El Partido Riojano vive, en palabras de muchos de sus antiguos militantes, uno de los momentos más delicados de sus 43 años de historia. Entre ruedas de prensa cruzadas, acusaciones de falsedades y amenazas de demandas por difamación, uno de los nombres propios del terremoto interno es el de Fausto Cambero, afiliado durante 16 años, excandidato a la presidencia del PR+ y ya fuera del partido. Desde Baños de Río Tobía, Cambero relata una mezcla de enfado, decepción y sensación de fin de ciclo: «Estoy que ardo», admite nada más empezar la conversación.
Para entender su malestar hay que retroceder. Fausto se afilió joven, con apenas veintitantos, siguiendo una tradición familiar: su padre ya había estado en el partido desde los tiempos fundacionales. El PR+ ha sido «media vida», repite, y por eso el golpe es doble: político y personal. Recuerda las cenas con cientos de personas, los años en los que el regionalismo llenaba salones y hablaba con voz propia en La Rioja. Frente a esa imagen, contrasta la situación actual: un censo menguante, un congreso lleno de sospechas y la percepción de que la organización «se ha dejado morir» a base de dejadez y falta de trabajo político.
El punto de inflexión, para él, llega con la entrada de perfiles procedentes de Vinea y, especialmente, de Iván Herrero, fundador de Vox en Calahorra. Cambero insiste en que el problema no es solo «que venga gente de Vinea», sino quién viene y con qué peso interno. Dice que todo empezó cuando trasladó a la dirección que no quería aparecer vinculado a la ultraderecha y que no compartiría listas ni proyecto con determinados nombres. Participaba en el grupo de trabajo del congreso junto a otros militantes, pero decidió bajarse de la futura candidatura de Rita Beltrán cuando vio la deriva que, a su juicio, tomaban las negociaciones.
Su relato del proceso congresual es una sucesión de escenas que, según él, reflejan «falta de transparencia y prisas mal justificadas». Denuncia que durante años no se cobraron cuotas y que todos tuvieron que «reafiliarse» a contrarreloj. Cuando quiso organizar una alternativa, asegura que no pudo conocer el listado de quienes estaban al corriente de pago. En una Permanente clave, cuenta que les dieron «diez minutos» para leer el reglamento del congreso y los estatutos que debían votar. Cambero se negó a respaldarlos sin tiempo para analizarlos punto por punto, lo que tensó aún más su relación con la dirección.
La secuencia se complica con un elemento personal: mientras se celebraba una reunión de la Permanente en la que se debatía su candidatura, su padre estaba siendo sometido a un trasplante de ambos pulmones. Pidió aplazar la reunión, no se hizo, e intervino por teléfono en mitad de ese contexto. Días después, según cuenta, «me enteré por un dirigente de Por La Rioja de que mi candidatura había sido rechazada, antes de recibir comunicación oficial del PR+». Reconoce que en ese momento envió un correo muy duro anunciando que se daría de baja y se iría a otra formación «para fastidiar», pero finalmente se mantuvo, subsanó la candidatura y siguió adelante…
Aún sabiendo que tenía pocas posibilidades reales de ganar, decidió presentarse. Su objetivo, explica, era que hubiera voz crítica en el congreso y que no se coronase a la nueva dirección «con el cien por cien» de respaldo sin que constase el desacuerdo de una parte de la militancia. Sin embargo, el desgaste acumulado, la sensación de que iban a «reírse en su cara» y los avisos de que el ambiente en el congreso sería hostil le llevaron a renunciar en el último momento, pedir la baja y salir también de la política activa. Hoy cree que el PR+ como se ha conocido hasta ahora «se ha acabado».
El balance que hace es amargo: reconoce errores propios, admite que él y otros han permitido que el partido se fuera apagando, pero carga la responsabilidad principal sobre las direcciones de los últimos años y sobre la actual. Pide perdón por no haber aguantado hasta el congreso y por no haber hablado antes con la gente adecuada como Víctor Grandes (su referente político). Habla de compañeros históricos que ya se han marchado, de gente que «se siente liberada» tras darse de baja, de fundadores y militantes veteranos que, cree, no reconocerían lo que queda de aquel proyecto regionalista. Y resume su posición con una idea que repite varias veces: que lo único que intenta es «contar la verdad» de lo que ha vivido desde dentro, aunque eso suponga despedirse de la que ha sido su casa política durante más de media vida.


