Ha pasado una semana desde que Robe Iniesta —cantante, compositor, poeta sin academia y filósofo a su manera— murió en el Hospital de Cruces, en Bilbao. Desde entonces, los homenajes han brotado por todas partes. Grandes y pequeños, espontáneos, imperfectos pero sobre todo necesarios. Como si el silencio no supiera qué hacer sin sus canciones. Como si el país entero necesitara decir algo para no quedarse solo. Pero si en La Rioja hay alguien que lleva años dialogando con la obra de Robe desde un lugar íntimo, honesto y sin artificio, ese es Héctor García.
Héctor es violinista, calagurritano y profesor del Conservatorio de Haro. Y su historia con la música empezó casi por casualidad, cuando tenía diez años. Fue en la tiendecita de las Cuatro Esquinas, la de Andrés Llorente. Él quería tocar el clarinete o el piano. Pero Andrés lo miró, negó con la cabeza y sentenció algo que, sin saberlo, le cambió la vida: «Tú tienes pinta de violinista». Fue él quien le puso por primera vez un violín en las manos. Al principio no fue amor. El instrumento llegó casi impuesto. Pero con el tiempo el violín se quedó para siempre.
El amor por Extremoduro llegó poco después. No como una revelación inmediata, sino como llegan las cosas importantes: despacio, en una época de la vida (la adolescencia) en las que las cosas calan profundo. Con Dani Amatriain, su compañero de vida musical, lleva tocando «toda la vida». Y junto a él, a Max Canalda y, en ocasiones, a Germán Ruiz Alejos, formó ‘Noche entre amigos’. Un grupo que lleva años haciendo algo que ahora parece moda, pero que ellos practican desde hace mucho: coger canciones conocidas y darles otra vuelta. «Nos gusta desnudar las canciones para ponerles un vestido totalmente diferente», dice Héctor. Quitarlas de su contexto y mirarlas desde otro sitio.

En sus conciertos siempre había Extremoduro. Siempre. Canciones del grupo, canciones de Robe en solitario. Aunque al principio costara cantar algunas letras. «Es lo que tenía Robe», explica Héctor. «Que no se casaba con nadie. Decía lo que tenía que decir, como hiciera falta». Y ahí estaban. Sin filtros. Sin concesiones.
Luego llegó 2020. La pandemia. El encierro. YouTube. La necesidad de tocar para no volverse un poco loco, para entretener a los demás y también a uno mismo. Héctor subió una versión. Luego otra. Y ocurrió algo inesperado: la primera que colgó de Extremoduro fue un boom. Un boom real, de esos que no se buscan. Quizá por lo llamativo de escuchar a Extremoduro con cuerdas. Quizá porque había hambre de música. O quizá porque el mundo necesitaba escuchar esas canciones desde otro lugar, más frágil, más fino, pero igual de intenso.
A partir de ahí, las versiones se multiplicaron. Y llegó una pregunta inevitable: ¿y si hacemos un concierto homenaje? Cuarteto de cuerda y piano. Extremoduro desde otro lenguaje. Se lió la manta a la cabeza, lo montó, lo sacaron. Varios conciertos por la zona. Y la gente empezó a escribirle. «Eso pasa porque han sido la banda sonora de mucha gente».
La muerte de Robe le pilla de baja. Con un dedo roto por cuatro partes. Y por eso no podrá estar en todos los homenajes de donde le han llamado. La noticia ha sido un golpe físico. Lo primero que le dijo su mujer, nada más sonar el despertador. Se quedó helado. Después hizo algo que hicieron muchos: se puso su música. Disco tras disco. Sin poder tocar esas melodías que tanto le han dado.
Además, el destino tenía preparada otra coincidencia extraña: había anunciado el lunes que el jueves estrenaría un vídeo nuevo. El Primer Movimiento de La Ley Innata, grabado en el pantano de Calahorra casi vacío. La idea fue de su amigo Bruno: «Están quitando el agua, ¿y si grabamos ahí?». El vídeo estaba listo desde noviembre. Héctor lo anunció. Y el miércoles murió Robe. «La pena es que no le llegue a conocer y sé, porque me lo han comentado, que él sí sabía de mis versiones».
Pensó en cancelarlo por respeto. «Me sentía un poco sucio», confiesa, al ver tantas versiones subidas al calor del momento. Al final decidió hacerlo por la misma razón por la que lleva años tocando esa música: por respeto. Y lo subió. Ha tenido más visitas y mensajes que nunca. No lo cuenta con alegría, sino con la aceptación serena de que el duelo colectivo arrastra cosas inevitables.
En estos días, Héctor ha tenido mucho tiempo para pensar. «He escuchado una frase que lo explica todo. Normalmente las canciones intentan curarte una herida. Lo que hacía Robe era enseñarte la herida y acompañarte en el dolor». No prometía finales felices. Se quedaba contigo. Por eso lo han llorado tantos y tan distintos. Por eso ha influido en músicos de todos los estilos, incluso en los que parecen no tener nada que ver.
Y entonces cuenta una historia que lo resume todo. Hace algo menos de dos años, un seguidor le pidió dedicar ‘Si te vas’ a su mujer en uno de los conciertos homenaje que han hecho a Extremoduro. El hombre había estado en coma. El médico recomendó ponerle música que le gustara. Eligieron Extremoduro. Su cuerpo reaccionaba: se calmaba en los valles, se activaba antes del subidón, como si supiera lo que venía. Salió. Y le pidió matrimonio a su novia con la versión de Héctor. Querían verlo en directo y por eso viajaron de Toledo a Marcilla (Navarra) a disfrutar de su música.

A Héctor aún le duele otra espina: Plasencia. Le ofrecieron tocar allí, para él (amante de Extremoduro desde que sabe lo que puede cambiar la música la vida) la Meca del rock transgresivo, y se canceló por falta de venta de entradas. Estos días, tras la despedida masiva que se ha hecho allí al cantante extremeño, lo piensa y duele. Pero también lo convierte en promesa: «Algún día iré. Lo sé». Igual que sabe que en cuanto se recupere habrá tiempo de hacer un nuevo homenaje a Extremoduro o que sabe que cumplirá el sueño de tocar ‘La Ley Innata’ entera, de arriba abajo, con cuerdas y piano en algún teatro. Su homenaje no empieza con la muerte de Robe. Empezó hace años, en vida. Por eso no suena a oportunismo. Suena a verdad.
Y cuando se le pide que elija, Héctor duda. Duda porque elegir una canción de Extremoduro es casi como elegir un recuerdo propio. Al final da el paso. ‘Bribriblibli’, porque le parece lo más puro que ha escrito Robe sobre el amor y el desamor, y quizás porque aún se acuerda de él (me cagüen sus muertos). Y ‘Stand by’, porque hay canciones que no se explican y también quizás porque vive mirando una estrella (siempre en estado de espera). Ahí, entre esas dos, y con las casi 30 que ha versionado en su canal se mueve su vínculo con Extremoduro: entre lo que se comparte y lo que se queda dentro. Como la música de Robe. Como el dolor cuando acompaña.


