Getafe aparece muchas veces en el imaginario colectivo como una enorme ciudad dormitorio al sur de Madrid. Un sitio de paso para el provinciano que intenta no perderse por la M-45. Una salida más de la autovía, un riesgo de caer enredado entre tanto tráfico. Y, sin embargo, basta con rascar un poco para descubrir que allí llevan décadas reivindicando algo bastante más solemne: estar en el mismísimo centro geográfico de la Península Ibérica. Y una vez en el centro, los de la periferia son los demás.
La culpa la tiene el Cerro de los Ángeles, ese promontorio situado entre Getafe y Pinto sobre el que se levanta uno de los monumentos más reconocibles del sur madrileño. Durante años fue considerado oficialmente el centro peninsular, hasta el punto de convertirse en símbolo religioso, geográfico y hasta patriótico de la España más clásica. Luego llegaron los cálculos modernos, las discusiones cartográficas y las peleas vecinales con Pinto. Y Getafe, claro, jamás la soltó.

Así que no deja de tener gracia que la UD Logroñés se juegue precisamente allí empezar a encontrar el centro de gravedad de su deseado ascenso de categoría. El equilibrio definitivo a un lustro desnortado. El punto exacto entre el vértigo y la ilusión. Entre todos los playoffs que salieron mal y la posibilidad real de despegar de una vez hacia la Primera Federación.
Porque si algo sabe hacer Getafe es convivir con aviones. No es una metáfora. La ciudad lleva décadas ligada a la aviación española, a la industria aeronáutica y a los hangares de Airbus que aparecen al fondo como si aquello fuese más una pista de despegue que un polígono industrial. Allí se prueban aparatos, se ensamblan piezas y se escucha constantemente ese ruido metálico de motores que parece avisar de que algo está a punto de levantar el vuelo.
Y allí aterriza este domingo -a partir de las 11:30 horas- una UD Logroñés que necesita exactamente eso: arrancar los motores, indicar el rumbo deseado, y coger altura… por fin. Aunque sea en una de esas ciudades que siempre parecen mirar de reojo a Madrid mientras construyen su propia personalidad a base de cemento, fábricas, fútbol de Primera que pasa desapercibido salvo cuando juega contra el Real Madrid, y chavales que compiten como si el ascenso les fuese la vida en ello.

En lo futbolístico, la sensación que transmite la UD Logroñés es bastante distinta a la de otros playoffs recientes. Unai Mendia ha insistido durante toda la semana en la necesidad de controlar las emociones antes incluso que el balón. El técnico blanquirrojo considera que estas eliminatorias no permiten excesos de ansiedad ni partidos desordenados, especialmente ante un filial que vive cómodo cuando encuentra espacios y convierte los encuentros en un intercambio constante de golpes.
Ahí aparece una de las grandes amenazas del Getafe CF B: la velocidad. El filial azulón maneja ritmos altos, transiciones agresivas y futbolistas acostumbrados a competir sin apenas peso emocional sobre los hombros. Mendia deslizó durante la previa que el partido exigirá «madurez competitiva», una expresión que resume bastante bien lo que pretende el equipo riojano: evitar que la ida se convierta en un escenario caótico donde el rival pueda explotar piernas, vértigo y entusiasmo juvenil.

También parece claro que la eliminatoria se jugará a muchos más minutos que los noventa del domingo. En el cuerpo técnico blanquirrojo existe la convicción de que saber sufrir fuera de casa puede resultar tan importante como cualquier detalle táctico. La idea pasa por llegar vivos a Las Gaunas, mantener la eliminatoria controlada y aprovechar después el empuje de una vuelta que se vivirá en un ambiente completamente distinto. Porque la UD Logroñés sabe que el playoff no premia siempre al mejor y sí al más acertado, al que menos falle, al que sepa controlar todos los pequeños detalles de un gran partido con tanto en juego. Normalmente asciende quien mejor interpreta cuándo acelerar, cuándo resistir y cuándo dejar de mirar el ruido que rodea a cada partido.
El Getafe B es un filial incómodo. Joven. Rápido. Fuerte, muy fuerte. Con piernas infinitas y poca tendencia al miedo escénico. Un equipo diseñado para jugar estos partidos en una Ciudad Deportiva Fernando Santos pequeña, cerrada y bastante menos amable de lo que sugieren las fotos aéreas. Aunque la teoría del ambiente hostil se ha ido desinflando según avanzaba la semana. Los riojanos se han espabilado y habrá, en la matinal madrileña, más de los esperados en un principio. Y para quienes no puedan viajar, quedará la otra terminal de embarque: la Ciudad Deportiva de la UD Logroñés, convertida este domingo en sala de espera colectiva para una afición que lleva demasiado tiempo mirando el cielo sin terminar de despegar.


