Cultura y Sociedad

Pradejón, el pueblo convertido en museo

Hace doce años, Pradejón tomó una decisión sencilla: empezar a embellecer sus calles. Lo hizo con un primer mural dedicado al champiñón, el producto que ha marcado la economía y la identidad del municipio durante décadas. Aquella intervención, casi discreta en su origen, terminó siendo el inicio de algo mucho mayor.

Hoy, ese impulso se ha convertido en un museo urbano al aire libre que ya suma cerca de una veintena de murales repartidos por distintos puntos del municipio. Un proyecto que no solo ha transformado la imagen de Pradejón, sino también la forma en la que se cuenta a sí mismo.

El origen es tan revelador como simbólico. El primer mural, en 2014, estuvo dedicado al champiñón, producto esencial de la economía local. No fue una elección estética al uso, sino una declaración de intenciones: aquí el arte no iba a ser un adorno, sino una extensión de lo que Pradejón es. Aquella obra de Carlos Corres y Carlos López Garrido no solo ocupó una pared; abrió la posibilidad de seguir haciendo arte a través de las paredes del municipio. Desde entonces, ese relato no ha dejado de crecer.

Hoy, el municipio cuenta con cerca de veinte intervenciones que funcionan como capítulos de una historia colectiva. Murales que no se limitan a decorar, sino que explican, evocan y, en muchos casos, interpelan. Porque lo interesante de este proyecto que se alarga ya más de una década en el tiempo no es únicamente su cantidad, sino su coherencia: cada obra dialoga con el entorno, con la memoria o con temáticas contemporáneas.

Ahí está, por ejemplo, el mural dedicado a la Fuente Vieja, que rescata la historia más cercana; o las composiciones religiosas de Andrei Busel, que introducen una dimensión casi espiritual en el espacio público, con ese contraste tan suyo entre lo renacentista y lo urbano. Incluso su regreso años después, para reinterpretar una obra dañada, habla de algo poco habitual en el arte callejero: la permanencia como compromiso.

Pero Pradejón no se ha quedado en la nostalgia. Ha sabido abrir su museo a discursos más amplios. El mural de Okuda sobre la multiculturalidad —con sus geometrías y colores reconocibles al instante— convierte una plaza en un manifiesto visual sobre la convivencia de 18 nacionalidades. No es solo estética: es una radiografía social.

Algo similar ocurrió con la obra de Suso33, que aborda la evolución del municipio desde sus orígenes más humildes hasta el presente. O con los trabajos que tratan cuestiones como la violencia de género o la igualdad, donde el arte deja de ser contemplativo para volverse necesario. En ese equilibrio entre identidad local y mirada contemporánea reside, probablemente, una de las claves del éxito del proyecto.

También hay espacio para lo íntimo. Murales como el dedicado a la mujer trabajadora pradejonera o el que rescata los juegos tradicionales funcionan casi como álbumes de memoria. No apelan a grandes conceptos, sino a recuerdos compartidos: las manos que sostienen una familia, las tardes en la calle, la infancia sin filtros. Y ahí, en esa cercanía, el arte encuentra otra forma de profundidad.

Más reciente es el mural que recrea la plaza de la Constitución como un ‘reflejo del tiempo’, una especie de espejo donde pasado y presente se superponen. O la intervención de Doctor Oy, con sus rostros sonrientes, que introduce una dimensión emocional directa, casi inmediata: provocar una reacción sencilla, pero necesaria.

El museo urbano de Pradejón no responde a una única estética. Conviven el hiperrealismo, el simbolismo, el grafiti más contemporáneo o la ilustración. Esa diversidad, lejos de dispersar el proyecto, lo enriquece. Porque no se trata de imponer un estilo, sino de construir un relato coral. Y en ese relato, cada nueva pieza añade una capa.

La última, que estos días ha comenzado a tomar forma en la calle Piscinas, vuelve a mirar hacia lo esencial. El artista Pablo Astrain trabaja en un mural inspirado en una de las imágenes más reconocibles de La Rioja: el encuentro en torno al vino y las chuletillas al sarmiento. Puede parecer una escena cotidiana, casi repetida hasta el tópico, pero ahí está precisamente su fuerza. Porque lo que plantea esta obra no es una postal gastronómica, sino una reflexión sobre el encuentro. Sobre esos momentos —en una bodega, en el campo, alrededor de una mesa— que terminan convirtiéndose en memoria. El porrón que pasa de mano en mano, el humo del sarmiento, la conversación que se alarga sin mirar el reloj.

En el fondo, este nuevo mural resume bastante bien lo que Pradejón ha ido construyendo en estos doce años: un espacio donde el arte no es ajeno a la vida, sino una prolongación de ella. El visitante que llega quizá no lo percibe de inmediato. No hay taquillas, ni recorridos marcados, ni audioguías. Pero basta detenerse un momento para entender que cada pared tiene algo que contar.

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