trabaja demasiado y los hijos están muy solos». A menudo, al llegar a casa, cada uno se refugia en su pantalla y se comparte poco. «La principal causa de malestar emocional hoy en día en los chavales es la soledad», sostiene.

Frente a ello, propone algo aparentemente sencillo, pero cada vez menos frecuente: hablar. Hablar mucho, hablar pronto y hablar de todo. «Hay que mejorar la comunicación, el diálogo, estar con nuestros hijos y aprender a dialogar con ellos». Y lanza una advertencia importante: no se puede esperar a la adolescencia para construir ese puente. «Hay que generarlo desde muy pequeños».

El desafío, en realidad, es mucho más profundo que ampliar tallas, aunque ampliar tallas también importe. Se trata de no seguir educando a una generación en la idea de que su valor depende del reflejo, de la etiqueta o de la aprobación digital. «Hay que educar a nuestros jóvenes en que su valor no depende de su apariencia ni de lo populares que son en las pantallas. Su valor depende de otras cosas que pueden cultivar como su inteligencia, su creatividad, su libertad, su capacidad de amar a otros y de darse a otros».

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