Tinta y tinto

Donde el otoño nos espera

Hay días en los que uno no quiere hacer nada. Ni productividad, ni reuniones, ni gimnasio, ni grupos de WhatsApp que no paran de vibrar. Solo salir. Pasear. Respirar. Escuchar los pájaros, el rumor del río o el último disco de Rosalía en unos auriculares para sumergirte aún más en tu propio mundo. Caminar sin rumbo, como si el tiempo no fuera enemigo sino aliado. El filósofo Byung-Chul Han explicaba este viernes al recoger el premio Princesa de Asturias lo que nos pasa: «Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Ese colapso se llama burnout. Somos como aquel esclavo que le arrebata el látigo a su amo y se azota a sí mismo, creyendo que así se libera. Eso es un espejismo de libertad. La autoexplotación es mucho más eficaz que ser explotado por otros, porque suscita esa engañosa sensación de libertad».

Por suerte para nosotros, hay una cosa que La Rioja sabe hacer como nadie: ponerse bonito cuando se acaba el verano. En ese momento del año —dura pocas semanas, por desgracia, aunque eso nos ayuda a valorarlo más—, el valle del Ebro se tiñe de color. Las viñas explotan en gamas imposibles: ocres, rojos, dorados, anaranjados. Y el paisaje, que ya impresiona por sí solo, se convierte en algo que parece diseñado por los pintores de Montmartre. Es entonces cuando entiendes que no todo en la vida necesita una pantalla delante. Que hay que parar. Que hay que mirar. En mi caso, lo intento sobre dos ruedas. La carretera que recorre Fuenmayor, Elciego, Baños de Ebro y San Vicente de la Sonsierra me parece la más bonita del mundo. No hay otra. Y no porque tenga curvas de postal ni tráfico cero, que también, sino porque va pegada al río, cruza el viñedo, conecta pueblos de varias comunidades y te permite ver cómo cambia el aire a medida que avanzas. Vas solo, pero no estás solo: las hojas caen, los tractores siguen su marcha, el vino duerme en las bodegas y todo parece en calma.

Mientras viajo por esta carretera que huele a vendimia, pienso que tal vez todo esto, este color, este ritmo, esta calma, es también una forma de resistencia. De recuperar algo de eso, parafraseando a Byung-Chul Han, que los franceses denominan moeurs, ese civismo cotidiano, esa moral sencilla que da sentido a lo común. No hace falta complicarse más. A veces basta con mirar una viña o saludar al vecino por su nombre. «Parece la Toscana», dice mucha gente, como si La Toscana fuera un lugar que todos hubiéramos visitado tres o cuatro veces. Probablemente lo único que hayamos visto de esa joya italiana sea una película de sobremesa o algún cartel en una agencia de viajes con letras en cursiva. Y ni más falta que hace. Porque lo que tenemos aquí no necesita comparaciones. Basta con recorrer el valle del Ebro y dejarse llevar: el castillo de Davalillo surgiendo entre cepas, la fortaleza de San Vicente asomando majestuosa sobre la loma, el románico de la ermita de Santa María de la Piscina vigilando el paisaje como una centinela de piedra. Que vengan y lo vean.

Una tarde, desde el mirador de una bodega en lo alto de Samaniego, copa en mano y el valle a nuestros pies, surgió una de esas frases que se dicen entre risas pero se quedan para siempre: «¿Sabes qué es lo más bonito de Rioja Alavesa? Las vistas. Que se ve toda La Rioja». Y nos reímos. Con el San Lorenzo allá al fondo, como vigía perpetuo de esta tierra. No por marcar diferencias, sino por lo contrario. Porque desde allí arriba no se ve ninguna frontera. No hay líneas. No hay acentos. Solo viña, piedra y cielo. Solo belleza compartida. Quizás por eso, cuando uno se pone a pensar en lo que somos, llega a la conclusión de que las únicas fronteras reales aquí son las que marcan los renques de una viña. Lo demás es paisaje. Y el paisaje, por suerte, no entiende de divisiones.

Y que no se me enfade mi gente de la sierra, claro. Porque en la montaña también llega el otoño con fuerza. Las hojas llenan los caminos, el cielo baja y todo se vuelve ocre, amarillo, verde oscuro… y silencioso. Acaba la berrea, las chimeneas vuelven a encenderse durante todo el día —hay que tener la leña bien guardada— y el frío ya empieza a susurrar que el año se va acabando. Es otro ritmo. Otra forma de belleza. Otra manera de entender eso que a veces olvidamos: que no pasa nada por parar. Que parar también es avanzar.

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