Deslizar, descartar, volver a deslizar o ‘scrollear’, como dicen los jóvenes. Ligar a día de hoy se parece más a pasar pantallas que a conocer a alguien. Nunca había sido tan fácil entrar en contacto con desconocidos ni tan difícil construir algo que dure más de unas semanas. Pero en medio de todo este ir y venir digital, comienza a asomar la cabeza, cada vez con más fuerza, un movimiento que, después de probar suerte en Tinder y demás, deciden bajarse del algoritmo y buscar algo distinto.
«Hay personas que han probado todas las aplicaciones posibles y que, lejos de sentirse más acompañadas, se sienten más solas que nunca. No es nostalgia, es agotamiento», explica Alicia, directora de Lazos, una agencia que lleva más de dos décadas en Logroño. Tiempo suficiente para ver cómo han cambiado «radicalmente» las formas de conocerse. «Hemos pasado del cara a cara a lo virtual. De lo analógico a lo digital. Y todos nuestros clientes vienen de ahí, de las redes».

Lo que buscan, sin embargo, es justo lo contrario de lo que ofrecen las aplicaciones. Menos inmediatez, más intención. Menos escaparate, más profundidad. «Esto no es curiosear a ver qué hay. «Aquí entra gente con muchísimo interés en encontrar pareja».
El primer filtro es económico. La cuota para acceder al servicio oscila entre los 1.500 y los 1.900 euros, una cifra que, según Alicia, ya marca una diferencia clara. «No es un servicio que contrate cualquiera. Quien entra aquí lo hace con una decisión muy pensada». A diferencia de las aplicaciones gratuitas o de bajo coste, donde el compromiso es mínimo, el precio actúa como una declaración de intenciones: buscar pareja en serio.
Lazos está dirigida y gestionada por psicólogos, y eso condiciona todo el proceso. Antes de cualquier cita hay entrevistas en profundidad, cuestionarios y un análisis del historial sentimental de cada persona. «No solo trabajamos con lo que alguien desea, sino con lo que realmente le puede venir bien por su estilo de vida», explica Alicia. Porque, añade, muchas veces la idea romántica del amor no coincide con lo que luego funciona.
Ahí entra una de las partes más delicadas del proceso: ajustar expectativas. «Hay que aprender a aceptar rechazos, a bajar el ideal, a entender que esto no tiene por qué funcionar a la primera», señala. Para muchos clientes, el acompañamiento psicológico es tan importante como la propia búsqueda de pareja. «La gente no quiere sentirse sola en este proceso ni vivirlo como un servicio cualquiera. Es algo muy privado, muy personal».

Lejos del estereotipo de agencia matrimonial como refugio de personas solitarias o raras, Alicia es tajante: «Aquí la gente está muy protegida». De hecho, uno de los motivos por los que muchos clientes llegan es la sensación de seguridad frente a las redes abiertas. «En las aplicaciones no hay control. Aquí sí. Y eso da tranquilidad».
Muchos más jóvenes de lo que pensamos
El perfil de quienes acuden ha ido cambiando con el tiempo. Uno de los datos más llamativos es la edad. «Cada vez vienen más jóvenes». Personas de poco más de veinte años que ya están cansadas de las apps. «Han empezado a relacionarse muy pronto, a los 13 o 14 años, y con 24 ya sienten que han tenido suficientes malas experiencias». En los últimos años, este grupo ha pasado de un 1 a un 10-15 por ciento del total de los clientes.
A partir de los treinta, el objetivo suele ser más claro: formar pareja estable, pensar en familia, encontrar a alguien con valores y estilo de vida compatibles. Así lo describe Verónica, encargada de la delegación riojana. Después llegan los divorciados, quienes quieren volver a empezar sin pasar por la superficialidad del ligue rápido. También mujeres que desean ser madres y buscan una pareja muy concreta. Y, más adelante, personas de más de cincuenta que quieren volver a enamorarse, ya sin prisas ni presiones.

«El amor no desaparece con la edad, solo cambia», dice Alicia. De hecho, la agencia trabaja con personas muy mayores. «Tenemos clientes hasta los 94 años». En ese tramo, la búsqueda ya no pasa por casarse ni por convivir, sino por compartir tiempo, viajar, bailar o simplemente no estar solo. «Es el grupo más divertido».
Todo el proceso es manual, lejos de algoritmos. Los asesores personales están en contacto constante entre sí, cruzan perfiles, comentan impresiones y acompañan emocionalmente a los clientes. «No se trata solo de presentar personas, sino de ayudar a entender lo que ha pasado en cada cita», explica Alicia. A veces, incluso, de animar a una segunda oportunidad cuando el miedo o la inseguridad pesan más que la intuición.
Y es que en una sociedad obsesionada con la imagen, el rendimiento y la juventud eterna, este tipo de fórmulas vuelven a encontrar su sitio. No como alternativa masiva, sino como respuesta a un hartazgo compartido. «Es la ley del péndulo. Todo va y viene».
Quizá no se trate de elegir entre aplicaciones o agencias. Quizás la pregunta sea otra: qué esperamos hoy del amor y cuánto estamos dispuestos a mirarnos antes de pedirle al otro lo imposible.


