Cada fin de semana, las gradas de los pequeños campos de fútbol se llenan de familias. Algunos aplauden; otros dirigen, corrigen, gritan. Las altas expectativas, las comparaciones constantes y las críticas pueden hacer que los niños sientan que solo valen si ganan. Y cuando el deporte deja de ser un lugar seguro y divertido, aparecen consecuencias como el bloqueo emocional, el abandono temprano de la actividad deportiva o una autoestima frágil
En este episodio de Mentes Abiertas (disponible en Ivoox, Spotify y Apple Podcast) hablamos de cómo las críticas y las expectativas de los adultos —especialmente de los padres— pueden influir en la salud emocional de los niños deportistas, y lo hacemos de la mano de María Aguirre, psicóloga deportiva especializada en acompañar a deportistas y sus familias.
«Lo que podemos observar en estos casos es que el deporte deja de vivirse como un espacio de juego y pasa a convertirse en un contexto de evaluación constante», explica María. En ese tránsito —del juego al examen— aparece un clima emocional que puede cambiarlo todo: el miedo a equivocarse, la ansiedad, la necesidad de aprobación y, a veces, el abandono.
Y es que la experiencia deportiva infantil no depende solo de entrenamiento y talento, sino del entorno que se construye alrededor. Cuando el ambiente se vuelve presionante, aumentan el estrés, la desmotivación y el riesgo de «quemarse».
Aguirre insiste en que el problema no siempre son los discursos explícitos. «A veces lo hace a través de comentarios, comparaciones e incluso gestos, porque el lenguaje no verbal es muy poderoso. Pensamos que con no decir algo no estamos transmitiendo el mensaje, pero realmente los niños enseguida se dan cuenta de que algo pasa».
La psicóloga describe una dinámica frecuente: el niño aprende rápidamente qué se espera de él, y ese aprendizaje puede convertir el error en amenaza. Cuando jugar deja de ser explorar y pasa a ser demostrar, aparece la ansiedad: «Esa sensación de incapacidad puede hacer que afecte al juego. Cuando no se juega para disfrutar es cuando puede aparecer este tipo de situaciones».

Porque como bien destaca María, cuando el foco está en el resultado, la comparación y la evaluación, crece el miedo al fallo; cuando el foco está en el aprendizaje y el esfuerzo, se protege la motivación y la estabilidad emocional.
Señales de alarma: cuando el niño compite para agradar
¿En qué momento dejan de ser nervios normales y empieza a ser una carga? Aguirre enumera señales claras: «Aparece el miedo en exceso a equivocarse, esa ‘parálisis por análisis’, darle demasiadas vueltas al error». También regresiones en habilidades ya adquiridas, llanto frecuente y una búsqueda insistente de aprobación: «Preguntar en exceso ‘¿lo he hecho bien?, ¿estás orgulloso?’… debería ser una señal de que, como padres, tenemos que bajar un poquito el listón».
La psicóloga señala que una autoexigencia elevada puede parecer virtuosa, pero se derrumba ante la frustración: «No depende de los niños siempre ganar. Hay factores externos y hay que enseñarles también que no siempre podemos tener control sobre las cosas y no siempre hay una relación directa entre esfuerzo, éxito».
La autoestima ligada al marcador es una de las trampas emocionales más invisibles: si el niño solo «vale» cuando gana, el fracaso no es una experiencia puntual, es una amenaza identitaria. «Los niños construyen su identidad en base a lo que hacen y no tanto en base a lo que son. La identidad queda ligada a ese rendimiento y cualquier error les penaliza». La alternativa es educar el «quién soy» más que el «qué consigo»: respeto al rival, aportación al equipo, aprendizaje, conducta y emociones.
La escena en las gradas es conocida por todos: gritos, instrucciones, reproches, correcciones técnicas como si el padre o la madre fuesen el entrenador. Aguirre lo explica sin rodeos: durante el partido esto puede generar «desconexión de la tarea deportiva», porque el niño gira el foco a lo externo: «¿Mi padre estará bien?, ¿estará discutiendo?». Ese ruido mental no solo hace daño emocional, sino que también perjudica el rendimiento.

Después llega otro clásico, el «análisis en caliente» en el coche. Para Aguirre, es conveniente bajar pulsaciones, no tener conversaciones sobre el propio partido en ese momento. Recomienda «poner distancia tanto física como emocional» y validar emociones, especialmente cuando el niño viene activado, frustrado o triste.
Competitividad sana contra competitividad tóxica
Aguirre evita el falso debate de «competir es malo». La cuestión no es eliminar la competición, es transmitir el verdadero significado de competir. «No se trata de proteger tanto a los niños como que no entiendan la finalidad del deporte. Claro que hay que ganar», reconoce, pero matiza que en edades escolares debe priorizarse el disfrute y el aprendizaje, «y el resultado no puede convertirse en el único idioma de conversación».
Por eso cuestiona la manera en la que los adultos preguntan. Si lo único que se comenta antes y después del partido es el marcador, se transmite que el valor del niño pasa por ahí. La propuesta es simple, pero potente: cambiar el guion. «¿Qué aprendes? ¿Qué disfrutas? ¿Con quién te has entendido mejor hoy en el campo?… Son cosas que también pueden ayudar».
Si hubiera que resumir en tres pilares la situación, Aguirre lo tiene claro: «Mensajes centrados en el esfuerzo, la actitud y el aprendizaje». La idea es reforzar lo que el niño sí controla: su compromiso, su manera de estar en el equipo, su evolución. Poner el foco en el proceso para proteger la autoestima. «El proceso lo pueden controlar ellos, el resultado, en cambio, depende de demasiadas variables.
Y, por último, delimitar roles: lo técnico-táctico es del entrenador; lo emocional y educativo es del adulto cuidador. «Como padre, tu obligación es aceptar incondicionalmente a tu hijo, apoyarle, corregir ciertas actitudes si es necesario, pero dosificar las correcciones y que tengan más que ver con los valores». Lo demás, «se lo dejamos a los expertos».
Porque una mala gestión de todo lo anterior, puede desembocar en el abandono. «Los niños ni siquiera dejan el deporte, abandonan lo que acarrea cada domingo de deporte: la presión, el miedo a fallar…. A veces lo disfrazan de desinterés, cambian de actividad o inventan excusas; no siempre por falta de ganas, sino por protección.
Aguirre deja un mensaje final que funciona como brújula: «Hay que potenciar el orgullo por los avances, por cada miedo superado, por cada fracaso gestionado, y poner el foco en lo que conlleva que el niño disfrute, porque no va a volver a ser niño».

Mentes Abiertas, un podcast de NueveCuatroUno que cuenta con el patrocinio del Gobierno de La Rioja y la colaboración de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).


