Casi siempre lejos del foco mediático, un organismo batalla a brazo partido contra el tiempo en Santo Domingo de la Calzada. Por las manos de sus profesionales no solo pasan siglos de historia, sino también la responsabilidad de preservar un legado centenario de anhelos y plegarias. En el Taller Diocesano de Santo Domingo de la Calzada son plenamente conscientes de que su tarea trasciende al hecho de devolver las obras a su estado original: trabajan directamente sobre material sagrado, en el que decenas de generaciones han depositado su fe más honda.
Este organismo, dependiente de la Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño en coordinación con la Consejería de Cultura del Gobierno de La Rioja, nació a comienzos de los años ochenta con el objetivo de salvaguardar las obras de arte que forman parte de su patrimonio. Desde entonces, su recorrido ha sido constante, aunque no exento de desafíos. Porque La Rioja es una comunidad pequeña en territorio pero rica en un legado artístico que, llegado el momento, necesita someterse a labores de restauración y conservación para cicatrizar las heridas del tiempo.

Al frente del taller está María Jesús Paracuellos, que dirige y coordina un equipo humano de seis profesionales especializados en pintura y escultura, así como dos organeros dedicados a la recuperación de estos instrumentos, tan vinculados a la devoción cristiana y que aun en la actualidad siguen enriqueciendo los templos con su singular sonido. Sin ir más lejos, por las manos de estos especialistas pasó el mayor órgano de La Rioja, que el pasado mes de julio se instaló en la parroquia de Santiago de Logroño.

María Jesús Paracuellos, directora técnica del Taller Diocesano de Santo Domingo de la Calzada.
Durante estos días, el equipo se afana en devolver a su estado original un gran retablo de origen flamenco de la Concatedral de La Redonda, dedicado a la Epifanía. Con el mimo de una madre y la precisión de un cirujano, los profesionales subsanan las muescas que el paso de los siglos ha cercenado en la madera y devuelven a sus distintos elementos el brillo que tuvieron en su día.

Una misión en la que nada queda en manos de la improvisación, pues para acometerla los restauradores deben combinar el conocimiento científico de los materiales, dominar la técnica de los procesos, hacer gala de una evidente habilidad motriz y, por si fuera poco, de una sensibilidad especial que permita intervenir la obra sin alterar su esencia. «Cada uno de nosotros somos un compendio de científicos, artistas y artesanos», resume Paracuellos.

A diferencia de los conservadores de museos, la pátina espiritual que envuelve a las obras con las que trabajan en el Taller Diocesano implica una complejidad añadida, porque «las normas internacionales de conservación no siempre encajan con las necesidades de una imagen que debe seguir siendo reconocible para los fieles», explica la directora del centro. Sin ir más lejos, la restauración de la Virgen de la Macarena de Sevilla, una de las imágenes más devocionales del planeta, hizo correr ríos de tinta y despertó airadas críticas entre quienes consideraban que la intervención había modificado la semblanza de la dolorosa.
Por ello, María Jesús Paracuellos recalca que la misión de los restauradores de imágenes sacras pasa por «encontrar un equilibrio, un punto intermedio entre el respeto absoluto por el original y la necesidad de mantener su capacidad de transmitir».

La importancia de acudir a manos expertas
Uno de los principales problemas que afronta la conservación del patrimonio es de carácter económico. Restaurar correctamente una obra implica procesos largos y costosos, lo que en ocasiones lleva a soluciones improvisadas cuando en una parroquia o en una cofradía detectan signos de desgaste causados por el tiempo.
«La buena intención no siempre basta», advierte María Jesús Paracuellos, ya que «realizar intervenciones sin un criterio técnico puede causar daños irreversibles, e incluso la pérdida total de la obra». Y aunque la situación ha mejorado en los últimos años -décadas atrás no estaba tan institucionalizada la figura del conservador y las restauraciones las acometían otros artesanos- todavía persisten prácticas inadecuadas y decisiones precipitadas.

Por ello, la principal recomendación que transmite el Taller Diocesano es siempre la apuesta por la conservación preventiva, controlando las condiciones ambientales de los espacios que albergan las obras sacras, realizando seguimientos periódicos y evitando riesgos innecesarios al manipular las imágenes. Algo que no siempre resulta sencillo, pues Paracuellos es consciente de que las iglesias -donde se conserva la mayor parte del patrimonio- no cuentan con las condiciones estables de un museo en cuanto a humedad o temperatura.
Lluvias y cofradías
Y ahora, a las puertas de la Semana Santa, la directora del organismo tiene muy claro su consejo para las cofradías que, ante la posibilidad de lluvias, deben tomar decisiones drásticas: «En primer lugar hay tener clarísimo cuál es el pronóstico, y si hay un mínimo riesgo, no salir. Sé que es muy doloroso, pero es lo más sensato».

En el caso de que las hermandades decidan arriesgarse, plantea que el siguiente paso es «tener muy claro el recorrido, con posibles lugares en los que cobijarse si empieza a llover, y establecer un protocolo detallado de riesgos». «Y en caso de que las cofradías lleven plásticos para cubrir las imágenes, que para mí es la última opción, es importante que estos se hayan confeccionado para cada paso en particular y nunca colocarlos con pértigas», añade.
Aun así, si un chubasco traicionero sorprendiera a alguna cofradía en la calle, el consejo que Paracuellos comparte sobre cómo actuar ante una talla mojada es, «de primeras, no tocar, refrotar ni secar». «En esa situación hay que contactar con los técnicos, que para eso están los restauradores, que son quienes deben decidir qué es lo más indicado en cada caso concreto; no olvidemos que estamos hablando de un patrimonio histórico y artístico que se puede malograr por una mala decisión».

Con todo, en cada intervención del Taller Diocesano no solo recupera una obra, sino que preserva una parte de la historia colectiva. Un patrimonio que, como recuerda su directora técnica, es irrecuperable si se pierde. En un territorio donde cada iglesia guarda siglos de memoria, este organismo actúa como custodio del tiempo, con un oficio que combina ciencia, técnica y respeto para asegurar que el pasado siga teniendo un lugar en el presente.


