Gastronomía

De copa en copa y de abrazo en abrazo: la Navidad riojana que conquistó a un berlinés

FOTO: Fernando Díaz

La primera noche lo encontramos literalmente encajado entre dos cuadrillas logroñesas. Se llama Martin, es berlinés, amante declarado del vino de Rioja, y acaba de llegar de Bilbao tras aterrizar en el aeropuerto vasco. Mira a su alrededor con esa curiosidad de quien se ha esmerado en leerse una buen guía turística pero demuestra que aún no sabe muy bien qué es lo que está pasando exactamente. Pelo castaño fino, barba desaliñada, con unas gafas redondas que parecen algo empañados por el contraste térmico entre la calle y el interior del bar. Es la primera imagen de una futura rendición.

Al rato lo vemos defender una copa de vino en una de sus manos, mientras en la contraria sujeta una servilleta, intentando, como quien aprende a andar en suelo nuevo, coger un champiñón sin perder el equilibrio entre empujones cariñosos y risas ajenas que lo adoptaban sin preguntarle nada.

«Crazy», indica con resignación mientras una sonrisa divertida aparece en su cara. «No problema, it’s wonderful», murmura. Y alguien a su lado, un señor con bufanda granate y bigote de sarmiento, le palmea sobre su hombro: «Aquí, chaval, se come de pie porque si te sientas te pierdes las historias que pasan por la barra». Parece no haber entendido absolutamente nada, pero todos a su alrededor ríen, por lo que ha comprendido que no puede ser nada malo.

Y alguien debería haberle dicho lo siguiente: «Martin, bienvenido, ya estás dentro». La Navidad en La Rioja no suena a villancicos de fondo, sino al choque de copas, al vuelo de un pincho por encima de tres cabezas y al «¡dos blancos, tres tintos y cinco tigres!» que marca el compás de la tarde. Y allí, atrapado en ese pequeño tumulto amable que forman los riojanos cuando comen de pie, quizás llegue a comprender más pronto de tarde que la ‘cocina callejera’ de esta tierra no es solo un recurso turístico: es una forma de estar en el mundo, celebrando la vida de pie.

En la calle Laurel todo huele a plancha viva, a ajo que chisporrotea, a gamba que se tensa sobre el calor. Los champis del Soriano, las setas de El Cid, los morros del Rivera, las bravas del Jubera… Martin no sabe muy bien a dónde mirar. Cada bar es un pequeño teatro; cada camarero, un maestro de ceremonias; cada pincho, una excusa más para brindar con desconocidos que, en cuestión de minutos, ya le tratan como a uno más. «In Berlin we don’t eat like this… standing up, I mean». Mueve la mano, alza la voz, como si estuviera intentando sin éxito abarcar todo el bullicio. «Ay, amigo, typical riojano», le suelta una divertida chica que le gana su espacio en la barra para hacerse oír cuando pase el camarero. Esto cura cualquier cosa, hasta la nostalgia.

Pero La Rioja gastronómica tiene el anverso y el reverso de una misma hoja. Tiene el bullicio de las calles culinarias, como la San Juan o la Herradura, pero también la calma de los grandes templos de la restauración riojana. Esos que reconoce año tras año la Guía Michelin y la Guía Repsol. Ahí manda el sosiego, la calma. Es la gastronomía más pensada. En apenas media hora, uno puede alejarse del ajetreo del pincho a la serenidad de un comedor donde la luz cae suave sobre un plato que cuenta una historia familiar, que define en sí mismo a toda una región.

FOTO: Fernando Díaz

Martin quiere conocer el recetario de Ignacio Echapresto, que le han dicho habla de la memoria de su madre, de la esencia de su pueblo… El berlinés anota cada frase que intercambia con un local, que le ayuda a comprender mejor qué está viviendo. Parece que va captando que esta tierra es una paradoja preciosa: la misma mano que voltea unos champiñones a la velocidad del rayo es la que da forma, en otro lugar y otro tiempo, a una cocina que acaricia el producto con una paciencia infinita.

Desde Alfaro hasta Tirgo, de Haro a Calahorra, de Logroño a Ezcaray pasando por Fuenmayor, la gastronomía riojana es como una de esas postales antiguas que envejecen bien: conserva lo esencial y deja que lo nuevo crezca a su alrededor. Martin parece haberlo entendido: «First they feed you… and then they keep you». Que viene a ser que aquí se enamora a la gente por el estómago.

Y tiene razón. Porque La Rioja, en Navidad o en cualquier época, hace exactamente eso: alimenta por dentro y por fuera. Enseña que la cocina es memoria, que el vino es relato, que la barra es un territorio sagrado donde uno aprende a sonreír por el hecho maravilloso de compartir un mismo espacio.

Martin, con su gorro calado y sus gafitas doradas, se pierde entre la multitud, pero algo ha cambiado en él. Se mueve con agilidad, como si acabara de comprenderlo todo: aquí no se empuja, solo se continúa hasta el siguiente bar; aquí no se estorba, solo se acompaña por un instante. Parece haber comprendido que aquí uno puede quedarse todo el tiempo que crea necesario. Será bienvenido.

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