Hay decisiones que se toman con la cabeza, y luego están las que se toman con una caña en la mano. Así empieza esta historia de tres ‘locos’ que decidieron ir a Soria a comerse un torrezno. «Ricardo no había estado nunca y dijimos, algún finde vamos para que lo conozcas». Y una frase retumbó: «¿Y si vamos andando?». Típica frase de esas que dices, ‘¿lo he dicho en voz alta o lo he pensado?’.
Gonzalo Tricio, 29 años, su hermano Ricardo de 24, y Nacho Gutiérrez, también de 24 años, son tres amigos de Logroño que han decidido cruzar la línea invisible que separa la broma de la decisión. Les gusta caminar por la montaña siempre que pueden, corren carreras populares, así que el esfuerzo no les es ajeno, pero esta idea de unir Logroño y Soria a pie en una sola jornada, atravesando 100 kilómetros de monte y acumulando más de 2.600 metros de desnivel, era otra cosa.

El sábado 21 de febrero, a las ocho en punto de la mañana, empezaron a caminar desde Logroño con tres objetivos claros: llegar a Soria andando, completar los 100 kilómetros en menos de 24 horas y desayunar un torrezno.
Salieron con mochilas ligeras, pero estratégicamente pensadas: geles energéticos, dátiles, frutos secos, gominolas, sales minerales. Relojes deportivos marcando el ritmo y el desnivel en tiempo real. Y, sobre todo, una energía que, aunque se fue desinflando en partes del camino, permaneció hasta el final.

«Íbamos supermotivados. Cantando, diciendo tonterías, incluso bailando mientras andábamos. Al principio era bastante plano, hasta Albelda, y llevábamos un ritmo muy bueno». El cuerpo, sin embargo, tiene su propio calendario. A partir del kilómetro 30, el entusiasmo empezó a convivir con algo más. «El dolor dejó de ser una advertencia y pasó a ser el compañero de viaje». No era un dolor paralizante, pero sí constante e insistente.
Uno de los tramos más ingratos llegó entre los kilómetros 37 y 42, en la carretera que une San Román de Cameros con Jalón. El asfalto, caliente bajo el sol, devolvía cada impacto amplificado. «Ahí bajó un poco la motivación». Iban más callados, el paisaje seguía siendo bonito, pero costaba. «Había altibajos, claro. A veces uno iba peor y luego mejoraba. Pero la idea de dejarlo no apareció».

Cuando cruzaron el kilómetro 50 y dejaron atrás La Rioja para entrar en Soria, la luz del día comenzó a apagarse. La frontera geográfica coincidió con la llegada de la noche. Los tres jóvenes encendieron sus frontales y todo se convirtió en un túnel de luz estrecho. En las zonas altas todavía quedaba nieve, y el deshielo había transformado algunos senderos en auténticos ríos.
«Hubo un tramo en el que el camino era literalmente agua bajando, y ahí sí que dudamos un poco, porque pasamos de ir a cuatro o cinco kilómetros por hora a ir a dos. Teníamos que ir sorteando piedras, intentando no mojarnos demasiado los pies».
Habían decidido llevar zapatillas de correr en lugar de botas de montaña, siguiendo recomendaciones sobre ligereza y eficiencia en largas distancias. Esa elección añadía un grado extra de inestabilidad. Las ampollas ya estaban instaladas. La estrategia inicial consistía en cambiarse los calcetines cada 25 kilómetros, pero llegó un punto en el que prefirieron no mirar.

En el ascenso hacia el pico Abellanosa, alrededor del kilómetro 65, la noche les jugó una mala pasada. Mientras avanzaban en silencio, comenzaron a oír disparos secos. «Nos miramos y dijimos: ‘¿Pero quién está disparando?’. No entendíamos nada».
Con el campo de visión reducido por los frontales, la imaginación hizo el resto. Durante unos minutos caminaron tensos, intentando descifrar el origen del sonido, hasta que alzaron la vista y comprendieron que los responsables eran los molinos eólicos que tenían cerca. El golpe de las aspas contra el viento producía un ruido que podía confundirse con detonaciones. «Fue un momento un poco surrealista. Estábamos cansados y la cabeza ya no funciona igual. Nos sentimos un poco como Don Quijote».
En la cima de Abellanosa ocurrió el milagro. Por primera vez, a lo lejos, vieron Soria. «Ahí tuvimos un momento de euforia. Fue la primera vez que pensamos de verdad que lo íbamos a acabar». Quedaban todavía más de treinta kilómetros, pero el desnivel más duro ya estaba superado. El descenso, sin embargo, no fue un paseo. Otro tramo convertido en río, otra reducción de ritmo.

En algún punto de la noche, Ricardo comenzó a quedarse dormido mientras caminaba. «Iba en silencio total, y de repente vimos que no estaba muy fino. Decidió tomarse una pastilla de cafeína que una amiga le había dado y el efecto fue inmediato. «Pasé de no hablar nada a no callarme», reconoce Ricardo entre risas. «Lo queríamos matar», bromea Gonzalo. «Nosotros íbamos con un dolor terrible y él hablando del trabajo».
El hecho de estar juntos lo cambiaba todo. «Hubo una frase que a mí me marcó mucho», confiesa Nacho. En el kilómetro 40 más o menos, Ricardo dijo: «Ya se me pueden caer las piernas que yo termino esto». Y a Nacho esa sentencia le dio una fuerza tremenda.

Soria parecía más cerca, y al verla, no hubo una euforia exagerada, sino alivio. El cuerpo pedía ya parar. Entraron en la ciudad por el puente de las Casas poco antes de las ocho de la mañana. Cuando el reloj marcó 23 horas y 43 minutos, detuvieron el contador. Habían recorrido los 100 kilómetros en menos de 24 horas. Caminaron hasta la estación de autobuses y se tumbaron en las escaleras. «Nos quedamos dormidos allí mismo». Veinte minutos después, todavía incrédulos, empezaron a asimilar lo que habían hecho. «Fue como decir: ¿pero qué acabamos de hacer?», recuerda Nacho.

El ritual final no podía esperar demasiado. Desayunaron el torrezno prometido, convertido ya en símbolo más que en alimento, y pillaron el bus de vuelta. Cuando se les pregunta si repetirían la experiencia o si ya están planeando la siguiente (una morcilla en Burgos o una escapada a Vitoria) sonríen con prudencia. «De momento, a descansar. Esto ha sido suficiente por un tiempo».
Lo que sí tienen claro es que en solitario no habría sido posible. «Aunque no habláramos mucho, el hecho de estar juntos lo cambió todo», coinciden los tres.


