Ya tenemos fechas para San Mateo 2026. Para 2027, Dios dirá, alcalde o alcaldesa mediante. Al menos, nos ahorramos desde bien pronto el debate sobre el calendario porque llevamos años discutiendo lo mismo: si las fiestas de Logroño deben empezar siempre el 20 de septiembre, caiga como caiga, como una especie de dogma litúrgico, o si debe arrancar el sábado anterior al 21, para garantizar lo que en política se llama “optimización del rendimiento festivo”. Dicho en cristiano: dos fines de semana para hacer caja.
La discusión parece técnica, casi administrativa, pero en realidad es mucho más profunda. Es una discusión sobre qué son las fiestas y para quién existen. La versión oficial —esa que siempre llega envuelta en informes de impacto económico y discursos de promoción turística— dice que las fiestas deben abarcar dos fines de semana para atraer visitantes, dinamizar la hostelería y generar actividad. Lo cual, en abstracto, suena razonable. Nadie está en contra de que la ciudad gane dinero. Ni siquiera los más románticos del porrón y la charanga.
El problema es que, cuando conviertes las fiestas en una hoja de Excel, suele pasar lo mismo que en esas reuniones de trabajo donde alguien propone optimizar sinergias: que el resultado final lo entiende muy bien el PowerPoint, pero la gente no. Y San Mateo es el mejor ejemplo.
El día del cohete es probablemente el momento de mayor felicidad colectiva que conoce esta ciudad. Un instante en el que Logroño parece una mezcla improbable entre Pamplona, Nápoles y una película de Berlanga. Camisas blancas que dejan de ser blancas en cinco minutos, pañuelos color vino convertidos en bandera universal del desorden alegre y miles de personas gritando «y nadie en Logroño se siente extranjero» como si acabara de caer el gol de Iniesta en Sudáfrica. Ese día la ciudad late. Todo funciona.
Luego llega el domingo. Vermú largo, cuadrillas que se reencuentran y una sensación agradable de haber inaugurado algo importante. Y después… silencio. No un silencio absoluto, claro. Siempre hay actos, (malos) conciertos, degustaciones y fuegos artificiales. El programa oficial tiene más páginas que una novela rusa. Pero la energía cambia. La ciudad se desinfla poco a poco, como esos globos que quedan flotando en el techo después de una fiesta infantil.
El lunes muchos vuelven al trabajo o se van fuera (hay que recuperar bien las resacas), el martes la mitad ya está cansada y el miércoles empiezan a aparecer fotos en Instagram desde el Mediterráneo. Porque esa es otra de las grandes paradojas mateas: mucha gente que tiene vacaciones aprovecha esos días para irse de viaje. Todavía hace buen tiempo, los precios son razonables y el mundo, afortunadamente, es más grande que el perímetro entre El Espolón y la Plaza del Mercado.
Así que llegamos al segundo fin de semana como quien llega al epílogo de una película que ya terminó. Una especie de bis festivo donde todo sigue funcionando… pero sin la electricidad del principio salvo esa exaltación de chuletillas que debería ser Patrimonio de la Humanidad. La ciudad sale, sí. Pero ya con la lengua fuera.
Y aquí es donde aparece la pregunta incómoda: ¿Tiene sentido estirar las fiestas para abarcar dos fines de semana si en realidad la energía real dura tres o cuatro días? La respuesta no es sencilla, entre otras cosas porque las fiestas de Logroño llevan años atrapadas en una contradicción bastante española: todos dicen querer lo mismo —más calle, más alegría, más participación— pero cada decisión parece empujar en dirección contraria. Por un lado está la lógica económica y, por otro, la lógica festiva.
La primera pide calendario largo, programación continua y retorno turístico. La segunda es mucho más caprichosa: depende del clima, de las cuadrillas, de la casualidad, de que alguien saque una guitarra o de que aparezca una charanga en la esquina adecuada. La fiesta, como el amor o el fútbol, no entiende demasiado de planificación estratégica.
Y ahí es donde empiezan los problemas. Porque cuando la política intenta diseñar la diversión con la precisión de un plan urbanístico, suele acabar produciendo algo parecido a esos parques temáticos donde todo está pensado… menos la emoción. Las fiestas verdaderas —las que recordamos años después— casi nunca estaban en el programa sino en una mesa cualquiera, una calle inesperada, un bar demasiado pequeño o una conversación que se alargó hasta el amanecer.
Por eso la discusión sobre el calendario de San Mateo es, en realidad, un síntoma. No estamos debatiendo solo cuándo empiezan las fiestas, sino qué tipo de fiestas queremos. ¿Una semana y media de programación institucional? ¿O tres o cuatro días de intensidad real donde la ciudad se vuelca de verdad? La respuesta, como casi siempre en Logroño, seguramente esté en un punto intermedio.
Para encontrarlo habría que hacer algo bastante revolucionario en la política local: escuchar un poco más a la calle. No vale una reunión con los diferentes colectivos y asociaciones sino observar, de verdad, cómo se viven las fiestas en vez de ponerse para la foto y darles la espalda. Porque las fiestas no las organiza el Ayuntamiento sino la gente. El Ayuntamiento, con suerte, no debería estropearlas demasiado.
Bonus track: consta en el pequeño Logroño del poder que la concejal de Festejos, Laura Rivas, está trabajando intensamente y con antelación para no prepararla como en años anteriores hicieron sus antecesores. Tiene ganas y buenas intenciones, pero le falta algo (casi) más importante: dinero. Las arcas del Consistorio no pasan por su mejor momento y el alcalde, Conrado Escobar, no parece estar dispuesto a darle alegría a la cartera municipal.


