A Ana Antón siempre le gustaron los pueblos. No como una idea romántica ni como una escapatoria puntual de fin de semana, sino como una forma de vida. Lo tenía claro desde hace tiempo, aunque no siempre supo cómo ni cuándo dar el paso. Es de Pipaona, un lugar pequeño, tranquilo, de esos donde el silencio no incomoda y donde todo tiene un ritmo distinto. Pero crecer no siempre significa quedarse.
Durante años, su vida transcurrió entre Logroño y el valle de Ocón. Como tantos otros, encontró en la ciudad el espacio para trabajar, para avanzar, para construir un día a día más práctico. Vivía con sus padres, trabaja con su familia en una imprenta y, al mismo tiempo, sacaba horas de donde no las había. El verano pasado materializó su idea de, por fin comprarse una vivienda. Meses intensos, durmiendo apenas cuatro horas al día, combinando dos trabajos. No fue fácil, pero tenía un objetivo claro: independizarse.
Hoy, con 29 años, Ana ha dado el paso que llevaba tiempo rondándole por la cabeza: ha comprado una casa en Galilea. No fue una decisión improvisada. Ni impulsiva. Ni mucho menos cómoda. Fue, más bien, el resultado de una suma de pequeñas certezas que se fueron colocando poco a poco en su sitio.

«Siempre he preferido el pueblo mil veces a la ciudad», dice con naturalidad, como quien no necesita justificar nada. Galilea no es Pipaona, pero tampoco está tan lejos de lo que ella buscaba. Tiene vida, tiene gente, tiene movimiento. Es un pueblo en el que se puede construir un día a día, no solo pasar temporadas. Y eso, para alguien como Ana, marca la diferencia.
Porque Pipaona, su pueblo, sigue siendo especial, pero no encajaba en su proyecto de vida. «Allí viven seis personas todo el año». Y la media de edad ronda los 70 años. «Me encantaría vivir allí porque es mi pueblo, pero no me veo», reconoce. No ahora, al menos. No con 29 años, con ganas de compartir, de salir, de tener cerca a su gente.
Esa gente está en Galilea. Su cuadrilla, sus amigos, su entorno. Lleva 14 años bajando allí. Es, en realidad, donde ha construido su vida social. Y eso pesa. Mucho más de lo que a veces se cuenta cuando se habla del mundo rural.
Porque vivir en un pueblo, en su caso, no tiene que ver solo con la tranquilidad o con la naturaleza. Tiene que ver con algo mucho más simple: estar con los suyos. «En Logroño tienes que quedar. Aquí no. Vas al bar y estás con todo el mundo», explica. Y en esa frase hay casi una forma de entender la vida. En Galilea, Ana no necesita planificar para ver a alguien. Sale de casa y el encuentro ocurre. Con amigos de su edad, con gente mayor, con chavales más jóvenes. Todo se mezcla. Todo convive.

Su rutina ahora será otra. Muy distinta a la de la ciudad, pero no tan lejana como podría parecer. Seguirá trabajando en Logroño, como hasta ahora. Bajará cada mañana, cumplirá con su jornada y volverá por la tarde. Un trayecto de unos veinte minutos que no percibe como un sacrificio, sino como parte natural de su día. «Prefiero gastarme ese dinero en gasolina que en una casa que no voy a poder pagar», resume.
Para ella, la distancia no es un problema. Nunca lo ha sido. Lo ve como algo asumido, incluso lógico. Igual que otros se enfrentan a atascos interminables en grandes ciudades, ella recorre una carretera que conoce bien, sin estrés, sin ruido.
Y al volver, todo cambia. Ana valora especialmente el ritmo. No solo el suyo, sino el de todo lo que le rodea. En Galilea no hay prisas constantes, puede aparcar en la puerta de casa además ha encontrado una vivienda que está amoldando a su manera de vivir. Además, la cercanía le permite tener lo mejor de los dos mundos: la tranquilidad del pueblo y los servicios de la ciudad.
Pero lo que realmente marca la diferencia no está en la distancia, sino en cómo se vive el tiempo. Ana habla de tardes completas, de conversaciones sin prisa, de paseos sin destino concreto. De esa sensación, difícil de medir, de estar donde quiere estar.

Y eso no tiene que ver con el trabajo. Ni con la oferta cultural. Ni siquiera con las oportunidades. Tiene que ver con una elección.
Durante mucho tiempo se pensó que los pueblos se vaciaban porque faltaba empleo. Que la solución pasaba por llevar industria, por generar puestos de trabajo en el propio territorio. Pero la experiencia de Ana cuenta otra historia. Ella no ha cambiado de trabajo. Ni lo pretende. Su vida profesional sigue en Logroño. Lo que ha cambiado es el lugar donde quiere vivir. «A los jóvenes nos da más igual no trabajar en el sitio en el que vivimos. Es lo que menos importa».
Ana no busca trabajo en Galilea. Buscaba vida. Y la ha encontrado. Su casa es ahora el centro de ese nuevo proyecto. Un espacio propio, construido con esfuerzo, con horas de trabajo acumuladas y con una idea clara de lo que quería. No es solo una vivienda. Es el punto de partida de algo más grande. «Comprar una vivienda sola en Logroño hubiese sido imposible».
De momento, vive sola. Disfruta de esa independencia, de ese equilibrio entre su trabajo en la ciudad y su vida en el pueblo. Más adelante, como ella misma dice, ya verá. Formar una familia, quedarse, cambiar… todo eso vendrá si tiene que venir. Pero la base ya está puesta. Porque, al final, lo importante no era tanto dónde, sino cómo. Y Ana lo tenía claro desde el principio. Quería un lugar donde sentirse en casa. Y lo ha encontrado en Galilea.


