Muchas veces una historia empieza con una simple pregunta. ¿Quién fue esa persona cuyo nombre aparece en una placa? ¿Qué hizo para que un pueblo lo recuerde, aunque ya nadie sepa muy bien por qué? En el caso de Roberto Rodríguez, todo comenzó así, casi por curiosidad, durante sus visitas a Berceo, el pueblo de su mujer. De ahí nace ‘Retratos del Valle de San Millán’ un libro donde las personas y sus historias son lo más importante.
Rodríguez (Logroño, 1974) es licenciado y doctor en Periodismo por la Universidad de Navarra y doctor en Historia por la Universidad de La Rioja. Su trayectoria profesional combina la docencia universitaria con la comunicación institucional y el análisis político. Pero, más allá de su currículum, hay un vínculo personal que explica este proyecto: lleva más de treinta años ligado al Valle de San Millán.
Fue en ese contexto donde surgió la chispa. Entre paseos y conversaciones, se topó con el nombre de Domingo Peña Villarejo. Sabía que había construido la iglesia, las escuelas, el ayuntamiento. Pero poco más. Apenas había rastro de su vida. Y esa ausencia, lejos de frenar la historia, fue el punto de partida.

Lo que en un principio iba a ser un pequeño libro terminó creciendo hasta convertirse en su tesis doctoral en Historia. Y de ahí, casi sin darse cuenta, nació un proyecto si cabe más ambicioso. ‘Retratos del Valle de San Millán’ es un recorrido por 174 biografías que atraviesan siglos y que componen una especie de mapa humano del valle.
Porque esa es una de las primeras sorpresas del libro: su magnitud. Cuesta imaginar que un territorio asociado a lo rural — a esa etiqueta tan repetida de la ‘España vaciada’ – haya generado tal cantidad de figuras relevantes. Sin embargo, la respuesta está en su propia historia.

El Valle de San Millán de la Cogolla no es un lugar cualquiera. Es uno de los espacios más simbólicos de La Rioja y de la propia historia del castellano. En sus monasterios de Suso y Yuso nacieron las primeras palabras escritas en lengua romance y se gestó una tradición cultural que todavía resuena. Allí escribió Gonzalo de Berceo, considerado el primer poeta en castellano con nombre conocido, y ese legado ha marcado, de alguna manera, el carácter del lugar.
En ese contexto, no resulta extraño que buena parte de las biografías recogidas en el libro estén vinculadas al ámbito religioso. De los 174 personajes, 66 pertenecen a este ámbito: dos santos, un beato, obispos, abades, priores, inquisidores o misioneros repartidos por distintos puntos del mundo. Durante siglos, los monasterios actuaron como centros de formación y proyección, y rara era la familia que no tenía algún hijo vinculado a la vida religiosa.

Pero no todo se explica desde ahí. Hay otro fenómeno clave que atraviesa el libro y que ayuda a entender esa proyección: la emigración. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las condiciones de vida en el valle eran duras. Muchos vecinos se vieron obligados a marcharse. Algunos hacia otras ciudades españolas como Madrid, Barcelona o Sevilla; otros, hacia América. Lo interesante es que muchos de ellos no solo lograron salir adelante, sino que alcanzaron posiciones destacadas en los lugares a los que llegaron.
De ahí surgen historias como la de la Casa Foronda en Sevilla, una de las más emblemáticas en el comercio de mantones de Manila, o la saga de los Hervías en Cádiz. También aparecen nombres que cruzaron el océano y construyeron su futuro en América, llevando consigo ese vínculo invisible con su lugar de origen.
Ese movimiento constante —salir, prosperar, regresar o mantenerse conectado— dibuja un perfil muy concreto: el de una comunidad acostumbrada a adaptarse, a buscar oportunidades y a reinventarse. Un carácter emprendedor que, de alguna forma, atraviesa muchas de las biografías del libro.

Pero Retratos del Valle de San Millán no se limita a rescatar nombres conocidos o trayectorias evidentes. Uno de sus grandes aciertos está en recuperar historias que habían quedado en la sombra. Especialmente las de mujeres.
Durante siglos, muchas de ellas desempeñaron papeles relevantes sin recibir el reconocimiento correspondiente. El libro intenta corregir, al menos en parte, ese silencio. Aparece, por ejemplo, María de la O Lejárraga, una figura fundamental cuya autoría fue invisibilizada durante años. Pero también otras historias menos conocidas, como la de Francisca Martina Villarejo y García, que tras enviudar logró levantar un importante negocio en Talavera de la Reina y convertirse en una mujer influyente en su tiempo.
Y luego están esos personajes que sorprenden incluso al propio autor. Historias que parecen sacadas de otro lugar o de otra época. Como la de Eugenia Mendoza, una joven que salió del valle para trabajar como sirvienta en Barcelona y que terminó vinculada al mundo cultural. A su regreso, rompía todos los esquemas del entorno rural de entonces: vestía de forma diferente, fumaba, acudía sola al bar. En un contexto en el que eso no era habitual, su figura desentonaba. Y precisamente por eso resulta tan reveladora.

El proceso de investigación, en sí mismo, ha sido otra de las historias que atraviesan el libro. A los archivos, bibliotecas y hemerotecas digitales se suma un trabajo casi artesanal: hablar con la gente, escuchar a los mayores, recoger nombres que no aparecen en los documentos. Porque hay una parte del pasado que solo existe en la memoria oral, y que corre el riesgo de desaparecer si no se fija a tiempo.
También ha sido clave el contacto con descendientes. En muchos casos, desconocían la dimensión de sus propios antepasados. «Descubrirles su propia historia», como reconoce el autor, ha sido uno de los aspectos más emocionantes del proceso. Hay algo profundamente humano en ese momento en el que alguien descubre que su abuelo o bisabuelo tuvo un papel relevante que había quedado olvidado.
El libro, en ese sentido, ha servido de puente entre generaciones, entre pasado y presente, entre lo que se sabía y lo que aún estaba por contar. Un mosaico de vidas que permite entender mejor la historia del valle, un lugar desde el que muchos partieron, al que algunos regresaron y que, de una forma u otra, ha estado siempre conectado con el mundo.


