Hace algo más de veinte años, cuando yo era adolescente, llamaron a la puerta de casa. Era Lili. Llegaba desde Melincué, un pueblo junto a una bonita laguna de poco más de dos mil habitantes en la provincia argentina de Santa Fe, con un par de maletas, una carta de la prima Betty y la dirección de unos parientes lejanísimos a los que no conocía de nada. Nosotros. La historia se remontaba a dos hermanos de mi abuela Juana que un día se fueron de Villavelayo a hacer las américas y nunca volvieron. Más de un siglo después, una conocida de una de sus descendientes hacía el viaje al revés. No éramos familia entonces, pero desde hace mucho tiempo es mi tía. Así de simple. Y así de complicado.
En casa decidimos que había que hacerle un hueco. Mi hermana y yo pasamos a dormir juntos para dejarle una habitación. Lili empezó a trabajar en lo que iba saliendo por el boca-oreja cuando no tienes papeles: limpiezas, alguna fábrica, lo que cayera. Sin contrato. Sin cotización. Sin red. Con la sensación permanente de que cualquier control, cualquier mala suerte, cualquier denuncia podía mandarla de vuelta al otro lado del Atlántico, a miles de kilómetros de la vida que había venido a intentar construir aquí y donde seguían viviendo Irene, su madre, su hermano y sus amigas.
Entonces llegó la regularización de 2005. Aquel proceso extraordinario que permitió que unas seiscientas mil personas que ya estaban trabajando en España —que ya hacían las camas, recogían la fruta, atendían a los abuelos y servían los cafés— pudieran salir del limbo y empezar a existir oficialmente. Lili fue una de ellas. Y a partir de ahí, todo cambió. Empezó a cotizar. Mejoró en el trabajo. Se apuntó a todas las horas extra que pudo, ahorrando como una hormiga. Alquiló una habitación en un piso de la calle María Teresa Gil de Gárate con dos chicas más. Nos devolvió a mi hermana y a mí nuestras respectivas habitaciones. Irene vino de visita. Y unos años después, a base de ahorrar y ahorrar, compró una casita pequeña en el Casco Antiguo de Logroño. Su casa.
Luego vinieron las vacaciones en ese Benidorm que tanto le gusta y los viajes anuales a Argentina para ver a su madre. Y mientras tanto, el periplo interminable del consulado italiano en Madrid para tramitar la nacionalidad por la vía de sus antepasados, porque siempre hay otra burocracia esperando. Pero la línea que separa lo de antes y lo de después la traza con nitidez aquel 2005. La regularización no le dio una vida cómoda. Le dio simplemente una vida.
Cuento esto porque estos días España está viviendo otra regularización extraordinaria. Una pareja a aquella. El Gobierno aprobó en abril el Real Decreto que abre la puerta a regularizar a las personas migrantes que ya están aquí y, como en 2005, lo que está en juego no es una abstracción. Son vidas concretas, biografías reales, gente que ya forma parte del paisaje cotidiano de nuestros barrios, nuestros pueblos y nuestros trabajos, pero que vive sin existir.
Para verlo no hace falta irse muy lejos. Lo contaba estos días María Félez en NueveCuatroUno desde Calahorra, donde a las cinco y veinte de la mañana ya hay gente esperando en la calle Mayor para hacer trámites. En La Rioja el proceso puede afectar a unas 5.000 personas como mi tía Lili. En la fila estaban Sindy, Creseliana y Dairo, que llevan dos años en Calahorra compartiendo habitación después de pasar por Valencia, donde les dijeron que sin papeles no había trabajo: han hecho limpiezas sueltas de noche en bares, han cuidado a personas mayores, perdieron el techo cuando murió el hombre al que cuidaban y solo siguieron teniéndolo porque la viuda les dejó una habitación por cariño. Y estaban también Alejandra y Bryan, hermanos de 24 y 26 años, que llegaron los primeros a las cinco y veinte de la madrugada después de que el día anterior se quedaran sin número. «Es imposible trabajar sin papeles, es normal», decía Bryan.
