Tinta y tinto

La calle que siempre está a punto de cambiar

San Antón no se muere. A la calle San Antón la están matando. A golpes de desidia, aplazamientos y proyectos que se anuncian pero no se ejecutan. A brochazos de indiferencia institucional y excusas de despacho. Llevamos más de una década oyendo promesas sobre su transformación y, mientras tanto, lo único que se transforma son los locales que pasan de abiertos a cerrados. El último: Bershka. Y no será el último. Que nadie se lleve ahora las manos a la cabeza como si esto no se viniera avisando desde hace años. No digan que es una pena y díganse la verdad: la oportunidad siempre ha estado ahí y la hemos dejado pasar por no enfadar a cuatro vecinos de esa zona (los demás no debemos poder opinar) y a otros tantos comerciantes y hosteleros.

Los primeros se preguntan en público dónde van a aparcar sus todoterrenos, a pesar de que la calle luce vacía al caer la noche, y los segundos argumentan que a toda su clientela le gusta llegar en coche hasta su puerta y aparcar en doble fila. No hace falta ni que le coman la oreja a los representantes del Ayuntamiento: ya saben a quién representa para atender a sus intereses particulares, que nada tienen que ver estos con los intereses generales de la ciudad. Porque aquí las decisiones urbanas no se toman para mejorar la ciudad sino para contentar a quienes tienen nombre, cara, negocio y, a veces, garaje. Como ese constructor que espera que su parking junto a la vieja estación gane ocupación si al final se construye la rotonda que tanto se «reclama» en Vara de Rey.

La última promesa en San Antón fue una reforma integral, peatonalización incluida, con aceras dignas, espacio para respirar y un entorno atractivo para pasear, comprar o simplemente existir. Y además —ojo al dato— con fondos europeos ya conseguidos, es decir, una de esas escasas ocasiones en las que la transformación «no iba a costar un euro» a los logroñeses. Pero lo que entonces era urgente y estratégico, hoy ha pasado a mejor vida. Otro plan que se aparca y otra oportunidad que se esfuma. Y mientras tanto, otro cierre de Inditex. Porque sí, ahora es Bershka, antes fueron Massimo Dutti y Oysho. Y cuando uno se marcha parece que es culpa de un malvado plan que ha puesto la hija de Amancio Ortega en marcha, pero no del modelo de ciudad. Tampoco del abandono progresivo de la arteria comercial de Logroño ni de los pasos no dados. Porque ahora que los locales cierran, todo el mundo levanta las cejas y pone cara de «vaya, qué sorpresa». Sin hacer una mínima autocrítica ni política ni comercial.

Y es aquí cuando conviene recordar lo que pasó en la cercana calle República Argentina. Ahí, cuando se planteó una reforma -que hoy nadie cuestiona-, muchos de los que hoy mandan en el Ayuntamiento se echaron las manos a la cabeza. «¡La calle se muere!». «¡Nos van a matar el comercio!». Hubo hasta fotos conjuntas de comerciantes y políticos en contra del proyecto. Una tragedia urbana de proporciones épicas… hasta que se hizo la obra como en Marqués de Murrieta. Hoy, con más vida y más paseo que nunca, habría que preguntarles si quieren volver a lo de antes. Porque resulta que lo que «iba a matar la calle» fue precisamente lo que la resucitó.

San Antón merece al menos la oportunidad de vivir esa transformación. Lo sabían en 2023, cuando había dinero europeo, lo sabían en campaña electoral y lo siguen sabiendo ahora. Pero la excusa es que hay otras obras cerca, que no toca, que no hay prisa y que no hay dinero. Y mientras se matiza el anteproyecto, se pospone el inicio y se espera a la próxima legislatura, Inditex se marcha y nadie dice nada. Como si fuera un fenómeno natural, como si los escaparates vacíos no fueran un síntoma claro de un modelo que hace aguas. El problema es que esto ya no es una teoría ni un debate técnico ni una guerra de discursos. Esto es una calle que se vacía y un eje comercial que pierde referentes. Un símbolo urbano que lleva demasiado tiempo en el limbo de los proyectos que nunca llegan. Y sí, puede que el cierre de Bershka fuera inevitable, pero la pregunta no es si era evitable. La pregunta es: ¿qué estamos haciendo para que no se vayan los siguientes?

Porque si algún día Zara decide cerrar —como temen sus propias trabajadoras tras descartarse aquella inversión de tres millones de euros para renovar la tienda, alegando que la calle ya no invita a la compra—, ¿entonces, qué? ¿Quién tira del carro? «La estrategia comercial de Inditex exigía/exige un entorno urbano de calidad para una experiencia de compra offline diferente de la actual», me decían esta semana fuentes bien informadas de estas decisiones empresariales. Porque Zara no es solo una tienda: es el gran polo de atracción. El imán que aún sostiene a todo un entorno. Si cae eso, cae todo. Y luego vendrán las lágrimas. Las mismas que ya vimos antes en otras calles.

Y mira que no quería yo pronunciarme sobre lo de ponerle una ‘capa’ al Espartero estas Navidades como muestra de apoyo al comercio local, pero más nos valdría ponernos serios y dejarnos de gestos que sólo valen para recibir las palmaditas en la espalda de un par de viejos conocidos con carné del partido. Esto no va de símbolos. Va de decisiones y de futuro porque ni un paso de cebra hemos sido capaces de pintar en mitad de San Antón, obligando a vecinos y clientes a cruzar la calle mal, por donde no se debe, como metáfora perfecta de esta ciudad: todos viendo el problema, todos cruzando por el medio… y nadie arreglándolo. Así estamos. Así seguimos. ¿Así seguiremos?

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