Marcos trata de arrancar el día. Con los codos en la barra, sentado en un taburete, mira al café solo y le da vueltas con la cucharrilla. Son las diez de la mañana. No es temprano para estar comenzando la jornada, pero es que la suya va a la contra de la de los tenderos, carniceros, pescateros, panaderos… Marcos tiene por delante una de las jornadas más movidas del año. Las familias esperan a que den las 13:00 horas para no sentirse mal por tomarse el primer vino.
Y ahí es probable que te encuentres con Marcos, que en la barra de El Cervantes se echa el primer café del día para en pocos minutos comenzar el trasiego diario de su bar, el García de la San Juan, parada obligatoria para vivir el vermú navideño. «Nada, ahora iremos para allá. Sí, hoy mucho jaleo. Se ha puesto de moda lo del tardeo y tal, y estaremos hasta que baje el ambiente», que calcula Marcos será para las siete de la tarde.

Una clienta de El Corregidor rellena el cupón para participar en el concurso navideño de esta plaza.
Luego, todos a casa a cenar con la familia. Marcos apura su café, paga la cuenta y hace lo que debe: «Nada, como ya no nos veremos, a pasar buena noche». Es lo que toca, la intención generalizada es pasar buena noche. «Yo me lo tengo que tomar con tranquilidad». Berta hace cola ante su pescadería de confianza en el Mercado del Corregidor, que comienza a coger ambiente cuando todavía no han dado las 10:30 horas de esta jornada de Nochebuena. «He estado algo pachucha». Le han detectado una arritmia que le ha puesto el corazón a mil. «Los hijos me han dicho que no haga nada. Que cenemos unos huevos fritos, que lo importante es juntarnos una noche más; pero hijo, cómo no voy a poner algo un poco especial».
Hace pacientemente la cola para recoger lo que encargó este martes pasado. «Unas almejas, unos langostinos… ya sabes, lo típico». Y es que Berta, como todas estas mujeres que acumulan decenas de años organizando la cena más importante para la familia, el menú nunca es una sorpresa, no se inventa, no se improvisa. «¿Ayudas tú a tu madre?». Paz nos interrumpe. Sienta cátedra. Mientras Berta paga su cuenta y les desea a sus pescateras lo que toca: «Bueno, chicas, que paséis buena noche».
Paz va la última, así que tiene tiempo para dar palique. «Mira, esto es sencillo. Te gastas el dinero y lo tiene hecho. Y es que tenéis mucha suerte porque la mayoría venís a mesa puesta». La sonrisa burlona de Paz es la que marca que estamos ante la clienta juguetona. «Teniendo buena cartera bien se cena, que no sabéis cómo está la vida». A sus setenta años le tira un ‘beef’ a una de su quinta: «Esta tiene buena paga, así que viene aquí con fuerza».

A la espera para coger la pesca y el marisco para esta Navidad.
A Paz le va la guerra. Vacila, busca las cosquillas, sonríe… es feliz en la labor de la compra navideña. No deja a nadie tranquilo. Se lo pasa pipa. Es mujer de mercado. Conoce a todo quisqui. Y no se deja a nadie de saludar, de mandarle un bonito deseo, de dar un beso por aquí y un abrazo por allá. Es parte de la fiesta. «A mí no me saques fotos que soy muy fea. Muchacho, haz rápido que tú también tendrás que ir con tu familia». Paz sigue con sus compras de última hora, y se despide nuevamente desde la distancia. «A pasar buena noche», le grita al de los encurtidos.
La principal fila en la Plaza San Blas está en la carnicería de Luis G. Terroba. Es hora punta en el mercado central. Y a pesar del agobio lógico que siente todo tendero cuando ve a sus clientes esperar, sabe que no puede ir más deprisa, y que según el listado que lleva su hijo en un cuaderno, los medios corderos o enteros, y los cochinillos encargados están cuadrando perfectamente. «Yo voy a ver si le queda algo porque no he reservado». Fernando llega desde Madrid, y le hace ilusión poner medio cordero para la cena familiar. «Lo hacemos para esta noche, pero acabamos tan llenos que al final siempre queda para el día de Navidad». Fernando está un poco preocupado, porque no sabe con certeza si tendrá medio lechal para la cena. «Es el olor de la Navidad», resume.

La panadería carga barras para tener con lo que mojar el plato.
El carnicero tacha en su cuaderno y pasa el siguiente. A los de última hora los atiende como puede, pero sin perder de vista ninguno de los encargos. «Hoy se trabaja mucho, pero bien», explica a uno de sus clientes que se pasa por allí solo a saludar. Hay una sonrisa de satisfacción. Para los tenderos es un día especial. Primero, porque como ellos dicen: «Hay alegría». Y es la alegría de comprar más allá de lo habitual. Y en su caso es un servicio a toda velocidad. Medios o enteros, cuatro cortes precisos para asar, el cliente lo tiene claro y casi nadie improvisa fuera lo esperado. Papel, corte, bolsa, cobrar y a por el siguiente.
La arquitectura humana del mercado es del todo curiosa. Mientras los hombres hacen cola para el asunto del cordero, las mujeres se encargan de todo lo demás: la escarola, los embutidos, los turrones… «Él sabe ver mejor qué cordero le gusta», explica Angelines, mientras el responsable de la selección -su esposo. suspira con preocupación: «Verás como lo elija mal, la bronca que me va a caer». Se ríen con la tranquilidad de quien lo tiene todo controlado. «Lo cogemos hoy porque está mejor en la cámara del carnicero que en nuestra nevera, en la que tampoco creas que caben muchas cosas más». «A pasar buena noche», se despiden mientras Fernando se marcha para casa con medio cordero en su bolsa. Ha tenido éxito.

La familia Terroba despacho cordero en el Mercado San Blas.
Justo enfrente, Blanca conduce con fluidez su carnicería. Charla, sonríe, hay ritmillo. «Hoy no hay tiempo para aburrirse», le indica a una clienta, que le pide disculpas: «Perdona, ya sé que igual no es el día, pero quiero unas pechugas y una chuletas de cerdo, que este mediodía tan bien se come». Blanca no se sorprende. Todo lo contrario: «Faltaría más, no todo va a ser pensar en esta noche, que la vida no se para».
Pero es verdad que los mercados viven una jornada más intensa de lo normal. Es la primera gran celebración de la Navidad. Todos llegarán exhausto para Reyes, pero este miércoles de Nochebuena las ganas de celebrar superan al cansancio, porque en el fondo se sale la rutina diaria para inaugurar la rutina de la celebración. Porque como se dice en el mercado el asunto consiste en «pasar buena noche».