Y en esa frase tan sencilla cabe casi todo. Mientras esto ocurre a pie de calle, el debate público sigue por otros derroteros, hablando de delincuencia, de presión, de invasiones. Pero la realidad es la que recoge María Félez: gente esperando de madrugada para poder, simplemente, empezar a existir. Conviene recordar, porque a veces se nos olvida, que las regularizaciones extraordinarias no son una excentricidad de un gobierno concreto. Como recordó la portavoz del Ejecutivo, en España las han hecho gobiernos de distintos colores desde 1986. Aznar regularizó. Felipe González regularizó. Zapatero regularizó. Lo hicieron porque cuando la realidad social va por delante de la burocracia —y casi siempre va por delante— el Estado responsable es el que actúa para ordenarla, no el que mira hacia otro lado.
Hace pocas semanas, el alcalde de Ábalos, Vicente Urquía, publicaba un artículo extraordinario titulado «Sin inmigración, los pueblos se apagan». Hacía un repaso de su municipio donde el bar lo regenta una portuguesa, los mayores están cuidados por inmigrantes, el párroco es africano y las viñas que dan ese vino magnífico las trabajan personas llegadas de medio mundo. Lo que ocurre en Ábalos ocurre en decenas de pueblos riojanos. Y lo que cuenta Urquía es, en el fondo, la misma historia de Lili pero multiplicada por miles: gente que viene a trabajar, que se integra, que paga impuestos, que llena escuelas, que mantiene abiertos negocios que de otro modo cerrarían. Gente sin la cual, sencillamente, muchos de nuestros pueblos ya habrían echado la persiana.
Por eso me cuesta entender —o más bien, lo entiendo demasiado bien— el oportunismo de quienes han hecho de la inmigración un arma electoral. La estrategia es vieja y conocida: señalar al de abajo para que no mire al de arriba. Convencer a quien tiene poco de que el problema es quien tiene menos. Lo señalaba también Urquía en su artículo, y tiene razón: hay políticos que han encontrado en el rechazo a la inmigración un atajo cómodo hacia el poder, y a esos discursos se ha terminado plegando incluso parte de la derecha tradicional, a menudo en contradicción flagrante con la moral cristiana que dicen profesar.
Estar a favor de la regularización no significa negar que existan problemas reales —precariedad, economía sumergida, vivienda saturada, tensiones en barrios donde los servicios públicos no llegan—, sino entender que el modo de afrontarlos no es dejar a la gente en el limbo, sino exactamente lo contrario: sacarla de él. Darle papeles. Darle contrato. Darle derechos y, en consecuencia, también obligaciones, porque solo se le pueden exigir obligaciones a quien existe legalmente. Quienes más se oponen a regularizar son a menudo los mismos que más se quejan de la economía sumergida. Quienes denuncian que los inmigrantes «no cotizan» son los mismos que se oponen a permitirles cotizar. Una contradicción tan obvia que solo se sostiene si uno asume que el objetivo nunca fue resolver el problema, sino tenerlo.
Cuando Lili llegó a casa con sus dos maletas yo tenía edad para no entender casi nada de aquello. Solo recuerdo que había que dejarle sitio, que mi madre la sentaba a la mesa, que poco a poco se fue convirtiendo en mi tía sin que nadie firmara ningún papel. Veinte años después, Lili tiene su casa en Logroño, sus viajes anuales a Melincué y una vida construida ladrillo a ladrillo desde aquella regularización de 2005. Si entonces no hubiera ocurrido lo que ocurrió, probablemente esa vida no existiría. Y nosotros tampoco la tendríamos a ella.
Esa es la historia que pienso siempre que oigo el debate sobre la regularización en términos abstractos, demográficos o económicos. Pienso en Lili. Pienso en Sindy, Creseliana y Dairo madrugando en la calle Mayor de Calahorra. Pienso en los inmigrantes de Ábalos que mantienen abierto el colegio. Pienso en la prima Betty escribiendo aquella carta desde Melincué. Pienso en los dos hermanos de mi abuela Juana, que un día salieron de Villavelayo hacia Argentina sin papeles, sin formación, sin garantías, y a los que algún funcionario allá lejos también tuvo que regularizar para que pudieran existir.
Porque, en el fondo, esta historia siempre va y viene. Y siempre va de lo mismo: de gente que se mueve buscando una vida mejor y de sociedades que deciden si abrirles la puerta o cerrársela. Yo, después de haber visto cómo le cambió la vida a Lili, lo tengo bastante claro.


