Hay mañanas en las que Los Cucharones parece más una pequeña estación de montaña que un bar restaurante de pueblo. Entran motoristas buscando café caliente antes de volver a la carretera. Dos familias preguntan qué hay para almorzar. Cuatro vecinos de toda la vida se aprietan junto a la barra intentando pedir antes de que los forasteros retrasen su comanda. Y en medio de este pequeño caos perfectamente organizado aparece Ricardo García, de un lado para otro, atendiendo mesas, vigilando la cocina y sirviendo cafés con la naturalidad de quien lleva media vida detrás de una barra.
Ricardo García no nació hostelero. O al menos no en el sentido clásico. Antes de aprender el ritmo de los fogones y el lenguaje silencioso de una cocina llena, trabajó durante décadas en el sector de los seguros. Empezó con apenas 17 años y pasó más de media vida dedicado a aquella profesión. Hasta que un día decidió cambiarlo todo.
Ahora, con 67 años y la jubilación ya asomando en el horizonte, recuerda aquella decisión casi como una casualidad que terminó marcándole la vida. Primero llegaron experiencias en Navarra, después Fuenmayor, Logroño, Villamediana y finalmente Pradillo, donde ha terminado construyendo durante la última década algo más que un restaurante: un refugio de carretera, un comedor de pueblo y un pequeño punto de encuentro serrano al que muchos paran casi por costumbre.

Ricardo habla de la hostelería sin épica exagerada, pero con el respeto de quien sabe perfectamente lo duro que resulta este oficio. «Tengo ganas de jubilarme», le explica a un paisano, que arruga el morro porque sabe que el relevo en estos pueblos y en este tipo de negocios siempre son costosos, pues hay que entregarse en cuerpo y alma. Dice que es un trabajo sacrificado. Que cada vez cuesta más encontrar personal. Que los márgenes son pequeños y que desde fuera muchas veces no se entiende todo lo que hay detrás de un bar abierto cada mañana. Pero también admite que esta profesión le ha cambiado como persona.
Se le nota en esa manera de moverse por el comedor, en cómo reconoce al instante qué mesa lleva esperando demasiado o quién necesita otra copa de vino antes incluso de pedirla. También en esa mezcla tan propia del hostelero veterano entre cansancio físico y responsabilidad moral: aunque el cuerpo ya le pide bajar el ritmo, seguirá «hasta el final al pie del cañón», como uno más de esos profesionales clásicos que nunca terminan de desconectar del todo.

Los Cucharones cerrará esta etapa el próximo 31 de agosto. El local, de gestión pública y propiedad municipal, volverá a salir a concurso para buscar nuevos responsables. Ricardo pondrá así punto final a diez años al frente de este establecimiento convertido en referencia habitual para quienes atraviesan el Camero Nuevo buscando un plato de cuchara en invierno o algo de fresco cuando aprieta el calor del verano riojano.
Porque en Pradillo, Los Cucharones ha funcionado durante años casi como un termómetro del valle. En los días fríos, el comedor huele a puchero, a carne guisada y a cocina lenta. En verano, las mesas vuelven a llenarse con visitantes que llegan escapando de las altas temperaturas del valle y encuentran allí una especie de isla tranquila entre montañas.

Ricardo nunca ha pretendido reinventar nada. Quizá por eso le ha funcionado. Cocina sencilla, producto cercano y una atención muy pegada al cliente. Con eso le bastó para recibir reconocimientos gastronómicos y, sobre todo, para construir una clientela fiel que ahora empieza a asumir que el cierre está cerca.
Él, mientras tanto, intenta quitar dramatismo al asunto. Habla de la jubilación con serenidad, incluso con alivio. Cree que ya ha cumplido su etapa. Que otros tendrán que continuar ahora la historia del restaurante.


