El Rioja

Un vino de cuadrilla, desde el caño y en porrón

Pablo, José, Jesús y Santiago mantienen vivo el espíritu cosechero con sus elaboraciones en Corera

De izquierda a derecha, Jesús Rodríguez, Pablo Romo, José López y Santiago Mues. | Fotos: Leire Díez

Un «chatito» con la cuadrilla como dicta la tradición. Al fresco del caño si el sol veraniego calienta mucho o al abrigo de la lumbre en el fogón cuando el frío del invierno se vuelve insoportable, especialmente en los pueblos. Porque un vino en buena compañía (casi) todo lo cura. Pablo Romo es fiel defensor de estas costumbres que acompañan desde generaciones y junto a él, José López, Jesús Rodríguez y Santiago Mues hacen buen alarde de ellas.

Lo de ir a vendimiar entre amigos, hacer vino entre amigos y beberlo entre amigos, más todo aquel que se quiera unir a la cata, es algo que vienen haciendo estos cuatro vecinos de Corera desde hace ya más de una década para «tener un aliciente» y mantener ese buen hábito de reunión en la bodega merendero de Pablo.

Todo comenzó con unas parras de vid plantadas en la huerta con el objetivo inicial de hacer algo de vino clarete para casa, «por probar, aprovechando que estaba la bodega donde poder hacer y guardar el vino». Así que tocaba hacerse con una prensa. Pablo compró entonces, hará cosa ya de 15 años, una pequeña prensa de madera donde elaboraba «muy poquita cosa, algunos racimos que quedaban por ahí». Pero parece que esas primeras elaboraciones gustaron mucho entre la cuadrilla que cada día se juntaba en la bodega. Tanto que ese vino empezaba a saber a poco (apenas elaboraba unos 50 litros), así que se pusieron de acuerdo para hacer, poco a poco, más cantidad, pero manteniendo en uso esa prensa y también asegurándose que todas las manos tomaran parte del proceso.

Pablo, durante el prensado de la uva esta campaña.

Unos 400 o 500 litros de vino es lo que elaboran cada año este equipo de vinateros ya jubilados, en función de cómo venga la campaña y cómo esté la uva. Una producción mayor a esos inicios y que sacan de parcelas de familiares, ya que aquellas parras de la huerta ya no eran suficientes para satisfacer una mayor demanda. «Una vez los agricultores acaban de vendimiar solemos ir a aquellas zonas o renques en las que tal vez la máquina no ha podido entrar por la situación del terreno y cogemos esos racimos que siguen colgados de las cepas», explica Santiago. Una labor que antaño se conocía como rebusca y que no pretendía otra cosa que aprovechar al máximo la cosecha de ese año.

José, «el químico» del grupo (trabajó como bodeguero en la Cooperativa San Cosme y San Damián, en El Redal), todavía no ha probado el vino de esta nueva añada cuyas uvas se recogieron un 23 de septiembre, así que se enfunda el porrón y alza el brazo antes de lanzar su veredicto. «Muy bueno, mucha fruta, aunque aún tiene que evolucionar que se notan un poco las agujas del carbónico». Y todos coinciden. «Al final si la uva es buena, el vino va a salir bueno y este año ha sido buenísimo, al igual que el año pasado que también cogimos muy buena uva. Ha habido años que la uva se ha empezado a podrir y no sabías ni qué coger, había que ir seleccionando», recuerdan. La primera degustación de esta nueva añada ya hecha llegará a principios de diciembre, para las fiestas de Santa Bárbara.

Para ello cuentan con un bidón de acero inoxidable con capacidad para unos 700 kilos de uva (aunque recogen unos 600 kilos), donde realizan la fermentación alcohólica, para pasar después a otro depósito siempre lleno de 400 litros que llegó a la cuadrilla hace ya unos 8 años. «Y de ahí nos da para beber durante todo el año». Cosecha hecha, cosecha bebida. Y, además, cada vez más profesionalizada porque en las últimas añadas incluso llevan las muestras a la cooperativa para controlar que todos los parámetros evolucionan correctamente. «Ahí nos dicen qué tal va el vino, si hay que echar algo o no, aunque normalmente lo único que añadimos es metasulfito para que el vino no se oxide y se conserve mejor».

Pablo se encarga del pisado de la uva y todo lo que concierne a la elaboración y preparación de la bodega, controlando la temperatura en la fermentación, y haciendo el prensado, mientras que el resto de la cuadrilla se encarga de ir a vendimiar. «Suelen traer la carga en dos partidas para que tampoco se amontone mucho en el momento del pisado y aquí la calidad de la uva también importa, que conste, porque luego queremos beber buen vino», apuntan entre risas.

Luego, al cabo de un par de meses, llegará el trasiego y de ahí directo a tetrabricks de 15 litros, porque embotellan poco vino. «Vamos sacando del bidón siempre lleno cada 15 litros conforme vamos necesitando. Lo que embotellamos es más para dar a probar a la gente, como es para las diferentes actividades que se organizan en el pueblo, como es La Pringada en enero o la Jornadas de Puertas Abiertas que se celebran en mayo en el barrio de bodegas. Además, me gusta guardar algo de cada cosecha y eso sí lo embotellamos, creando una especie de botellero. Igual tengo vino de hace diez años».

Un vino joven para una cuadrilla de veteranos que mantiene vivo el espíritu cosechero. «Esto es un capricho para disfrutar de hacer vino artesanalmente y alternar con los amigos al mismo tiempo que mantenemos ese ambiente social de los barrios de bodegas de los pueblos. Porque yo la bodega para mí solo no la quiero, si la mantengo es para disfrutarla con la cuadrilla, los amigos, la familia. Que sea un sitio de encuentro, como lo ha sido siempre, siempre abierto a la reunión». Y así funciona, con una quedada diaria a eso de las dos de la tarde, antes de ir a comer a casa, para «echar unos vinos, comer cuatro cacahuetes, charlar y pasar el rato». Y con la puerta abierta para todo aquel que quiera probarlo. Eso sí, los domingos, día de fiesta, alternan la bodega con un vino después en el bar del pueblo.

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