Estar cuando nadie más puede, ofrecer tiempo cuando casi no se tiene, escuchar cuando otros callan. Es el gesto de una mano que no pregunta, que no espera nada a cambio. Eso es el voluntariado, un tejido que se ha ido construyendo en La Rioja con hilos de generosidad durante décadas.
Y precisamente esa red que une a quienes dan y a quienes reciben se ha hecho visible estos días en Riojaforum, donde la Feria de Asociaciones ha reunido a entidades, instituciones y personas voluntarias en el marco de la I Semana del Voluntariado, coincidiendo además con el 30º aniversario de la Federación Riojana de Voluntariado Social.
Entre tantas voces, tres destacan como destellos distintos de una misma luz: Carlos, Chelo y Rocío. Tres caminos que no se cruzan, pero que comparten una certeza profunda: que ayudar no consiste en cambiar el mundo entero, sino en transformar, aunque sea por un instante, el mundo de alguien.
Una herencia de guerra, arte y vibración
Hay vidas que empiezan a ser voluntarias mucho antes de saberlo. La de Carlos Rubén Peña es una de ellas. Su historia no se entiende sin la figura de su madre, enfermera en Argentina y voluntaria durante la Guerra de Malvinas. Carlos recuerda verla salir de casa a cualquier hora, convocada por la necesidad de alguien que sufría. «Daba todo y no recibía nada, y ese fue mi mayor ejemplo».
Años después, ya con doble nacionalidad y una vida atravesada por viajes, pérdidas y retornos, Carlos llegó a La Rioja. Vivió la pandemia lejos, en Argentina, donde perdió a su padre, y regresó con el peso del duelo y una necesidad profunda de reencontrar sentido. En 2023 se acercó a Cruz Roja casi por intuición, sin sospechar que allí volvería a abrir la puerta del acompañamiento.

Arquitecto, muralista y artista, encontró en el voluntariado un territorio donde su creatividad podía convertirse en refugio para otros. Actualmente trabaja con jóvenes que viven momentos duros, «que tienen ideas suicidas, adicciones, heridas emocionales muy profundas», y les invita a expresarse con las manos: pinceles, esponjas, colores, trazos. «Lo que hacen es volcar toda su energía, la buena y la mala, en una expresión. Se olvidan por un rato del problema social y se creen capaces».
Diseñaron juntos seis murales sobre los valores de Cruz Roja, hoy expuestos en el edificio central. El proyecto creció tanto que ahora se prepara un gran mural en el Paseo de la Ribera, una obra que habla del voluntariado a través del lenguaje de los jóvenes: emojis, redes, símbolos que habitan en su día a día.
Pero Carlos no solo acompaña a la juventud. Cada lunes entra a Cruz Roja con sus cuencos de cuarzo para meditar con personas mayores. Les enseña a escucharse, a respirar, a encontrar un lugar de calma. «Ayudar te inmuniza. Sientes un superpoder inconsciente. Te lanzas y no importa si el resultado es adverso. Si la otra persona está un poquito mejor, ya está todo».
Su mensaje es claro: el voluntariado es una vibración compartida. «Encuentras una familia que siente como tú y es ahí cuando tu alma empieza a vibrar de diferente forma».
Una vida entera dando la mano
Hay personas que llegan al voluntariado como quien abre una puerta sin saber qué encontrará al otro lado. Chelo fue una de ellas. No tenía referencias familiares, ni una historia previa que la empujara a ese camino. Solo tenía un mes de vacaciones en el trabajo y la intuición de que «quería emplearlo en ayudar».
Fue a la Federación Riojana de Voluntariado casi con timidez, sin saber si tenía algo que ofrecer. Allí la escucharon, la observaron, y le dijeron: «Te vemos acompañando a personas con discapacidad intelectual». Y ella dijo que sí. La formaron y la cuidaron antes de pedirle que cuidara a otros. Y ese gesto se convirtió en su primera lección del voluntariado.
Su bautismo fue un verano en un albergue, a cargo de dos menores con necesidades distintas. De repente se vio en un mundo que no conocía: rutinas estrictas, imprevistos constantes, risas inesperadas, momentos que desbordaban, noches en las que el equipo se reunía para revisar lo vivido, para aprender, para apoyarse. «Fue espectacular. Me enganché, lo reconozco, y ya no pude dejarlo».
Con los años, más de 20 desde que empezó, el voluntariado dejó de ser algo que hacía en su tiempo libre y se convirtió en una forma de estar en el mundo. Pasó por talleres, respiros, informática, ocio, actividades sin fin. Pero hay un capítulo de su historia que ilumina de verdad quién es Chelo: el voluntariado uno a uno. No se trata de talleres ni de grupos grandes. Es intimidad pura. Acompaña a una mujer con discapacidad intelectual que vive sola, con dificultades para relacionarse. Tres años han estado construyendo un puente, «tres años han tenido que pasar para que me llame amiga. Tres años. Pero ha merecido tanto la pena…».

