El calendario chino marca este martes el inicio del Año del Caballo, símbolo de libertad, impulso y valentía. Para Li, esas palabras no son solo una referencia astrológica: resumen, de algún modo, su propia biografía. Llegó a España en 1992, seducido por la efervescencia de los Juegos Olímpicos de Barcelona, y nunca regresó definitivamente a su país. «España me ha dado todo», afirma con una mezcla de serenidad y gratitud. Treinta y cuatro años después, celebra el Año Nuevo atendiendo mesas en su restaurante Sara, en la calle General Iriarte de Calahorra, mientras supervisa las obras del que será su segundo negocio en la ciudad.
Su historia comienza en Zhejiang, un condado de unos 400.000 habitantes al que él sigue llamando «mi pueblo». Es una zona conocida por su fuerte tradición migratoria. «La mayoría están repartidos por el mundo, muchos en España», explica. En Calahorra calcula que la comunidad china ronda las 50 personas. «Somos como una familia», dice. Y no es una frase hecha: en su caso, los negocios son proyectos colectivos en los que participan hermanos, primos, cuñados. «Aquí no se montan empresas para traer trabajadores de China, sino para dar trabajo a la familia».
Tras su llegada a Barcelona, pasó por Logroño, donde trabajó en uno de los primeros restaurantes chinos que abrieron en la avenida de Colón. Aquella etapa fue decisiva. «Me gustó la forma de ser del riojano», recuerda. Cercanía, franqueza, hospitalidad. Regresó después a Barcelona para emprender en el sector textil, pero en 2011 volvió definitivamente a La Rioja, esta vez a Calahorra. Desde entonces no se ha marchado. «Llevo 23 años sin pisar China».

Lucía está estudiando en la universidad en China
En la ciudad comenzó a trabajar en un wok, luego en después varios restaurantes y hace más de una década empezó a llevar el Restaurante Sara, un local que ha ido construyendo una clientela fiel. Allí no hay tópicos gastronómicos. No encontrará el comensal arroz tres delicias ni sopa wantán. En su lugar, alitas de pollo que se han convertido en seña de identidad, asados que perfuman el comedor y una cocina adaptada al gusto local. El pasado sábado sirvieron más de 250 cenas. «Hay gente que viene todos los fines de semana», comenta con orgullo discreto. «Para el chupinazo de marzo sin anunciar nada ya tenemos cien almuerzos encargados».
Aquí ha formado su familia con Cafen. «Nos conocimos en unas vacaciones que fue a China y me vine con el». Ahora tienen tres hijos. Víctor de 26 años que les ayuda en la cocina del restaurante, Lucía que ahora está estudiando en la universidad en China con sus abuelos (y celebrando el año nuevo como se celebra allí) e Ilian que con 18 años estudia grado medio de decoración de interiorismo.
Li habla de la gastronomía con naturalidad híbrida. «A mí ya me gusta más la comida española», confiesa. No reniega de la tradición china, pero reconoce que su paladar se ha transformado. «Está muy bien el arroz blanco que comemos allí, pero donde esté un buen asado o un arroz con marisco…». En la cena de Año Nuevo de este año ha habido jamón y vino sobre la mesa. «¿Hay algo más español?», pregunta entre risas.

Víctor ayuda a sus padres en la cocina de su negocio en Calahorra
Aun así, mantiene las tradiciones esenciales. Las mujeres se visten de rojo, color de la fortuna. Se barre la casa para expulsar la mala suerte acumulada. Se celebra la cena de reunión familiar, la más importante del año, con alimentos simbólicos como los dumplings —riqueza—, el pescado —abundancia— o los fideos largos —longevidad—. Y los adultos entregan sobres rojos, los hong bao, con dinero y buenos deseos. La identidad, como su cocina, es una mezcla equilibrada entre origen y destino.
Mientras tanto, el futuro toma forma en el polígono Neinver, en el espacio que ocupó el antiguo Houston. Allí abrirá en abril un nuevo establecimiento, pensado para grandes celebraciones, con comedor amplio y sala de baile. Aún no tiene nombre definitivo. «Quiero que esté listo para Semana Santa», asegura.
El Caballo, en el horóscopo chino, representa movimiento y determinación. Li ha construido su vida precisamente sobre esas dos ideas: moverse cuando fue necesario y decidir quedarse cuando encontró su lugar. En Calahorra no solo ha levantado negocios; ha tejido relaciones, ha consolidado una clientela y vive feliz. Para qué más.


