El sonido de la lluvia sobre la madera, el olor a campo húmedo y el ritmo pausado de los pueblos vuelven a convertirse en refugio para muchos visitantes. El turismo rural riojano encara el puente del Primero de Mayo con buenas sensaciones y una ocupación que ronda el 85 por ciento. Un respiro primaveral de tres días, este año además ligado al Día de la Madre, que invita a escapar de la ciudad y que también deja su huella en la hostelería.
En las casas rurales, donde el tiempo parece discurrir de otra manera, el calendario manda. Y cuando los días se estiran, también lo hacen las reservas. Así lo explica José Joaquín Sanz, presidente de ASCARIOJA: «Para el turismo rural cualquier fin de semana que es más largo de lo normal nos viene muy bien. Nuestros negocios siguen siendo en gran parte de fin de semana, por lo tanto tres noches nos vienen extremadamente bien».
Las cifras que maneja el sector en La Rioja incluso superan la media nacional. «Estamos alcanzando más o menos un 85 por ciento en las casas rurales completas y entre un 70 y un 75 por ciento en las que funcionan por habitaciones». Y aún hay margen para crecer. «Siempre está la pareja que a último momento decide salir», dice dibujando esa escena tan reconocible del viajero que espera al último parte meteorológico antes de hacer la maleta.

Porque si algo define al turismo rural es su elasticidad, su capacidad de adaptarse a los impulsos. Los grupos organizan con tiempo; las parejas improvisan. «Los que esperan a última hora son las pareja, que tiene más flexibilidad y puede decidir si se va al norte, al sur, al este o al oeste», comenta Sanz.
El sector, consciente de la importancia de este tipo de puentes, ha jugado sus cartas para alargar las estancias. «En la gran mayoría de las casas se ha logrado que la gente venga desde el jueves, como si fuera un viernes, para aprovechar completamente el día 1». Una pequeña estrategia que transforma un fin de semana más en una escapada completa.
Y aunque el cielo pueda amenazar con nubes y tormentas, eso en La Rioja no es necesariamente una mala noticia. «Nuestros pueblos tienen muchísimo encanto bajo la lluvia. Pasear con un paraguas o escuchar el sonido de la lluvia en el tejado de una casa rural también es muy agradable».
El mapa de reservas dibuja una ocupación bastante equilibrada, aunque hay zonas que concentran más movimiento por el simple hecho de contar con más densidad de alojamientos. Un ejemplo de ello es Cameros. Aún así, la cercanía entre comarcas permite al visitante multiplicar experiencias en pocos días. «Puedes estar paseando por un hayedo y una hora después visitando una bodega. Y esa es la esencia de la diversidad riojana», dice con orgullo Sanz.

En cuanto al origen de los viajeros, el patrón se mantiene estable. Madrid y País Vasco siguen siendo los grandes motores de demanda junto con Zaragoza, «que últimamente está ganando mucho peso» y Barcelona. Los perfiles de los turistas que se acercan hasta La Rioja tampoco varían mucho: «Familias y grupos de amigos sobre todo, seguido de parejas que viajan solas, con mascota o con hijos, en ese orden».
Y todo esto en un momento muy simbólico para el sector. Ascarioja cumple 30 años. Tres décadas en las que, como bien explica José Joaquín, el turismo rural ha evolucionado al ritmo de la digitalización y las nuevas plataformas, pero sin perder su esencia. «El turismo rural riojano goza de muy buena salud, y así lo confirma la incorporación de nuevas casas en pequeños municipios que refuerzan además su papel como herramienta contra la despoblación».
El horizonte, sin embargo, apunta más allá de las fronteras. «Nos falta turismo internacional», admite José Joaquín, aunque confía en que eventos como el próximo eclipse del 12 de agosto puedan atraer visitantes europeos para así abrir nuevas puertas al territorio.


