La persiana se baja en los comercios que llevan toda una vida abiertos. Después, casi sin tiempo para asimilarlo, también en los proyectos que apenas estaban empezando. En apenas dos días, Logroño ha dicho adiós a dos tiendas de moda infantil, una sucesión de cierres que deja al descubierto una realidad cada vez más evidente: comprar ropa para niños en la ciudad es bastante más difícil que hace solo unos pocos años. Es un enero negro para el comercio logroñés.
El primer adiós ha sido el de Nanos. Este lunes, la tienda echaba la persiana de forma definitiva tras casi treinta años de actividad ligados a varias generaciones de familias logroñesas. El establecimiento, especializado en ropa para bebés y niños, abrió sus puertas en la ciudad en 1997 y se convirtió pronto en un comercio habitual para padres y madres. Durante años estuvo ubicado en la céntrica esquina de Gran Vía con República Argentina, antes de trasladarse en 2016 a la calle Pilar Salarrullana, donde ha atendido al público hasta este último día.
El cierre de Nanos no responde a una decisión tomada desde Logroño, sino a un proceso más amplio de reordenación empresarial tras distintas etapas societarias y un concurso de acreedores que ha afectado a buena parte de la red comercial de la firma. Con su despedida, la ciudad pierde uno de esos comercios que formaban parte de la memoria cotidiana y de los escaparates reconocibles.

Apenas unas horas después llegaba un segundo anuncio, muy distinto en el tiempo, pero similar en el fondo. Mi Solete Moda Infantil comunicaba el cierre de su establecimiento en la misma calle Pilar Salarrullana, poniendo fin a un proyecto breve, intenso y construido desde la ilusión. Su propietaria, Elsa, lo explicaba en un mensaje de despedida cargado de sinceridad y sin reproches: «El cierre no tiene que ver con la falta de trabajo ni de respuesta por parte de la clientela, sino con un contexto especialmente complicado para el pequeño comercio».
La dificultad para competir con la venta online, las plataformas digitales y una política de descuentos continuos, unida a unas exigencias económicas y administrativas similares a las de las grandes cadenas, ha terminado por convertir la actividad diaria en algo difícilmente sostenible. Pese a la tristeza, la responsable del negocio se despedía agradeciendo el apoyo recibido y reivindicando el valor del camino recorrido, sin cerrar del todo la puerta a un posible regreso si las circunstancias cambian.

Dos cierres distintos, dos trayectorias opuestas en el tiempo, una de casi tres décadas y otra que apenas empezaba a consolidarse, pero un mismo resultado: menos escaparates dedicados a la infancia y menos comercio especializado para las familias de la ciudad.
Este fenómeno no es aislado. En los últimos meses, Logroño también ha asistido al cierre de establecimientos de grandes cadenas, incluidas algunas del grupo Inditex, lo que confirma que el problema trasciende el tamaño del negocio. Cambian los hábitos de consumo, se compra más por pantalla y menos paseando, y el comercio de proximidad pierde peso.
Más allá de estos dos cierres, el paisaje comercial infantil de Logroño ha cambiado de forma sustancial en los últimos años. Las tiendas especializadas, antes concentradas en calles centrales y fácilmente reconocibles, son hoy menos y están más dispersas. Comprar ropa para niños ya no es, en muchos casos, un paseo por el centro, sino una búsqueda concreta o una compra que termina resolviéndose a través de internet.
Aunque todavía sobreviven algunos comercios dedicados en exclusiva a la moda infantil, lo hacen en un contexto cada vez más exigente, con menos relevo generacional, menos tránsito espontáneo y una competencia constante de las plataformas digitales y de las grandes cadenas generalistas. El resultado es una ciudad donde la infancia ocupa menos espacio en los escaparates y más en los catálogos online.


