Alba Cambindo sigue llevando al cuello la cinta de medir amarilla que hay en todo costurero español. Lo que es novedad es el cabestrillo de su brazo derecho. Hace diez días la operaron del hombro y ya se ha reincorporado. «Aquí estoy con mi mano biónica», bromea.
Alba ha celebrado este sábado que hace veinte años abrió su propio taller en Logroño. Lo ha hecho rodeada de vecinos y clientes que ya son amigos, familiares «que han venido desde Barcelona, Zaragoza o Valencia» y su cuadrilla: «Son ellas las que me empujaron cuando empecé».

Al principio dudaba de si hacer una celebración o no. Bastó que un par de personas le dijeran que si celebró los primeros diez años, cómo no iba a celebrar dos décadas para que se animara. Eso, y ver el álbum de fotos de la fiesta que celebró hace ya diez años: «Lloré de la emoción. Y entre los recuerdos y que me empezaron a calentar, me dije a mí misma que los veinte años también eran motivo de celebración».
«Quiero que quede el recuerdo de esas personas. Que cuando yo sea mayor pueda abrir el álbum y decir ‘ay, mira fulana de tal, mira a la otra’. A mi edad yo creo que ya no van a haber otros veinte, por eso me hace ilusión cerrar con broche de oro», cuenta. «Al final es lo que nos queda: vivir el día a día sin miedo, conocer a la persona, disfrutar de ese momento», añade la modista.
Dos décadas dan para cientos, miles de anécdotas. Una de sus favoritas es cuando arregló los dos vestidos a una pareja de novias. «Me llamaron muy apuradas y entre mi compañera y yo conseguimos sacar los dos vestidos a tiempo. Cuando terminamos, les dije que tenían que llevarlos a la tintorería, pero no tenían tiempo, porque era jueves y se casaban el sábado. Así que llamé a una amiga que trabaja en una tintorería y al final consiguieron tenerlo todo a tiempo», recuerda. Unas semanas después, la pareja volvió al taller de Alba, pero no para un arreglo, si no para agradecer a Alba y a sus trabajadoras todo lo que habían hecho por ellas: «Fuimos un equipo. Es una experiencia muy bonita que la gente se sienta tan agradecida como para traerte un regalo».
Hace diez años, Alba no estaba segura de si iba a celebrar las dos décadas de su taller, pero «ha pasado el tiempo y ni me he enterado». En estos años, se ha convertido en un icono del barrio. En su bar de confianza, el que está a unos pocos metros de su taller y donde se ha celebrado la fiesta, la saludan por su nombre y ya le están sirviendo lo de siempre antes incluso de que abra la puerta. No pasan cinco minutos sin que algún cliente, al que ya trata por su nombre, se pare a hablar con ella. Esto es un reflejo de la comunidad que se ha creado en torno al pequeño taller del pasaje de El Espolón.

«No tengo más palabras. Solo me queda agradecer. Han sido veinte años de amor, de amor al trabajo porque para hacer esto te tiene que gustar, hacerlo de corazón y superar todos los obstáculos. Han sido veinte años de lucha, de amor, de llegar al corazón de la gente, de captar lo que la gente me pide y plasmarlo para que esa persona se vaya contenta», señala Alba.

Para la celebración, Alba se ha quitado la cinta de medir que siempre lleva al cuello. Lo que no se quita nunca, pase lo que pase, es la sonrisa. Porque como dice la frase que ha adoptado como lema de vida: «No eres lo que logras, sino lo que superas».


