A las diez de la mañana, en Treviana, la farmacia ya está abierta. No hay cola, no hay ruido, no hay prisas. Inmaculada Arnaiz conoce de memoria quién va a entrar, quién no ha venido todavía y a quién tendrá que llamar por teléfono antes de que termine el día. Treviana tiene 144 habitantes y la suya es la farmacia más pequeña de La Rioja. También, probablemente, una de las más imprescindibles.
«Aquí no vienes solo a por una caja de pastillas», explica. «Vienes a preguntar, a contar, a desahogarte un poco. A veces vienen por la medicación del marido, del padre o de la madre, pero en realidad lo que necesitan es hablar». En pueblos donde ya no quedan tiendas y donde el médico no está todos los días, la farmacia es algo más que un recurso sanitario: es un punto de referencia, de acompañamiento y de vigilancia silenciosa.
Inmaculada lleva desde 2013 al frente de esta botica. Atiende Treviana y también el botiquín de Foncea, lo que implica desplazamientos, adaptación de horarios y una organización milimétrica. «Hay personas mayores que se olvidan de fechas, de visados, de cómo tomar la medicación. Hay que insistir, repetir, llamar a casa si hace falta. Y eso no viene en ningún manual». La mayoría de sus pacientes son crónicos, con pluripatologías, y cualquier despiste puede tener consecuencias graves. «En algunas pastillas puedes fallar un día, pero en un anticoagulante no», subraya.
Esa cercanía extrema es, al mismo tiempo, la grandeza y la fragilidad de la farmacia rural. «El compromiso es enorme», reconoce Miguel Ángel García, presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos de La Rioja. «Estas farmacias hacen un trabajo impresionante. No tienen nada que ver con una farmacia urbana». Aun así, siguen abiertas. Siguen siendo, en muchos pueblos, la última persiana que se sube cada mañana.
Un acento gaditano en Tricio
A más de cincuenta kilómetros de Treviana, en Tricio, la farmacia también ha cambiado de manos. Alejandro llegó hace poco más de un mes. Viene de Cádiz, de una farmacia enorme en Algeciras donde trabajaba de noche. Ahora abre cada mañana en un pueblo riojano que lo ha recibido con curiosidad… y con sorpresa.
«Al principio choca», admite entre risas. «El acento llama la atención, claro. Pero la experiencia de los primeros días está siendo muy buena». Lo que no esperaba Alejandro era el volumen de trabajo. «Pensaba que esto iba a ser más tranquilo, pero no. Hay bastante movimiento, muchas consultas, mucha relación directa con el paciente. Y eso me está gustando».

Su caso es una excepción alentadora en un contexto complicado. No ha abierto una farmacia nueva: ha comprado una ya existente, en un traspaso que ha permitido mantener el servicio. «El problema no es solo abrir farmacias, es encontrar a alguien que quiera cogerlas», explica García. «Y en el medio rural eso es cada vez más difícil».
No hay, aclara el presidente del colegio, una avalancha de jubilaciones como en otros sectores. «Nosotros somos autónomos. No hay una edad obligatoria de jubilación. Hay compañeros que siguen trabajando muchos años más». Eso hace que el relevo no sea automático ni previsible. Cuando una farmacia rural se queda sin titular, el riesgo de cierre es real.
Ortigosa, una carrera contrarreloj
Ese riesgo planea ahora sobre Ortigosa de Cameros. La próxima jubilación de Aurora, la farmacéutica de toda la vida, ha activado una movilización inédita en el municipio. El Ayuntamiento busca activamente a alguien que quiera hacerse cargo de la botica. Y no escatima esfuerzos.
«Para Ortigosa la farmacia es vital», afirma su alcalde, Víctor Martínez. «Tenemos una población envejecida, con necesidades médicas frecuentes. Perder este servicio sería un golpe muy duro para el pueblo y para toda la zona».
El Consistorio ha decidido ir más allá de las palabras. Está ultimando la rehabilitación de un edificio municipal con una inversión cercana a los 200.000 euros, financiada en parte con ayudas del Gobierno de La Rioja para el reto demográfico. El nuevo espacio albergará la farmacia, junto al consultorio médico, y contará además con vivienda.
«Se ofrece todo de manera gratuita», insiste Martínez. «Local y vivienda. El farmacéutico solo tendría que asumir los gastos de mantenimiento. Queremos poner todas las facilidades posibles». Ortigosa mantiene atención médica diaria, colegio hasta segundo de la ESO y otros servicios básicos. «No queremos ser solo un pueblo de fin de semana. Queremos vida todo el año», resume.
Para el presidente del Colegio de Farmacéuticos, el papel de los ayuntamientos es clave. «Cuando un municipio se implica así, se multiplica la posibilidad de que alguien venga. Pero aun así no es fácil. Hay que encontrar a una persona que quiera apostar por esto».
Un servicio esencial en lo rural
La situación de Treviana, Tricio y Ortigosa no es una anécdota: es el reflejo de un modelo tensionado. En La Rioja hay 157 farmacias, pero su distribución es profundamente desigual. La mayoría se concentran en las zonas urbanas, mientras que en el medio rural muchas sobreviven gracias a su catalogación como farmacias de Viabilidad Económica Comprometida, que reciben ayudas cuando la facturación no alcanza los mínimos necesarios.
«Sin ese apoyo, muchas no podrían seguir abiertas», reconoce García. «Y aun con él, el relevo es el gran problema». En los tres últimos años han cerrado tres farmacias rurales —San Román de Cameros, Hormilla y Tudelilla—, aunque en todos los casos se han habilitado botiquines para garantizar la atención.
Estos botiquines, recuerda el presidente, «no son depósitos». Son establecimientos abiertos al público, con horarios regulados y atención directa del farmacéutico, que se desplaza varias veces por semana, normalmente coincidiendo con la consulta médica.»Es una solución, pero no sustituye del todo a una farmacia».

A ello se suma otro desafío: la falta de personal. «Tenemos problemas para encontrar técnicos y auxiliares. Es algo generalizado, pero en el medio rural se nota más». La nueva ley de ordenación farmacéutica permitirá adaptar horarios y facilitar la atención a botiquines y la entrega domiciliaria de medicación a personas vulnerables, un avance que el sector considera clave.
Los datos ayudan a entender la magnitud del reto. De las 157 farmacias de La Rioja, 59 están en Logroño. Ocho en Calahorra, cinco en Haro, cuatro en Alfaro y Arnedo, tres en Lardero y Nájera, y dos en Cervera, Santo Domingo, Ezcaray, Autol y Villamediana. En municipios de menos de 500 habitantes hay 26 farmacias. Cinco localidades de más de 300 habitantes —Sojuela, Hormilla, Medrano, Tudelilla y Clavijo— no tienen ninguna.
Frente a esas cifras, hay historias como la de Inmaculada en Treviana o la de Alejandro en Tricio. Personas que sostienen, casi en solitario, un servicio esencial. «La farmacia rural es mucho más que una dispensación», concluye García. «Es cercanía, es seguimiento, es humanidad. Y mientras haya pueblos, tiene que haber farmacias».


