La Rioja

Los pueblos riojanos se llenan en verano y multiplican sus habitantes

La Rioja vaciada deja de estarlo durante unas semanas de verano. Los municipios más pequeños son los que más multiplican su población con el regreso de familias, segundas residencias y visitantes. Bañares pasa de unos 220 vecinos a rozar las 4.000 personas, mientras que Cihuri crece de 184 habitantes a casi 3.300. También destacan Tirgo, que llega a multiplicar casi por veinte su población habitual; Cuzcurrita de Río Tirón, que lo hace por quince; o Aguilar del Río Alhama, que la multiplica por diez. Un cambio que transforma por completo la vida, los servicios y el ritmo diario de estos pueblos.

En junio, julio y agosto, los pueblos riojanos se llenan de vecinos que regresan a sus raíces, de familias que huyen de ciudades más pobladas y de visitantes llegados desde otras comunidades autónomas, especialmente del País Vasco, Cataluña, Madrid o Navarra. La gastronomía, el descanso lejos de las masificaciones y ciudadanas asfaltadas, las fiestas patronales o el alivio de unas noches más frescas son algunos de los grandes reclamos para estos ‘extranjeros’ de temporada.

Pero la llegada de esta población en estos meses no es nueva, y los municipios cuentan con la sabiduría de años pasados para que la convivencia durante estos meses no se vea alterada y todo el mundo pueda disfrutar de los grandes paisajes, así como del ambiente y el disfrute de todos.

«El cambio es brutal», explica María Teresa Bañares, alcaldesa de Castañares de Rioja, al preguntarle por el aumento de población durante estas fechas. El municipio pasa de tener 500 habitantes durante el año a sumar 2.500 más en verano, hasta alcanzar los 3.000 vecinos. «Para el pueblo es una súper oportunidad, ya que los bares siempre están llenos y las tiendas lo agradecen», añade la alcaldesa. Muchos de estos visitantes temporales llegan desde el País Vasco, mientras que otros son riojanos con vínculos familiares con la localidad.

Torrecilla es uno de los pueblos más visitados de La Rioja.

Otro de los municipios que también aumenta exponencialmente su número de habitantes en verano es Torrecilla en Cameros. La localidad pasa de tener 500 vecinos a alcanzar los 4.000 «de un día para otro». Este incremento de población supone muchas veces un reto para el municipio, aunque en el caso de Torrecilla «ya están más que preparados y acostumbrados». «Todos los años contamos con este aumento y ampliamos los servicios públicos para que no se ocasionen molestias», sostiene Sergio Martínez, su alcalde.

El servicio de basuras, la disponibilidad de aparcamiento o la apertura en tiempo y forma de las piscinas son algunos de los deberes que estos alcaldes tienen que hacer antes de que lleguen los nuevos habitantes. En el caso de Torrecilla, muchos de ellos no proceden de La Rioja. «Tenemos mucha gente de Cataluña, País Vasco y Aragón que viene todos los años y que instala aquí su segunda residencia», sostiene.

Todos estos actos son fruto de la experiencia de muchos años recibiendo a «vecinos temporales» en estos municipios que no son especialmente grandes y que son los que más engordan en verano. Reforzar los servicios públicos, mobiliario público como contenedores y prestar más servicios públicos durante unas semanas son la clave del éxito.

Más turistas y más niños

Aunque no todas las personas que visitan estos municipios tienen una segunda residencia. Muchas se alojan en hoteles y casas rurales de estas localidades. Un ejemplo de ello ocurre en Briñas. «De las 120 plazas hoteleras, las tenemos todas llenas durante estos tres meses», explican desde el municipio. Se trata de estancias que rondan, de media, una semana y que son «las más rentables» para los pueblos, ya que los visitantes «invierten una cantidad económica importante durante esos días en el municipio».

Este aumento de población va estrechamente ligado al crecimiento del número de menores de edad que llenan las calles. «La vida del pueblo se rejuvenece mucho y podemos llegar a pasar de 15 menores a 300», afirma María Teresa Bañares. Este incremento hace que las ludotecas escolares que ofrecen los pueblos se vean muchas veces «desbordadas» y que sea necesario «aumentar la ratio» para que todos los niños y niñas puedan acudir a la ludoteca pública.

El verano tiene la capacidad de cambiar por completo el pulso de los pueblos riojanos. Donde durante el invierno hay silencio, persianas bajadas y calles tranquilas, en julio y agosto vuelven las cuadrillas, las familias, los niños en la piscina, las terrazas llenas y las fiestas patronales como punto de encuentro. Los alcaldes lo viven con una mezcla de alegría y exigencia: más vida, sí, pero también más basura, más consumo de agua, más presión sobre los servicios y más trabajo municipal.

Esa población temporal no aparece siempre en los padrones, pero son el alivio de  bares, comercios y actividades que durante el resto del año apenas sobreviven. La Rioja rural se ensancha en verano y demuestra que, aunque muchos pueblos hayan perdido vecinos, no han perdido vínculo. Porque quienes se fueron siguen volviendo. Y durante unas semanas, la España vaciada vuelve a estar llena.

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