La Rioja

San Miguel no se rinde: la asociación que une a Rincón de Soto busca un nuevo hogar

Hay decisiones que no se toman a la ligera, y menos cuando afectan al corazón de un pueblo. La Asociación Cultural San Miguel atraviesa uno de esos momentos delicados que, con el tiempo, acaban marcando época. Desde el pasado verano, la entidad se ha visto obligada a abandonar el local que durante décadas ha sido su sede, su punto de encuentro y, para muchos vecinos, casi una segunda casa. «No queríamos disolver la asociación», resume Paula Mendizábal, una de las personas que hoy empujan el proyecto desde la junta. Y esa frase lo dice casi todo.

No hablamos de una asociación cualquiera. San Miguel reúne en torno a 1.200 socios, una cifra que impresiona si se pone en contexto: supone prácticamente una cuarta parte de la población de Rincón de Soto. Niños, jóvenes, familias, mayores. Carnaval, fiestas, actividades culturales, comidas populares, tardes sin prisa y noches largas. «Es que al final todo ha pasado allí», explica Paula con naturalidad, como quien habla de algo obvio. Y es verdad: cuando desaparece ese espacio, no solo se pierde un local; se rompe una costumbre colectiva.

La noticia llegó en junio. Los propietarios del edificio comunicaron que el contrato no podía renovarse ni tampoco ejercerse la posibilidad de una compra, ya que el inmueble se destinará a un nuevo proyecto comercial. A partir de ahí, poco margen de maniobra. «Si lo hubieran vendido, habríamos tenido preferencia, pero no fue así», cuenta Paula. Y así, sin ruido pero con mucha tristeza, el Casino de San Miguel ha tenido que cerrar su persiana. Las imágenes de los últimos días, con vecinos ayudando a desmontar y vaciar el local, hablan por sí solas.

La opción más fácil habría sido rendirse. Disolver la asociación, asumir que los tiempos cambian y pasar página. Pero no. «No queríamos dejar morir algo que lleva 80 años formando parte del pueblo», insiste Paula. Porque la historia pesa: el salón como tal cumple ocho décadas, la sociedad se formalizó en los años 80 y en 2014 ya vivió otro momento crítico, cuando apenas quedaban 200 socios y se hizo un llamamiento a la gente joven. Aquella vez funcionó. Hoy son 1.200. Y esa memoria colectiva es la que ahora vuelve a empujar.

Desde entonces, el trabajo ha sido intenso y discreto. Reuniones, llamadas, visitas a solares. Muchas ubicaciones se han estudiado en los últimos meses, con una idea clara en mente: no alquilar de nuevo, sino construir un espacio propio. «Queremos que sea en propiedad», explica Paula, consciente de lo que implica. Ya hay un solar prácticamente cerrado, céntrico, en plena carretera, y también planos preliminares. Un proyecto pensado desde cero, con dos alturas: un gran salón abajo y espacios para actividades.

Porque la idea va más allá de San Miguel. En la conversación aparece otra palabra clave: unión. La asociación ha iniciado contactos con La Ojera, que agrupa a unos 600 jóvenes del municipio. El objetivo es ambicioso y, a la vez, muy sencillo: compartir casa. Crear un espacio común, donde la parte juvenil tenga su sede y el resto del pueblo también encuentre su lugar. «Que sea casi una casa del pueblo», resume Paula. Un sitio donde confluyan asociaciones, generaciones y propuestas.

Nada de esto es gratis, claro. El nuevo proyecto implica una inversión importante y un cambio de mentalidad. La cuota actual —40 euros al año— es simbólica. Para dar el paso será necesario que los socios aporten más, probablemente una cantidad inicial, y que se revisen estatutos. «Es casi empezar de cero», reconoce Paula sin dramatismo. Antes del 31 de enero quieren convocar una gran reunión abierta, explicar el proyecto con transparencia y medir el pulso real del pueblo. No se trata solo de números, sino de confianza.

Mientras tanto, la ausencia se nota. Mucho. En pequeños detalles que dicen más que cualquier discurso. «El día de la cabalgata de Reyes, después del espectáculo infantil, no sabíamos dónde ir», recuerda Paula. Familias dando vueltas, jóvenes desubicados, mayores sin su punto de referencia. «Te das cuenta de lo importante que era cuando ya no está». San Miguel no era solo un bar o un salón: era un lugar donde siempre había alguien, donde pasar el rato sin tener que pensar demasiado.

Ahora el reto es ilusionar de nuevo. Contar que no están cerrados, que están trabajando, que hay proyecto y ganas. Que la asociación sigue viva, aunque esté sin techo. «Queremos mantener a los que somos, y si puede ser sumar alguno más”, dice Paula. Con cariño, con calma y con esa mezcla de vértigo y esperanza que acompaña a las decisiones importantes. Porque, al final, cuando un pueblo se queda sin casa, solo tiene dos opciones: resignarse… o levantar otra entre todos. Y en Rincón de Soto, al menos esta vez, lo tienen claro.

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