Querido lector, si durante la lectura de esta columna piensa algo así como «que los acoja este periodista listillo en su casa», siento decirle que es usted racista. Si además no lo asume, siento decirle que, aparte de racista, también se autoengaña. No se culpe: todos tenemos defectos y prejuicios, y no por ello nos convertimos automáticamente en malas personas, aunque algunas tengan más papeletas que otras. El primer paso no es flagelarse, sino mirarse al espejo sin trampas.
¿A qué viene esto? A la reciente decisión del Ayuntamiento de Casalarreina de rechazar la acogida de menores migrantes tras comprobar que «la respuesta social era mayoritariamente contraria». Se lo traduzco: no es que no podamos (después de mercadear con las contraprestaciones), es que no queremos. O, más exactamente: sí, pero aquí no. El viejo fenómeno conocido como NIMBY —Not In My Back Yard— o, en versión patria, SPAN: Sí, pero aquí no. Solidaridad mientras no moleste y convivencia siempre que no implique convivir de verdad.
El comunicado municipal es una pequeña obra maestra del lenguaje contemporáneo: se invoca la cohesión social para justificar la exclusión, se habla de dignidad mientras se rechaza a personas concretas y se presume de responsabilidad pública para no tomar ninguna responsabilidad incómoda. Todo tan correcto como cobarde. Y lo más curioso es que quien gobierna Casalarreina es el PSOE, el mismo partido que hace apenas unos meses ofrecía públicamente los ayuntamientos riojanos bajo su mando para acoger menores migrantes y pedía una alianza institucional basada en la solidaridad. Cosas del despacho frente al pueblo y del que, cuando me toca a mí, mejor que no.
Mientras tanto, en Villamediana de Iregua sí han llegado doce menores. Y ahí la ultraderecha ha desplegado el manual completo del miedo contemporáneo mientras el alcalde aguanta estoico el chaparrón. Titulares en periódicos afines como OKDiario y comentarios en redes sociales sobre la piscina y las cifras redondas. Palabras clave bien escogidas: chalet, lujo y 100.000 euros al mes. Vecinos anónimos que no quieren hablar «porque aquí nos conocemos todos», pero que hablan lo justo para sembrar la duda. Y lo de siempre: inseguridad, efecto llamada, bomba de relojería… Da igual que los datos estén inflados, sacados de contexto o directamente tergiversados. El objetivo no es informar sino inquietar para convertir a doce chavales en una amenaza abstracta. ¡Hasta los han visto sacar dinero del cajero!
Nada de esto es nuevo. Lo explicó con crudeza ‘Show Me a Hero’, la serie de David Simon sobre el conflicto racial y urbano en Yonkers. Vivienda social, sí. Integración, sí. Derechos, sí. SPAN. Sí, pero no aquí. No en mi calle. No cerca de mis hijos. Siempre hay una excusa aparentemente razonable —el valor de la vivienda, la convivencia, la seguridad— para no decir lo evidente: no los quiero cerca. Y así, el racismo se disfraza de preocupación vecinal y el egoísmo de prudencia.
En Yonkers, un juez obliga a construir viviendas sociales para familias negras y latinas. La ley es clara y la necesidad, también. Y entonces estalla el conflicto: vecinos indignados, manifestaciones, presión política, miedo al «efecto llamada», al «deterioro del barrio» y a la caída del precio de los pisos. Todo expresado en términos económicos, porque el racismo casi nunca se presenta como racismo sino de prudencia, convivencia y responsabilidad institucional.
El alcalde más joven de la historia de la ciudad, Nick Wasicsko, queda atrapado entre dos fuegos: cumplir la ley o conservar el poder. Gobernar o gustar. Liderar o sobrevivir. Spoiler sin destripar nada: el coste personal de hacer lo correcto es devastador.
Y es aquí cuando conviene recordar algo que nadie quiere escuchar: van a seguir llegando. Por mucho que los devolvamos, por mucho que gritemos en redes o por mucho que nos indignemos en los bares. Porque de lo que huyen no es de Logroño ni de Villamediana sino del hambre, la guerra y la desigualdad estructural. Y cuando alguien se juega la vida en el mar, en una valla o en los bajos de un camión, no hay avión de vuelta que funcione como disuasión. El problema está en la puerta de casa. Canarias también es casa. Y la única opción adulta es gestionar, acoger e integrar. Con recursos, con tiempo y con dinero público. Sí, dinero de todos. Como la sanidad, la educación o la dependencia. Porque no invertir ahora en integración es pagar mañana en exclusión (eche un vistazo a Francia y ahí estará España si no hace las cosas bien dentro de veinte años).
Y aquí viene el remate incómodo, el toque conscientemente demagógico. Esta misma semana hemos sabido que la gran banca española ganó 34.000 millones de euros en 2025, un nuevo récord. Treinta y cuatro mil millones. Una cifra tan obscena que cuesta visualizarla. No creo que ningún accionista vaya a morirse por no recibir un año de dividendos récord. Ni uno solo. Y ahora ampliemos el foco: no solo la banca española. Pensemos en la europea. En la americana. En los gigantes financieros que baten récords mientras millones de personas sobreviven con nada. ¿De verdad nos parece más escandaloso gastar dinero público en acoger a menores que seguir acumulando beneficios privados obscenos? ¿Y si —solo por imaginar— destináramos toda esa millonada a invertir de verdad en los países de origen de estas personas? No en parches ni en titulares sino en educación, infraestructuras, sanidad y empleo. En atacar la raíz del problema, que no es la migración, sino la desigualdad.
Porque este es el punto incómodo: la convivencia no se rompe por acoger, se rompe cuando los derechos empiezan a depender del estado de ánimo del vecindario y se rompe al confundir consenso con unanimidad, prudencia con renuncia y responsabilidad con no molestar. Gobernar no es gustar, es decidir. Y a veces decidir implica asumir el coste de ser el malo de la película si el guión es justo.
‘Show Me a Hero’ no iba de héroes épicos, sino de algo mucho más difícil: de responsables públicos que hacen lo que toca aunque les cueste el puesto, y de comunidades que descubren —tarde— que el miedo era infundado. Aquí seguimos instalados en el «sí, pero aquí no». Sí, pero ahora no. Sí, pero que lo haga otro. Y así vamos construyendo una sociedad muy correcta en los discursos y muy pequeña en los hechos, convencidos de que no somos racistas ni clasistas… siempre que la inmigración y los pobres no crucen nuestras calles.


