La Rioja

Ambasaguas: la resistencia de un pueblo sin luz en la sierra riojana

En lo alto de la sierra, donde los inviernos se alargan en el calendario, Ambasaguas resiste. No figura entre los mapas del olvido, aunque a veces lo parezca. No es un pueblo abandonado, aunque muchos lo den por hecho. Allí, entre casas que aún conservan el pulso de otros tiempos, viven cuatro personas durante todo el año. Y lo hacen sin luz.

La imagen, en pleno siglo XXI, resulta difícil de encajar en un territorio como La Rioja. Pero es real. Y, sobre todo, es persistente. «Ambasaguas nunca ha estado deshabitado», insiste Julián, presidente de la Asociación de Amigos del pueblo, una entidad que este año cumple cuatro décadas y que nació, precisamente, para evitar que el tiempo y la desidia hicieran desaparecer lo que aún quedaba en pie. «Siempre ha habido gente. Poca, sí, pero suficiente como para seguir considerándolo un pueblo vivo».

La vida en Ambasaguas no se mide en comodidades, sino en resistencias. No hay alumbrado público ni suministro eléctrico estable. Tampoco existe un acceso asfaltado que conecte el núcleo poblacional con el exterior. Y algunas de sus edificaciones, como las antiguas escuelas, se van deteriorando vencidas por el paso del tiempo y la falta de intervención.

«Seguramente somos el único pueblo habitado que no tiene una carretera asfaltada hasta el núcleo», lamenta Julián, que habla con una mezcla de resignación y firmeza, como quien lleva demasiados años repitiendo la misma historia sin encontrar respuesta.

La paradoja, sin embargo, es evidente: los vecinos pagan impuestos como en cualquier otro punto del municipio de Muro de Aguas, del que dependen administrativamente, pero no reciben los mismos servicios.

«Pagamos el agua, pagamos basuras, pero el servicio no es el mismo», explica. «Los contenedores pueden estar meses sin vaciarse. Al final, muchos optamos por llevarnos la basura a otros pueblos para que esto no se convierta en un problema mayor».

Si Ambasaguas sigue en pie no es tanto por la acción institucional como por la implicación de quienes aún creen en él. Durante años, la asociación ha asumido tareas que, en otros lugares, corresponderían a la administración: arreglos en calles, mantenimiento de infraestructuras, rehabilitación de la iglesia o mejoras en la red de agua.

«Todo lo que se ha hecho en el pueblo lo hemos hecho nosotros. Aquí no ha habido inversiones públicas. Lo único que hay es el esfuerzo de la gente».

Pero ese esfuerzo no basta para cubrir carencias estructurales como la electricidad. En 2023, una puerta pareció abrirse. Un convenio firmado entre administraciones incluía a Ambasaguas dentro de un programa para dotar de suministro eléctrico a varios núcleos rurales. La inversión, cercana a los 300.000 euros, hacía pensar que, por fin, el pueblo dejaría atrás una de sus principales limitaciones.

Pero el tiempo ha pasado y la luz sigue sin llegar. «En otros pueblos ya está hecho. Aquí seguimos esperando», denuncia el presidente de la asociación. «Nos dijeron que no había problema, que todo estaba en marcha, pero la realidad es que ni siquiera está adjudicado el proyecto».

La sensación entre los vecinos es de desgaste. No solo por la falta de avances, sino por la ausencia de información clara. «Nos dan largas, nos dicen que todo va bien, pero no vemos nada», añade.

Pero lo que más pesa, quizá, no es solo la falta de actuaciones concretas, sino la sensación de desatención. «Hemos trasladado estas necesidades en varias ocasiones e incluso hemos invitado a representantes municipales a conocer de primera mano la situación, pero no ha habido una respuesta efectiva ni presencia en reuniones», explica. «Eso genera frustración entre quienes seguimos apostando por el pueblo».

La falta de actuación no se queda en lo simbólico. En los últimos años, el deterioro ha empezado a manifestarse de forma tangible. Derrumbes en algunas construcciones han llegado a bloquear calles y dificultar el acceso al pueblo, generando preocupación entre los vecinos. «Los pueblos no se abandonan de un día para otro, se abandonan poco a poco, con la inacción, el silencio y la falta de compromiso».

A todo ello se suma una percepción difícil de ignorar en un contexto en el que existen ayudas públicas para la revitalización del medio rural. «Cuesta entender que esas ayudas no se traduzcan en mejoras reales para pueblos como el nuestro. La falta de transparencia hace pensar que esos recursos no están llegando donde deberían».

Lo que ocurre en Ambasaguas no es un caso aislado. Forma parte de un fenómeno más amplio que atraviesa muchas zonas rurales del interior: la pérdida progresiva de población y, con ella, de servicios, inversión y atención institucional. Pueblos con historia, identidad y vecinos comprometidos que, pese a las dificultades, siguen tratando de mantenerse vivos.

Sin embargo, quienes siguen viviendo en estos núcleos rechazan la etiqueta de lugares vacíos. «Estamos aquí. Vivimos aquí», subraya Julián. Y esa presencia, por mínima que sea, abre un debate incómodo: «¿Hasta qué punto debe garantizarse la igualdad de servicios en territorios con tan baja densidad de población?».

Para los vecinos de Ambasaguas, la respuesta es clara. «No pedimos privilegios. Pedimos atención, gestión y respeto. Pedimos lo básico. Lo que tiene cualquier pueblo».

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