CARTA AL DIRECTOR

Un riojano que todavía cree en el Atleti, pero cada vez menos en el servicio de taxis

Hay gestas que merecen un hueco en la historia universal, y luego están las pequeñas epopeyas riojanas, que quizá no cambien el mundo, pero desde luego sí ponen a prueba la fe, la paciencia y el transporte público. La mía empezó a las 6:30 de la mañana, cuando sonó el despertador y arrancó una jornada de esas que hacen parecer razonable cualquier disparate si el destino final es ver jugar a tu equipo.

Ducha, taxi reservado el día anterior y rumbo al aeropuerto de Agoncillo. A las 7:30 salía el vuelo hacia Madrid y, para las 8:30, ya había aterrizado. Poco después de las 9 estaba en el centro de Madrid. Segunda machada conseguida, porque la primera había sido aún más difícil: conseguir entradas para el Atleti-Barça. Ya solo por eso merecía una medalla, o al menos una mención honorífica en el BOE.

El resto del día transcurrió entre recados, llamadas y encuentros con amigos, hasta llegar a la cita verdaderamente importante: el Metropolitano a las 9 de la noche. Pasadas las 11, segunda gran misión cumplida. Victoria, estadio lleno hasta la bandera, 70.000 personas y la sensación compartida de que solo quedan tres partidos para ser campeones. Una noche para celebrarla con los tuyos, mientras el campo se vacía y uno sale todavía flotando.

Y entonces llegó el contraste. Porque una cosa es Madrid y otra, en fin, el realismo mágico del transporte riojano. En la capital, sin problema alguno, cogí un taxi al salir del estadio para ir a la estación de autobuses. Allí me esperaba el bus de vuelta a Logroño, con parada en Soria incluida, porque el verdadero aficionado no viaja: peregrina. En el autobús, por cierto, había más camisetas del Atleti, lo que demuestra que no soy el único insensato; simplemente formo parte de una cofradía.

La llegada a Logroño fue a las 5:05 de la mañana. Y allí apareció el último reto del día: encontrar un taxi. Conviene aclarar que había llamado por la mañana a la central para preguntar si necesitaba reservar uno para ir desde la estación a casa a esa hora. Me dijeron que no, que no hacía falta, que siempre hay taxis. “Siempre”. Una palabra muy ambiciosa para según qué ciudades. Naturalmente, no había ninguno. Pero uno, inocente de mí, se queda más tranquilo cuando se lo aseguran desde una centralita, aunque sepa perfectamente que le están vendiendo literatura fantástica.

Llamé de nuevo. Me dijeron que mandaban uno, que estaba en camino. Esperé diez minutos. Allí no apareció nadie. Debía de venir en un plano metafísico o quizá desde una dimensión paralela en la que el servicio funciona. Así que emprendí el camino a casa andando, aún sonriendo, eso sí, reviviendo lo vivido en el estadio y aceptando que la tercera machada, la del taxi de vuelta, había resultado fallida. No podía salir todo bien.

Llegué a casa, me enfundé la rojiblanca del pijama y dormí un par de horas, porque era final de trimestre y había que presentar impuestos, que Pedro Sánchez no perdona. Aunque, puestos a recaudar, quizá podría gastarse algo en una mejora del transporte en La Rioja, que a este paso parecemos las Baleares: igual de aislados, pero con vino, sin mar y con bastante más frío.

En resumen: para ver a tu equipo en Madrid, la logística sale adelante; para volver a casa en Logroño a las cinco de la mañana, imposible. Igual algún día descubrimos que el verdadero milagro no era ganar la champions, sino encontrar un taxi en esta ciudad cuando más lo necesitas.

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