Su relación con el voluntariado tiene otra capa, más íntima. En los momentos más duros de su vida, aquellos que no siempre se cuentan, su labor en Plena inclusión era su único refugio. Su pausa. Su respiración. «Estar con ellos me salvó. Me evadía de todo. Solo estaba allí, con ellos. Era mi momento de paz».
Pero Chelo insiste: «No lo hago para sentirme bien, aunque me siento bien. Lo hago porque creo en ello y porque me gusta. No es hacer algo para recibir una recompensa, aunque recibo mucho cariño». Lo hace porque la hace ser quien es y porque la sostiene tanto como ella sostiene a otros.
La sonrisa que nace en mitad del dolor
Hay personas que entienden la vida como una deuda hermosa: algo que un día recibieron en condiciones difíciles y que sienten la necesidad de devolver multiplicado. Rocío es una de esas personas.
Llegó a Logroño hace tres años, pero en realidad su camino como voluntaria empezó cuando apenas tenía once. En Cáritas encontró un refugio. No venía de una infancia fácil, quizás por eso pronto entendió que la fragilidad ajena no es una excepción, sino un espejo. Y decidió que si algún día su vida dejaba de ser una lucha constante, dedicaría parte de ella a quienes todavía la están librando.
Ese día llegó. Y desde entonces no ha parado. Hoy reparte su tiempo entre tres proyectos: Hospital Imaginario, APIR y Proyecto Hombre. En el primero, entra en las habitaciones de los niños ingresados llevando algo más que globos, cuentos o juegos. Lleva la promesa de un rato sin miedo. «Cuando entramos y se les ilumina la cara se te llena el corazón».

En APIR acompaña a adolescentes que cargan mochilas invisibles: dificultades en casa, falta de apoyo, problemas escolares, autoestima que se quiebra con facilidad. Y en Proyecto Hombre Rocío pasa las noches enteras en la casa terapéutica: cena, medicación, rutinas, acompañamiento en momentos frágiles, conversaciones que buscan mantener el hilo de esperanza. «No siempre es fácil, porque hay recaídas o gente que desaparece. Se pasa mal, pero es parte del voluntariado y hay que aprender a gestionarlo».
Rocío habla del voluntariado como quien habla de una identidad, no de una actividad. «Es entrega, es servicio, es escucha». Lo que más valora es el tiempo, porque el tiempo es lo único que no vuelve. «Es lo más valioso que tenemos, y entregarlo, cuenta».
Le preocupa que la sociedad vea la necesidad, pero gire la cabeza. «Somos conscientes de que hace falta ayuda, sí, pero es más fácil mirar para otro lado». Cree que muchos no se sienten capaces, que piensan que no servirían. Y ahí insiste: «Con escuchar basta. De verdad. Una persona mayor sola, un niño triste, alguien que está intentando salir de una adicción…, solo con escuchar ya les cambias algo».


