Tinta y tinto

La mano en el bolsillo

A veces los mejores regalos de la vida aparecen sin previo aviso. Como quien encuentra un billete doblado en el abrigo del invierno pasado (suerte a todos estos días con ese cambio de armario que andamos haciendo porque vaya frío). Me ocurrió el miércoles, en el cierre de los actos de Diario de Vendimia en Bodegas Ontañón, mientras Pablo García Mancha y Alejandro Hurtado llenaban la tarde de flamenco, vino y conversación. El primero, periodista con duende. El segundo, guitarrista de los que afinan el alma. Sonaban falsetas, hablaban de arte y emoción, y de pronto entre el público divisé una cabeza conocida. Una imagen que me trasladó tres décadas atrás. Era Pepe, mi profesor de música en el colegio Las Gaunas.

Salí al escenario para dar las gracias a los asistentes por el encuentro y entonces lo vi bien. Me entró la risa. «Hombre, si está ahí Pepe, mi profesor de música». Al rato, echando una copa de vino más tranquilos, me soltó la frase que me ha dejado pensando desde entonces: «¿Sabes por qué te he reconocido? Por la forma en la que te has metido la mano en el bolsillo. Era muy característico tuyo. He dicho: ostras, si es Manuel». Desde ese instante me veo en todas las fotos buscando esa mano izquierda que se refugia siempre en el pantalón mientras la derecha saluda, gesticula o sujeta una copa. Como si cada uno tuviera una forma de estar en el mundo, una postura que nos delata incluso antes de que hablemos.

Pepe era uno de esos profesores de los que no solo enseñan sino que inspiran. De los que recuerdas por cómo hacían las cosas, no solo por lo que te contaban (el 99,9 por ciento de la población ha dejado de tocar la flauta al abandonar la escuela). En su clase, la música era una excusa para ensanchar la vida. Antes de empezar nos dejaba realizar actuaciones libres que previamente debíamos haber preparado: cantar, bailar, tocar un instrumento… lo que fuera. Llegabas, le decías que tenías actuación y tenías un punto positivo que sumar a la nota. No importaba si era bueno o malo, si era brillante o desastroso. Importaba atreverse. Hacerlo. Salir ahí. Perder la vergüenza, pensar, confiar, trabajar en equipo, imaginar, crear, sentir.

Recuerdo que un día nos habló de drogas como nunca nadie lo había hecho. Con claridad y sinceridad. Sin moralinas. No sé si todos lo entendimos bien, pero el mensaje era honesto. Nos hablaba de la vida y de lo que nos íbamos a encontrar al salir de ese aula que le ‘obligaron’ a trasladar al sitio donde menos molestara al resto por el ruido que hacía. Por esas cosas recuerdo a Pepe y por otras como ese certamen de villancicos a las puertas de la Navidad, cuando todo el colegio se reunía en el polideportivo a cantar ‘Adeste Fideles’ como si fuera el himno nacional de la infancia. No se trataba tanto de actuar sino de ser libres, sentir y tener unos valores con los que, al fin y al cabo, ser un poco mejores personas. Enseñanzas que no puedes responder en exámenes, sino en la forma en la que, muchos años después, te reconocen por meter la mano en un bolsillo.

Y en este punto, toca un homenaje a todos esos profesores que han pasado por nuestras vidas dejando una huella invisible pero imborrable. A quienes fueron más que funcionarios del temario como Pilar Treviño y más que vigilantes del comedor como Lourdes o firmantes de notas como Lucinio. A los que nos ayudaron a pensar como el cura Antonio, a reírnos de nosotros mismos como Elío y a no tener miedo como Mariví. A los que nos miraron con curiosidad y paciencia como Pilar Frías, con una confianza que a veces ni nosotros teníamos -un aprobado suyo en el IES Sagasta me salvó media vida-. Y a tantos otros que, sin levantar la voz, nos enseñaron que aprender no era solo memorizar sino mirar el mundo con otros ojos porque la escuela no era solo un sitio para aprobar sino un lugar donde empezábamos a ser quienes somos.

Porque ser maestro no es solo explicar los ríos de España o los verbos irregulares. Es saber estar, escuchar y abrir caminos. Es detectar en un gesto, en una nota desafinada o en un silencio incómodo una pregunta mayor que todo el libro de texto. Es dejar espacio para que los alumnos se encuentren a sí mismos sin dejar de enseñarles a mirar el mundo con atención y con respeto. Como hacía Pepe. Como han hecho tantos y tantas en nuestras vidas, sin pedir más que un poco de atención y, quizá, una palmada en la espalda cuando los años pasan.

A veces uno se olvida de que tiene a todos sus profesores dentro de la cabeza hasta que se los encuentra en una bodega, escuchando flamenco, mirándote como hace treinta años y recordándote que sigues siendo el mismo niño que se guardaba la mano en el bolsillo porque no sabía dónde meterla. Y entonces lo entiendes todo: no venimos a coleccionar medallas ni a que nos digan qué bien lo hacemos. Estamos aquí para ser quienes somos sin disfraz, para equivocarnos con gracia, para mirar con esos mismos ojos que creían en los Reyes Magos al ver el helicóptero en Las Gaunas y para aprender de quien estuvo antes.

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