Durante muchos años, los bajos comerciales han sido sinónimo de oportunidad. Escaparates iluminados, persianas que subían a primera hora de la mañana, tránsito constante de clientes. Hoy, en algunas zonas de Logroño, esos mismos espacios permanecen cerrados. Y en medio de ese silencio aparece una propuesta que gana fuerza y que en otras ciudades ya se está triunfando: transformar los locales vacíos en viviendas.
Desde las inmobiliarias de Logroño una frase resuena con fuerza: «Falta vivienda y sobran locales». Así de tajante lo resume Vanesa, desde Iregua, y no lo dice por decir, sino por una conclusión derivada de su día a día profesional. «Es la pregunta de todos los días: ‘¿Y vivienda? ¿Se puede convertir un local en vivienda?'». Según explica, recibe consultas constantes de particulares e inversores interesados en cambiar el uso de bajos comerciales a residencial.
Desde Inmobiliaria Solozábal, Marina comparte parte de esa reflexión. «Hay locales sin salida que podrían transformarse en viviendas preciosas». Menciona ejemplos ya realizados en la ciudad, con resultados tipo loft, espacios abiertos y funcionales que nada tienen que ver con la imagen de un antiguo comercio reconvertido.

Logroño, como muchas ciudades medias, atraviesa una tensión evidente en el mercado inmobiliario. El acceso al alquiler residencial se ha encarecido y la oferta es limitada, especialmente en pisos pequeños y asequibles.
Vanesa insiste en el desequilibrio: «El mercado está totalmente descompensado». A su juicio, el cambio demográfico y social es clave. «Las familias son más pequeñas, hay mucha separación, mucha gente que vive sola. No todo el mundo necesita 120 metros. Con 45 o 50 metros mucha gente tendría suficiente».
Jóvenes que retrasan su emancipación, parejas que se separan, profesionales desplazados temporalmente por trabajo. El perfil del demandante de vivienda ha cambiado, pero el parque inmobiliario no siempre se ha adaptado con la misma rapidez.
Ambas inmobiliarias subrayan que no todos los locales son susceptibles de convertirse en vivienda. Existen requisitos técnicos ineludibles: ventilación adecuada, iluminación natural suficiente, accesibilidad, cumplimiento de normativa urbanística y obtención de cédula de habitabilidad.

«No todo vale», coincide Marina. Pero también defiende que hay muchos bajos que sí podrían adaptarse si la normativa fuera más ágil. «La solución pasaría porque el Ayuntamiento fuera más flexible y facilitara el cambio de uso», afirma.
Vanesa va más allá y plantea la cuestión en términos de urgencia: «Si no se ponen medidas rápidas para facilitar el cambio, tenemos un problema». Para ella, el modelo tradicional de local comercial está en declive estructural. «El local, como lo conocemos, tiene 20 o 30 años de vida. Cuando nuestra generación desaparezca, ese modelo desaparecerá».
La propuesta no es solo teórica. Según Iregua, existe una demanda creciente de inversores que buscan locales con potencial de transformación. «Van de cabeza a los que pueden adaptarse», explica. El objetivo no siempre es especulativo, sino responder a una necesidad real de vivienda en un mercado con escasez.

También particulares preguntan por esta opción. «No es una llamada puntual, es algo prácticamente diario», insiste Vanesa. El bajo comercial deja de verse únicamente como espacio de negocio y empieza a considerarse una alternativa habitacional.
Más reajustes
La reflexión se amplía al conjunto del tejido urbano. Vanesa propone incluso un reajuste más profundo: trasladar oficinas a pie de calle para dinamizar zonas comerciales y destinar entreplantas y entresuelos, hoy con menor demanda, a uso residencial.
«Si las oficinas bajaran a la calle, habría más vida. Y esas oficinas podrían convertirse en pisos», sostiene. La idea parte de una realidad cada vez más evidente, la del teletrabajo y la digitalización, que han reducido la necesidad de espacios físicos tradicionales. Muchas oficinas funcionan hoy con estructuras más flexibles o directamente desde domicilios particulares.
La conversión de locales en viviendas también genera interrogantes. ¿Cuántos escaparates puede perder una ciudad sin resentir su identidad comercial? ¿Debe permitirse en todas las zonas o limitarse a aquellas con menor actividad? ¿Qué impacto tendría en ejes como Gran Vía o Portales?

Marina mantiene una postura más prudente. Cree que el mercado es cíclico y que muchas calles volverán a activarse con el tiempo. Pero reconoce que existen zonas donde la transformación puede ser una salida lógica para locales que llevan años sin actividad. Vanesa, en cambio, es más tajante: «Nuestros jóvenes no tienen casas y los locales están vacíos. Algo no encaja». Para ella, el problema no es solo comercial sino social.


